Camino a la perdición

Esta vez sí que era difícil traducir el juego de palabras implícito en el título del segundo largometraje de Sam Mendes (Belleza Americana).

Road to Perdition (EU, 2002), el genial título de la novela gráfica escrita por Max Allan Collin e ilustrada por Richard Piers Rayner, condensa el sentido moral con el sentido lógico de la trama. La traducción al español, Camino a la perdición, conserva solamente el aspecto moral de este thriller que alcanza la dimensión de una tragedia griega.

“Perdición” es el pueblo que se dirige Michael Sullivan (Tom Hanks) para esconder a su hijo de 12 años a quien tiene que mostrar cómo matar y robar para sobrevivir; no es por afán de corrupción, sino por devoción paterna que el circunspecto asesino protege a su vástago. Sullivan “Ángel de la muerte”, escapa para vengar la traición  de John Roony (un estupendo Paul Newman que nos hace olvidar su nombre), padrino de la mafia irlandesa para quien trabajaba guardándole total fidelidad, la de un hijo a un padre venerado.

“Cuando nada teníamos, nos dio un hogar”, explica Michael al niño cuando éste descubre la verdadera profesión de su progenitor.

La promesa de liberación que representa a Perdición se convierte en ineluctable camino hacia la ruina moral, ejercer el libre albedrío se torna imposible. Mendes y el guionista David Self logran una auténtica dimensión psicológica para cada personaje sin perder las virtudes de la novela gráfica, situación que el fotógrafo  Conrad L. Hall Aprovecha para recrear un universo extraordinariamente estilizado, a medio camino entre la pesadilla y el asombro.

Sullivan es el asesino imperturbable que lleva a cabo sus “trabajos” con la destreza de un felino depredador; pero, ante todo, es el devoto padre de familia que hará hasta lo imposible por salvar, física y espiritualmente a su primogénito.

De padres e hijos, de familias devotas de mafiosos, católicos irlandeses que viven y visten señorialmente durante los peores años de la gran depresión, trata Camino a la perdición. El cuidado del guionista David Self evita el moralismo religioso de la novela, que sólo exageraría simplificando las motivaciones dentro del drama. Pero la conciencia moral impregna el alma de los protagonistas; Mendes señala varias pistas; el jefe de la mafia comulga públicamente poco antes de afirmar amargamente que “ninguno de nosotros verá el paraíso”.

Algunos prefieren ver en Camino a la perdición la versión irlandesa actualizada de El padrino; sin embargo, la fidelidad de los protagonistas se Coppola depende, casi siempre, de la avidez. En la cinta de Mendes el destino se subordina al mandato de “Honrarás a tu padre” hasta las últimas consecuencias, la fatalidad ocurre cuando el  hijo ya no puede honrarlo. Es curioso que esta óptica molesta a muchos críticos estadunidenses que atacan el deux es machina; Mendes es un europeo, de oren judío, para quien la visión clásica del destino resulta, quizá, más cercana.

Cierto, el rigor formal y la belleza visual de Camino a la perdición apabullan al espectador; ver por segunda vez la cinta permite digerir mejor la historia. Mafiosos, enfrentamientos a balazos, persecuciones, aparentemente la salida más segura para entretener. Sam Mends sortea la trampa de la trivialidad del video-juego en la que a caído el cine de Hollywood; el realizador inglés exhibe las armas únicamente cuando es necesario, su presencia no sólo es mortífera, también es solemne. Nada más verlas afecta el destino de estos individuos atrapados en la oscuridad y la lluvia perenne. La manera de mostrarlas, y emplearlas, visto siempre desde el espanto y la fascinación del niño, funciona como ley edípica.