Hernán González
Esta entrevista con el escritor campechano Juan de la Cabada, realizada hace 20 años, se publica por primera vez, a 16 años de la muerte – que se cumplen este día 16- del narrador y gran conversador campechano.
Alba cabellera larga, no precisamente escasa; impecable traje gris que contrasta con la camisa a cuadros amarillos y azules; corbata beige de rayas y 80 años de ser dictador de sí mismo, Juan de la Cabada responde a nuestros buenos días con un imperativo: “Allí no te estaciones porque estorbas la salida del auto del vecino. Acá adelante hay lugar”. Pero en realidad donde hay lugar es en la acogedora sala de su casa y, sobre todo, en la viva imaginación de su charla y en el rejuego de un tiempo casi mágico para hablar “de lo que salga, no de que traigas”.
-Juan, los talleres literarios cumplen…
A mí me llama la atención eso de talleres literarios, y sobre todo la palabra taller. Antiguamente era la case de estilo, que los estudiantes de quinto y sexto año llevábamos los sábados, porque había clases los sábados, ¿eh? Ningún muchacho tenía faltas de ortografía. El sexto año de ahora es el tercero año nuestro. No sé por qué ni qué ha pasado. Volviendo a lo de los talleres, en la clase de estilo el maestro leía y comentaba noticias periodísticas, y nosotros escribíamos acerca del suceso descrito. Por decir, el hundimiento del Titanic, la guerra ítalo-turca, la Decena Trágica. Esos suceso excitaban la imaginación y permitían recrear o de plano inventar situaciones y pormenores de cada caso.
“A los 13 años salí del colegio porque lo cerraron. Y bien hecho, porque era una institución verdaderamente conspirativa desde el punto de vista ideológico. Desde esa edad me volví anticlerical, fundamentalmente porque no me gustaba que me engañaran. En mi tierra, Campeche, yo quería trabajar en la playa.”
-¿De pescador?
-No, hombre, ¡vagando!- y la abierta carcajada de Juan hace que sus rasgados ojos se cierren por completo.
Sólo después de golpearse las palmas sale de su risa.
“A los 15 años de dad le hacía versitos a una guapa señorita que se llamaba María Blengio. A los 15 años uno quiere ser hombre y conoce El Bejuco, un barrio de prostitución en Campeche. Entonces me pusieron a trabajar en mi casa en cosas de contabilidad. Obviamente me aburría muchísimo y empecé a insistir por toda la casa que yo quería irme.”
¿A dónde quieres ir?
-¿Y a dónde quieres ir? A Europa. Está en guerra. A Estados Unidos. También está en guerra. Entonces a Argentina. Está muy lejos. Bueno, a Cuba. A Cuba sí. Que le hagan seis trajes.
“Y a los 15 me fui a Cuba. Primero trabajé en Menéndez y Cía., donde precintaba cajas que eran enviadas al campo, pues en esa época todo lo que estaba fuera de La Habana era el campo. Como Cuautitlán con relación a México, pues. Trabajé también en Camagüey, donde me atropelló un tranvía. Volví a La Habana y posteriormente a México.
“Después de la primera guerra comenzó la danza de los millones en mi tierra, y una vez acabada ésta me dirigí a Tampico al llamado auge petrolero. Allí fui contratado como “ayudante de ingeniero”, sin tener la más remota idea de qué era eso. Entre otras cosas veía cómo domaban mulas y caballos, y hasta intenté montarlos. Afortunadamente alguien me lo impidió. Un día logré derribar a una mula con una soga, y mientras agradecía los aplausos sentía la mano derecha completamente quemada.”
Las manos de Juan, fuertes y tersas, sin síntomas de artritis, se mueven nerviosas, ya para enfatizar, ya para describir el procedimiento de cómo instalar un teodolito. El jugueteo con un periódico no le impide rascarse la nariz o revolverse el pelo, palmearse la frente o aplaudir una de sus frases. Pareciera que, después de aquella quemada, las manos de Juan se volvieron llamas.
