Porque reconoce que el gobierno zedillista no tiene “la voluntad de aplastar” al Partido de la Revolución Democrática (PRD), Porfirio Muñoz Ledo acepta:
“Llegó el momento de correr riesgos y de ir a definiciones claras.”
Admite, también, que el PRD tiene que ejercer un “autocontrol”, alcanzar la institucionalidad y optar por ser un partido estable, profesionalizado, donde quienes ocupen cargos de dirección sean imparciales.
Define: “Nuestra relación con el gobierno debe ser lo más unitaria posible”.
Y sopesando el porvenir, alerta: “Debemos evitar los riesgos de la cooptación, que ya es evidente”.
Se resigna: “Salinas nunca fue receptivo al diálogo con nosotros; buscó siempre dividirnos, con una gran malicia”.
De Cuauhtémoc Cárdenas, Muñoz Ledo dice que el camino que debe seguir, después de la contienda por la Presidencia de la República, “tiene que escogerlo él, nosotros no se lo vamos a decir. Y yo no lo veo, por su tamaño o su estatura política, como rehén de grupos extremistas”.
Porfirio Muñoz Ledo gesticula, tose, fuma y ofrece el diagnóstico que tiene de su partido, al que ve “necesitado de decisiones claras y firmes para el futuro inmediato”.
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Jorge G. Castañeda estimó alguna vez que Muñoz Ledo es, con Cuauhtémoc Cárdenas, “el personaje político más importante de la oposición”; Lorenzo Meyer, al elogiar sus dotes parlamentarias, dijo entonces que el dirigente perredista fue “un senador sin Senado”.
Expriísta prominente, hoy Muñoz Ledo, presidente del Comité Ejecutivo Nacional perredista, refiere que tuvo la impresión –”nadie me la quitará”– de que, con “la conciencia nacional de que Cárdenas había ganado las elecciones de 1988, se hubiera abierto un espacio muy favorable para nosotros, si el movimiento de protesta que impulsó el entonces Frente Democrático Nacional se hubiese mantenido, inclusive impidiendo la calificación presidencial.
“Yo sí creí –revela– que había la posibilidad de forzar un interinato, pero para eso había que trabajar. ¿Cuándo? Cuando la nación entera estaba atrás de nosotros; cuando había la conciencia, hasta de la opinión pública mundial, de que había que ir para adelante. No se fue… Ahora no entiendo cómo, cuando la coyuntura no es ésa, hay todavía quienes piensan que hay que hacer lo que no se hizo a tiempo.”
–¿A quién se atribuye no haber proseguido con las movilizaciones?
–Hubo de todo. Yo reconozco que hubo compañeros que se mantuvieron muy claros en la línea de que había que seguir en las movilizaciones, pero no fueron muchos. Ya cada quien escribirá sus memorias. Se eligió repetir ahora la operación, y no era por ahí… Había que haber agotado el expediente en 1988, sin llegar a la guerra civil. El ingeniero Cárdenas tuvo una muy buena actitud, lo que pasa es que hubo una mayoría de fuerzas en el otro sentido.
–¿En la negociación?
–Bueno, yo nunca supe por qué bajaron las movilizaciones.
–¿Era lo ideal?
–Naturalmente. Y sobre todo no permitir la calificación de las elecciones. Hay que entender los tiempos de la historia: el partido tuvo que luchar en la calle, y el tiempo va a decir hasta qué punto actuó con perversidad.
“El expediente que hay que abrir es el de Salinas, todo lo hizo para acorralarnos. Nada más doy un dato: el primer crimen político que nos ocurre es el de (Francisco Xavier) Ovando, y lo mandó matar el procurador del estado (Michoacán)… Yo no sé por qué no se averigua más arriba.”
Y de los crímenes de priístas:
“Yo quiero decir que Zedillo no tendrá autoridad política frente al país mientras no esclarezca los crímenes de Ruiz Massieu y de Colosio. Zedillo no tiene ahora campo de maniobra; por eso la gente dice que para eso mataron a Colosio. En la medida en que Zedillo no despegue con autonomía respecto de Salinas, la gente va a considerar que ésa fue la causa de la muerte de Colosio.”
De la actitud de Zedillo ante el PRD, Porfirio Muñoz Ledo reconoce: “Hay que asumir –porque no tenemos ningún testimonio contrario–- que el actual gobierno no tiene hasta ahora la misma voluntad de aplastarnos; podrá haber tentaciones de cooptarnos –eso ha sido evidente–; pero no tiene la tentación, la voluntad ni la decisión de aplastarnos, de acabar con el PRD. Esa no es la tónica del actual gobierno; el que diga lo contrario falta a la verdad. Tenemos todos los mensajes de que no hay esa voluntad”.
