Jesús Silva Herzog se disciplinó, fue “fiel al sistema”, y éste lo premio: El martes 13, el presidente Ernesto Zedillo lo nombró embajador de México ante el gobierno de Estados Unidos, en los hechos, el segundo cargo más importante en el servicio exterior mexicano.
Hace ocho años la carrera política de Jesús Silva Herzog –que iba en ascenso constante hacia la Presidencia de la República– parecía haber quedado truncada. Su rival más cercano en esa carrera, Carlos Salinas de Gortari, ganó la pelea entre ambos sobre las medidas económicas del gobierno de Miguel de la Madrid.
Secretario de Hacienda en el último año del sexenio de José López Portillo, fue ratificado en el cargo por De la Madrid; después sus bonos subieron notablemente, al salir avante ante la gran crisis de 1982, que planteaba la suspensión del pago de la deuda externa.
Consiguió financiamiento, apoyo, liquidez de los organismos internacionales, como el Fondo Monetario Internacional (FMI), a cambio de seguir sus lineamientos. Los logros de Silva Herzog fueron tantos que en septiembre de 1983 la revista especializada Euromoney lo designó “ministro de finanzas del año”.
Todo iba bien para él. Sin embargo, el secretario de Programación y Presupuesto, Carlos Salinas de Gortari, también aspiraba a la Presidencia y sus concepciones sobre la política económica nacional eran diferentes. El resurgimiento de problemas económicos –el terremoto de 1985 descubrió que el ahorro interno era escaso; la abrupta caída de los precios internacionales del petróleo en febrero de 1986, entre otros factores– afectó a Silva Herzog.
El enfrentamiento entre ambos llevó a Silva Herzog a renunciar a Hacienda el 17 de junio de 1986. Su dimisión rebasó los cánones tradicionales de los políticos priístas.
Su partido, el PRI, expidió un boletín de prensa en el que lo denostó, y el periódico gubernamental El Nacional le dedicó un editorial, el 20 de junio, en el que lo acusó de no haber cumplido “con las exigencias” del momento, entre ellas la de la lealtad al Presidente. Textualmente se escribió:
“La emergencia de la coyuntura y la importancia de los intereses populares y nacionales en juego, reclamaban celeridad en la acción, empeño y firmeza en los ajustes, imaginación, perseverancia y eficacia en la negociación; trabajo congruente, de equipo, solidario con los esfuerzos de otras dependencias; lealtad en el cumplimiento de las funciones y adhesión a las políticas del Ejecutivo. El secretario de Hacienda y Crédito Público no cumplió con esas exigencias.”
Entonces, Silva Herzog se dedicó a dar conferencias en escuelas, universidades nacionales y extranjeras. Asumió una actitud crítica hacia las acciones del gobierno mexicano e, incluso, reconsideró su postura sobre la economía mexicana y asumió su responsabilidad: se había equivocado en las medidas tomadas.
En 1989 lo nombraron director del Centro de Estudios Monetarios para América Latina (CEMAL).
A cuatro años de su renuncia y alejado del poder y la política, el presidente Salinas de Gortari lo llamó y lo nombró embajador de México en España.
Su anterior postura critica le ganó adeptos entre los partidos de oposición. Así, surgieron comentarios en el sentido de que podría ser candidato a la Presidencia. En agosto de 1993 viajó a México y la versión de su acercamiento con partidos de oposición tomó fuerza. Más aún cuando, invitado por Julio Faesler y Francisco Cano Escalante, se desayunó en compañía de dirigentes de partidos y organizaciones políticas y civiles.
Al término del desayuno declaró a los reporteros que le preguntaron sobre la posibilidad de que fuera candidato opositor: “No he tomado una decisión”.
Sin embargo, en entrevista con Proceso a finales de ese mes, declaró que “las mismas convicciones que me obligaron a renunciar como secretario de Hacienda, me orillan ahora a decir que no tengo la más mínima intención de contender en la sucesión presidencial”.
Ante la insistencia de la corresponsal Sanjuana Martínez, dijo: “Soy fiel al sistema”, pero aclaró: “No espero nada del sistema”.
Pero el sistema lo premió: En diciembre de ese mismo año fue nombrado secretario de Turismo.
Y un año después, otro premio: embajador en Estados Unidos, el principal escenario de sus mejores momentos como secretario de Hacienda.