-Tantos oficios desempeñados influyen en sus relatos.
-Cómo no. El conocimiento de la gente ayuda mucho. Aprende uno mucho. Sin embargo, a los 19 años mis compañeros literarios eran mis libros. Yo no escribía literatura, escribía de otras cosas que tenían que ver principalmente con mi manera de pensar, con una manera personal de ver la vida.
“En Campeche había una revista que se llamaba Sol de provincia y unos amigos me pidieron que escribiera algo sobre el Día de la Raza. ¿Qué raza?, ¿qué día? La gente pobre, ¿qué raza tiene? Entonces se me ocurrió escribir sobre el chino Ham, casado con una árabe y radicado en Campeche. Muchas viejas se enojaron con ‘ese peludo’, pero el artículo levantó ámpula.
En 1928 en la Ciudad de México escribía en El Machete y en la revista Todo.
“Pero fíjate que el asunto de la raza todavía se cotiza. Los ojitos azules, el cabellito rubio. Hombres y mujeres vestidos según el gusto ‘internacional’ de los jotos que dictan la moda en Nueva York y París, ¿no? Qué esperanzas que alguien invente su propia vestimenta.”
-¿Qué le dice a un joven que sueña con ser escritor?
-Lo que siempre les he dicho: escribe, escribe, escribe. Él mismo se dará cuenta si sirve o no. Que busque escribir bien, no tener éxito. Lo primero es condición para lo segundo. En literatura, se entiende.
Hay muchos idiotas de 20 años
-¿Ha batallado para que le publiquen?
Imitando el dejo de los españoles y con exagerados ademas, De la Cabada recuerda la insistencia de un editor:
“Juan, tráigame sus cossass. Sí, sí, por allá se las llevo. Vamoss hombre, que lo habéiss prometido. Ya pronto, ya pronto. Juan, que oss puedo dar un adelanto. Al día siguiente le llevé Paseo de mentiras. Fue el primer sorprendido con la aceptación del libro. El elctor ve cosas que uno ni pensó ni alcanzó a imaginar. El lector es el gran colaborador.”
-¿Cómo llega a los 80 años con esa alegría y esa lucidez?
-Oye, oye, no vengas con cuentos. Hay muchos idiotas de 20 años y muchos ancianos que están perfectamente bien. La edad no tiene nada que ver. Tal vez dependa del ejercicio, no sé.
-¿O porqué llevó una vida más o menos ordenada?
-¿Una vida qué? ¡No digas pendejadas! Me he desvelado toda mi vida. He andado con delincuentes, con contrabandistas, con jugadores de frontón, con…O he caminado de noche para ver a los lagaros devorar animales. ¡Rrroaaff! Y un gato, un perro, o lo que ande cerca desaparece entre las fauces. Además, ya no insistas con eso de la edad, no creas que me agrada mucho. “El trabajo entristece, envilece y empobrece. El juego lustra. La ociosidad es madre de la sabiduría”. Yo no digo eso, es un refrán, ¿eh? Me da ris pero no lo veo mal.
-Sobre Incidentes melódicos del mundo irracional…
-Yo andaba en Quintana Roo, en una región que se llama La Sabana. Al llegar a una pequeña población vi a una mujer bajo un árbol, rodeada de niños y cantándoles una dulce melodía en maya –con voz aún grata y sonora Juan entona en maya una canción. Hace ademanes como si tocara el piano, luego recuerda nombres de personas, ciudades, calles, empresas, ejidos, flores y animales-. Aquella mujer estaba cantando, no sólo contando, un cuento.
-A propósito de la película El brazo fuerte…
-Eso fue en 1957. Hasta grabé mi voz con algunas canciones. El brazo fuerte nació de El influyente y es también el nombre de una tienda en mi pueblo, Campeche.