El dirigente explica que tiene esa idea porque ya es otro el momento de la vida política del país, “y porque no se quiere el bipartidismo. La mayoría de la gente del sector oficial que yo conozco no quiere el bipartidismo, para decirlo abiertamente. No se quiere un país que se vaya a la derecha, en una confrontación que sería semejante a la que existió en una época entre los partidos Republicano y Demócrata de Estados Unidos. Hasta el momento, es claro que el gobierno asume que hay tres franjas de opinión pública que se expresaron en las urnas.
“Ahora –sigue– ¿por qué piensa en una reforma política el gobierno? Porque le están llegando presiones de otros lados. Por la sencilla razón de que ya no pueden gobernar con un solo partido, y esto va a desembocar en una reforma política de fondo.”
LA CRITICA
Muñoz Ledo habla con los reporteros de Proceso en la biblioteca de su casa.
Hace la crítica de su partido: “Al PRD lo veo como un partido en proceso de cambio, necesitado de decisiones claras y firmes para el futuro inmediato. Debe aspirar a convertirse en un partido político estable, orgánico, confiable y en expansión continua hacia la sociedad.
“La primera visión que tengo, la que me alienta, es de las bases y los simpatizantes. He notado algunos elementos que me parecen muy importantes: El perfil social del militante del partido está cambiando muy rápidamente; hay más mujeres en la mayor parte de los mítines, y un número considerable de jóvenes.
“Hay también un aumento de militancia, muy fuerte en las zonas urbanas. La población urbana nos está viendo como opción para ganar elecciones municipales. Sin embargo, no hemos podido romper el cerco de la compra del voto, de la intimidación y manipulación del PRI.”
Dice que hay un “fervor perredista”, una adhesión al partido, que se extiende rápidamente, “aunque no es parejo en toda la República. El principal problema cotidiano del partido es la ausencia de recursos, porque el partido los tiene muy limitados”.
Opina entonces que el PRD requiere de institucionalidad y que la búsqueda de ésta es la mayor dificultad a la que se ha enfrentado como presidente del Comité Ejecutivo Nacional.
Esa institucionalidad, a su juicio, debe implicar que el partido, como formación integrada por grupos y corrientes que han perdurado y que han privilegiado los intereses de grupo sobre los del conjunto, se traduzca en que los órganos administrativos y de dirección sean funcionales, “porque son precarios todavía”.
“Yo soy optimista –dice– respecto de lo que se puede hacer en el partido. Por momentos soy muy optimista, aunque se necesita tomar ya determinaciones, llegó el momento de correr riesgos, es decir, de ir a definiciones claras.
“En primer lugar, el partido tiene que optar por ser un partido estable, institucional, profesionalizado, donde quienes ocupen cargos de elección o de operación, en esa función sean imparciales. Se necesita esa institucionalidad, se requiere la elección de un Comité Ejecutivo nuevo, con un perfil distinto, y que refleje a la mayoría del partido, una mayoría que tenga un proyecto. El partido tiene que ejercer el autocontrol… Naturalmente que todos tenemos libertad, pero tenemos que ejercerla de modo responsable.”
Admite que se han generado altos costos políticos para el partido, por la arraigada costumbre de ventilar públicamente sus diferencias internas.
Pero acota: “No se puede olvidar que estamos haciendo política. Somos un partido que tiene que ser muy cuidadoso en dar una imagen de coherencia, de firmeza, de lucidez y de respetabilidad. Si cada compañero, en el ejercicio de su libertad, se deja llevar por su inclinación a la estridencia y por su afán de singularidad, suelta lo que quiere en cualquier momento, sin dar un proyecto de conjunto, naturalmente que la imagen del partido se lesiona”.
–¿Cómo resolver este problema?
–Con base en una mayor conciencia política, un mayor diálogo y un ejercicio de autorresponsabilidad.
Explica:
“El partido tiene una doble misión histórica: se ha propuesto como tarea fundamental promover y lograr la transición democrática en el país, pero también tiene como misión ser, en esa transición, un partido competitivo, además de aspirar a ser la mayoría. Si ya viviéramos en México una democracia, el camino sería aparentemente más sencillo: bastaría competir en las elecciones y ampliar su espectro electoral.
“Ahí es dónde está el problema: Cómo, simultáneamente, se mantiene la firmeza y el tono de lucha que ayude a cambiar el sistema político, y cómo evitar que los excesos de esa lucha repercutan negativamente en materia electoral.
