Interés Público: Huelga petrolera

Apenas mañana, lunes 30, se reunirán en la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje los personeros de Pemex y su sindicato, en un intento que puede ser oportuno o tardío, para evitar una huelga carente de motivo laboral. Si se suspenden las actividades de la empresa nacional, a partir del 2 de octubre, será por razones ajenas a los intereses de los trabajadores: la mera defensa de un grupo de sus líderes, a quienes el gobierno embate con la pretensión de hacerlos pagar con cárcel uno sólo –sólo uno– de los abusos de que ha hecho víctimas a sus presuntos representados y a los mexicanos en general.

Los arrebatos de dignidad laboral que asaltaron a esos dirigentes parecen tan propios de su talante, de su biografía y de la historia del sindicato como un par de pistolas a un Santo Cristo. Nunca ha habido una huelga en Pemex, aunque el nacimiento de la empresa fue permitido precisamente por una prolongada suspensión de labores que motivó a la postre, en 1938, la expropiación de las empresas privadas y la integración del organismo público que administra desde entonces la industria petrolera.

El difícil proceso de integración de la empresa pública y la agrupación sindical se extendió durante casi una década, y llegó a su culminación simultáneamente con el comienzo de la administración de Miguel Alemán. Con la vana pretensión de que el tránsito de un sexenio a otro implicara un descontrol político que permitiera avances laborales, el comité sindical petrolero convocó a un paro el 19 de diciembre de 1946, cuando Alemán no cumplía siquiera un mes en el poder. La respuesta fue de tal modo veloz y agresiva que eliminó para siempre –hasta ahora, al menos– la tentación huelguística en ese sindicato.

Durante todo ese último año del gobierno de Manuel Ávila Camacho se habían manifestado desazones laborales en Pemex, cuya causa remota era la insatisfacción sindical por no haber obtenido el control de la empresa, y por la política de contención de las demandas obreras que practicó el gobierno saliente con motivo de la emergencia bélica. En 1946, el sindicato buscó montarse en la agitación política producida por las elecciones generales (en que de nuevo, como en 1940, contendían candidatos que antaño fueron correligionarios) y una y otra vez, en enero, abril, julio y septiembre pretendió negociar mejoras laborales. Lo intentó de nuevo ante el flamante director de Pemex nombrado por Alemán, Antonio Bermúdez, quien quizá sorprendido al iniciar sus labores admitió ciertas demandas pero de inmediato se retractó.

“El 18 de diciembre –narra Jorge Basurto, historiador del movimiento obrero– el comité ejecutivo del sindicato, encabezado por Jorge Ortega, declaró que en vista del desarrollo de las negociaciones, daba libertad a las secciones para que actuaran como mejor les pareciera. Al día siguiente se decretaba un paro… que afectaba a las oficinas de la empresa, la refinería de Azcapotzalco, las plantas C-1 de tetraetilo de plomo así como las de distribución de Nonoalco y La Verónica de la zona centro y de la zona sur. Las refinerías del norte de Veracruz y la de Tampíco no se sumaron al paro a pesar de que esta última –cuyo secretario general era Antonio Hernández Ábrego– había sido la primera en lanzar la idea. Casualmente, Hernández Ábrego fue el siguiente secretario general del sindicato, y su política fue sumamente favorable al régimen y la CTM…

“El gobierno ordenó entonces la inmediata ocupación por fuerzas militares de las instalaciones petroleras del norte y sur de Veracruz y de los oleoductos, las plantas de bombeo y las refinerías de Tampico, Minatitlán y Azcapotzalco, así como la rescisión de los contratos de trabajo de los principales dirigentes del sindicato, otorgando a la gerencia el derecho de juzgar quiénes de ellos habían incurrido en alguna culpabilidad. Según el acuerdo expedido por Alemán, la medida se había tomado debido a los actos violentos registrados y a la actuación de los dirigentes petroleros, que iba en contra de la cordura y lesionaba los intereses de la empresa y por consiguiente de la nación entera.”

El presidente Alemán aseguró enseguida, el 23 de diciembre, que “la acción desplegada por el gobierno –ahora es el historiador Luis Medina quien nos informa– para reprimir el paro decretado por los petroleros no era el inicio de una política de agresión contra los legítimos derechos de la clase obrera…”. Con base en esas declaraciones, el dirigente de la CTM Vicente Lombardo Toledano “tuvo en sus manos el argumento necesario para convencer a los dirigentes de los sindicatos nacionales de industria de que deberían, además de condenar el paro como táctica sindical indiscriminada, convencer a los petroleros a resolver el problema en una convención extraordinaria del gremio. Con grandes divergencias sobre la conveniencia del paro decretado, la convención se inició el 2 de enero del año siguiente”, que se propuso “la reinstalación de los dirigentes cuyos contratos se habían rescindido… La salida airosa fue la renuncia de los dirigentes nacionales el 12 de enero y la elección, poco después, de un nuevo comité ejecutivo y un consejo de vigilancia; al frente del sindicato, como secretario general, quedó Antonio Hernández Ábrego, quien figurara como presidente de la convención extraordinaria. La renuncia de Ortega y demás integrantes de la directiva nacional del sindicato y la elección de Hernández Ábrego, rendiría sus frutos; pronto la gerencia estuvo dispuesta a firmar un convenio con los nuevos dirigentes…”.

Desde entonces el sindicato quedó vacunado contra la huelga. Aunque sus líderes despedidos no sufrieron la persecución policiaca que en el mismo régimen afectó a los ferrocarrileros tras el charrazo (la sustitución de Luis Gómez Z. por Jesús Díaz de León, apodado El charro), no renació el ímpetu propiamente sindical frente a la empresa. No se produjo vacío, sin embargo. Líderes avorazados aprovecharon la situación para medrar en sus cotos seccionales, hasta que a mediados de los sesenta Joaquín Hernández Galicia comenzó la construcción de su dominio nacional. A partir de controlar la sección uno, en Ciudad Madero, y luego de ser secretario general del comité nacional, quedó instalado como el verdadero poder, que puso y quitó durante un cuarto de siglo a los comités formales.

En esos comités espurios, a la sombra de La Quina, se incubó la fuerza que hoy domina el sindicato, la encabezada por Romero Deschamps. Quizá estemos siendo testigos del final de esa época.