Mientras hojea una edición del guión hecha por la Universidad Veracruzana, De la Cabada comenta:
“La película de Corporal pudo ser de otra manera. Desde luego hacer la película mala y es difícil; hacerla muy buena es casi imposible. En el cine hay obras literarias que ganan al filmarse y otras que salen perdiendo. Tienen que ver muchos factores. Hubo diferencias con los realizadores de la película. Me fui a Chihuahua y luego anduve cabareteando por Reynosa y Ciudad Acuña.”
De ahí salta a hablar de La Guaranducha dice que es una comparsa, una crítica social en la que los políticos son los enanos. Se para y meneándose canta:
“Son, son, son los enanos, cortos de piernas, largos de manos.”
Y de que aún tiene muchos proyectos, entre otros Damos fe, una narración en la que por medio de actas se cuenta la historia de un ciego acusado injustamente de asesinato. Al caer el gobernador se descubre que éste es el verdadero responsable, pero que no le hacen nada.
“Igual que ahora, pues. El pueblo se llama Pénjimo. Somos los penjimenses.”
-Juan ¿a estas alturas de su vida no se ha desencantado del ser humano?
-No, hombre, por qué me iba yo a desencantar del ser humano. La cosa no es para desencantar, es para luchar. No se hace lo que uno quiere, sino lo que se puede. No, no, la vida hay que jugarla. Hay que jugársela, como se dice.
Y haciendo a un lado cualquier asomo de metafísica, entona otra canción:
“Yo soy la mano que aprieta…en compañía de mis cuates y del Chato Bernabé”
Luego se interrumpe enfático para preguntar: “¿A poco voy a ser mejor que los otros por desencantarme?”
Y narra:
“Un día fui a buscar un hombre. Me dijeron no está. Cuándo regresa, pregunté. Nunca, se ahorcó ayer, respondieron. Con la neurastenia que yo me cargaba por aquel entonces debía haberme ahorcado unas 20 veces. No sé cómo no lo hice.”
No había televisión estúpida
-¿Por qué se pierde el arte de conversar?
-En nuestros tiempos no había televisión estúpida que nos hiciera enmudecer. Mi padre fumaba unos cigarros hechos en la localidad, no una marca internacional. Los padres tenían mucho que ver, contaban historias y cuentos y relataban hechos reales y ficticios. Me acuerdo de una tía que me platicó la historia de un perro que pasaba las noches aullando y que a mí me molestaba mucho. “Siéntate, me dijo mi tía, que después de que conozcas la historia de ese perro lo vas a querer y no te vas a molestar por los aullidos.
“Sucede que ese perro, que en el muelle le decían El Tampa, tuvo que se abandonado por su amo al momento de embarcarse pues no le permitieron llevarlo a bordo. Así, el desconsolado animal cada vez que oía el silbato de un barco aullaba recordando a su amigo. Después a ese perro lo tuvieron en una panadería, la cual defendió bravamente de unos ladrones. Cuando el perro murió y los de la basura pretendieron llevarse el cadáver, decenas de personas reconocieron la nobleza del animal lo impidieron, haciéndole un entierro conmovido y depositando flores en su tumba.”
Como arrepentido, Juan vuelve a cantar:
“En San Antonio Tomatlán…valedores…fumando buena mota.”
-¿Le ha entrando a las drogas, Juan?
-Recuerdo que cuando vivía en Tampico tenía un amigo, Panchito, al que le gustaba escribir. Un día muy misterioso, me pidió que lo acompañara al barrio La Unión. Llegamos hasta una de las casas más alejadas, casi un jacal, a cuya puerta tocó con timidez. Abrieron una pequeña venta da y Panchito susurró: “Tres papelitos”. Después compramos cervezas y preparamos una mariscada. De postre, Panchito sacó los mentados papelitos y me ofreció uno explicándome: “Mira, Juanito, así, aspira fuerte, que te llegue hasta el cerebro.”
Juan hace la mímica de darse un enérgico pericazo en cada fosa nasal.
-¿Y le gustó?
-No, hombre, qué me iba a gustar. La única experiencia que tuve fue que no dormí en toda la noche ni me causó ningún efecto la bebida. Eso es para los políticos.