“Lo que nos ha faltado es analizar hasta qué punto nosotros hemos contribuido, involuntariamente, a la imagen que el gobierno ha querido darnos. Quizá no teníamos otra solución: hay compañeros que privilegian el movimientismo, y hay otros que prefieren la negociación política. Una verdad absoluta no la hay. En 1988, cuando la movilización iba en ascenso, las corrientes del Frente Democrático Nacional buscaron frenarla en aras de una negociación, una negociación, además, frustrada.”
DEL DIALOGO A LA TRANSPARENCIA
–¿Ya se impuso en el PRD una línea mayoritaria en favor del diálogo?
–En el PRD todos dialogan. Unos lo hacen públicamente y otros no. Yo quiero decir que el diálogo ordenado, público, mandatado por instancias del partido y acotado, es lo que le da mayor limpieza al partido, mayor transparencia.
“En un acuerdo que tomamos en el CEN durante el gobierno de Salinas, se dijo que nosotros tendríamos relaciones con el gobierno en el Congreso. No nos sirvió el no haber tenido un diálogo más articulado; el problema es que tampoco Salinas le dio seguimiento. Es falso pensar que nosotros no quisimos el diálogo. Nosotros aceptamos el diálogo desde el 88; lo planteó el propio Cuauhtémoc Cárdenas, antes de la toma de posesión de Salinas. A todos nos sorprendió Cuauhtémoc cuando invitó a dialogar a Carlos Salinas.
“De aquel lado, del gobierno salinista, nunca hubo una disposición plena para un diálogo con agenda. De nosotros, voluntad de diálogo la hubo, pero Salinas nunca se abrió a un proceso ordenado y consecuente. Nunca abandonó su estrategia de golpearnos y de destruirnos. Lo que Salinas buscaba era dividirnos con una gran malicia. Manipulaba a la prensa, y su equipo maniobraba en el interior del partido para hacer que cualquier acercamiento se convirtiera en fuente de divisiones.”
Muñoz Ledo juzga pertinente definir, entonces, qué tipo de partido se quiere y hacia dónde va: “No somos un partido insurreccional, tampoco un partido contestatario. Nosotros necesitamos privilegiar todo aquello que aumente nuestra presencia social y desalentar aquello que la reduzca”.
Admite que internamente el PRD apenas está construyendo su democracia, lo que, en su opinión, hace prioritario practicar las elecciones internas y no solamente las conciliaciones de interés: “Hasta ahora, la estabilidad del partido se ha debido, fundamentalmente, a la conciliación, y secundariamente a los procedimientos internos”.
–¿Cómo conciliar esta idea mientras prevalece el liderazgo moral de Cuauhtémoc Cárdenas?
–Creo que el liderazgo de Cuauhtémoc es importante para el partido. El tiene un prestigio, un caudal moral y ético acumulado; la gente pregunta por él. Un partido tiene que ser leal con su propia historia. Cuauhtémoc tiene un camino que recorrer todavía, tiene que encontrar su continuidad en el partido; esto no quiere decir que él intervenga en la vida cotidiana.
–En el PRD, ¿cuál se supone que es el camino de Cárdenas?
–Bueno, él tiene que escogerlo, nosotros no se lo vamos a decir. El tiene que encontrar su inserción en la opinión pública; yo no lo veo, por su tamaño o su estatura política, como rehén de grupos extremistas.
Muñoz Ledo acepta que en las filas perredistas las corrientes han logrado, parcialmente, “copar” los espacios.
Ante esa situación, hace manifiesta su aspiración de que, “por primera vez en la historia del partido, no haya un órgano de dirección de cuotas”, al tiempo que espera que quien sea miembro del Comité Ejecutivo Nacional esté al servicio de la institución y no de un grupo.
–¿Y qué riesgos corre el partido?
–El PRD tiene que evitar que los procesos negociadores y de acercamiento con el gobierno se salgan del control de las instancias partidarias. Nuestra relación con él debe ser lo más unitaria posible. Insisto: ordenada, coordinada, acotada y mandatada; que predomine frente a sus coyunturas políticas el movimientismo sobre la racionalidad.
Eso no implica, dice, que se renuncie a la presión social que hay que ejercer. Manifiesta que el partido corre el peligro del patrimonialismo, “el que no podamos impulsar la rotación y la ampliación de los grupos dirigentes del partido a nivel nacional y estatal. Hay que evitar que nos vuelva a dominar el grupismo”.
Muñoz Ledo terminará su mandato en agosto de 1996. Sabe que los estatutos proscriben la reelección, y quiere ser respetuoso de ellos; quiere dejar “un partido más fuerte”. Quiere que el PRD dispute la Presidencia en el año 2000, el año en que el PRI –el partido que también dirigió– “ya no esté en el gobierno. Es una necesidad nacional…”.








