La falta de una ley sobre artesanía, de un censo confiable, de protección al patrimonio artesanal y, en suma, de un programa integral del Estado son algunas de los problemas que se aúnan al de las condiciones de pobreza de los artesanos y al de la competencia en el mercado de la “nueva artesanía”.
Movidos por las declaraciones del oficial mayor de la Secretaría de Desarrollo Social, Octavio Aguilar Valenzuela, en el sentido de que el Fondo Nacional para el Fomento de las Artesanías (Fonart) dará “mucho más apoyo” a los artesanos que trabajan con nuevos diseños, publicadas aquí en el reportaje Fonart da un giro, la semana pasada, miembros de la organización civil Populart expresaron en una carta dirigida a esta revista su “estupor” tras la lectura del texto.
Firmada por María Teresa Pomar, presidenta de la asociación, Ángeles Gonzáles Gamio, Gorki Gonzáles Quiñones, José Herrera Alcázar, Leonardo Linares, Georgina García Sáinz, María Esther Echeverría, Laura Osegura, Sol Rubín de la Borbolla, Alfonso Soto Soria, Salvador Torres Castillo, Juan coronel Rivera e Imelda de León, la carta apela a la obligación del Estado mexicano de apoyar a los trabajadores del arte popular, y a los objetivos que dieron origen a Fonart. Destaca:
“Ante la globalización, hoy más que nunca tenemos el deber de conservar esta herencia y subrayar así lo que nos hace diferentes, nos hace únicos y poseedores de esta riqueza inagotable. El Arte Popular (lo ponen con mayúsculas) está vivo, es dinámico y no es académico, ni tampoco industrial.
“El trabajo es realizado por diseñadores y artistas que no son artesanos tradicionales, pertenecen a otro grupo muy valioso, pero distinto al que debe apoyar al Fonart, ya que existen instituciones para ello.”
Los firmantes recuerdan que el trabajo artesanal es el sustento económico de millones de mexicanos, piden que se fortalezcan las instituciones “avocadas a los fines trascendentes de la vida nacional” y anuncian que Populart, que trabaja en la creación del Museo Nacional de Arte Popular, así como en la “investigación y difusión y dignificación de la Cultura Popular de nuestro país”. Celebrará próximamente una reunión en la cual discutirán este tema.
Miembros también de la agrupación, fundada hace ocho años, Coronel Rivera, Elektra Gutiérrez, Jorge Hernández, Linares, Georgina Luna Parra de García Sáinz, y María Teresa Pomar hablan en entrevista con este semanario.
En apenas unas horas del pasado jueves 19 de septiembre, Pomar, exdirectora del desaparecido Museo de Artes e Industrias Populares del Instituto Nacional Indigenista, logró convocar al grupo de interesados en el arte popular en su casa de la colonia Romero Terreros.
Las reflexiones del grupo se centran en la importancia de conservar e impulsar los diseños tradicionales que son parte del patrimonio cultural de México; en lo grave de sumar a los artesanos como trabajadores de maquila, como mano de obra barata, y subrayan que sigue existiendo mercado para la artesanía étnica y mestiza.
Destacan también como obligación de Fonart el apoyo a los artesanos que viven en condiciones de marginalidad y esgrimes que para la atención de las pequeñas industrias hay otras instancias, como la Secretaría de Economía y Bancomex.
“Nadie esta en contra de que se apoye a los nuevos diseños artesanales, pero ahí se da a entender que la artesanía tradicional de México –que le da carácter al país como productor de obras de arte popular –va a ser desplazada porque es étnica y no se vende. Y en eso no podemos estar de acuerdo”, argumenta Pomar, y pide que se consideren tres puntos:
“Primero, que los diseñadores nuevos no tomen a los artesanos como mano de obra barata y entrenada. Segundo, que no se quieran sacar la espina de hacer nuevas industrias, pequeñas industrias, tomando como base a los artesanos, porque sería volverlos maquiladores.
“Y tercero, que no enfrenten a un grupo con el otro, porque lógicamente si esto se llega a conocer más, y se está conociendo, va a molestar por una razón, van a decir: ‘Ah, entonces- así lo van a entender- voy a ayudar a que sostenga a los que tienen más que yo.”
Gusto en Europa
En el reportaje anterior, tanto Aguilar Valenzuela como la antropóloga Martha Turok coincidieron en que el mercado para la artesanía étnica se ha ido reduciendo. Por esa razón Turok no se ve mal que se busquen nuevos diseños y alternativas para los artesanos y que incluso se empleen con las empresas, porque “para algunos artesanos significa su sobrevivencia”.
Para Elektra Gutiérrez, viuda de Tonatiuh Gutiérrez, director fundador de Fonart, pensar que se reduce el marcado para el arte tradicional es desconocimiento porque, asegura, México sigue siendo el número uno en el arte popular:
“Otra cosa es que se apoye a este tipo de personas (nuevos diseñadores), pero no creo que se deba hacer a través de Fonart, hay otros organismos para ello. Fonart se hizo para los artesanos que representan el arte popular de nuestro país, para que pudieran desarrollarlo sin que se intervenga en su creatividad, en su inspiración, porque eso es lo que vale y no se los podemos inventar nosotros.”
El teléfono interrumpe a Gutiérrez, Es Philippe de la Croix, un belga que está en México porque quiere poner en su país un negocio de artesanía y busca a Pomar para que lo asesore. En breve entrevista telefónica con Proceso, asegura que en Europa hay una tendencia hacia lo étnico.
Aunque admite no conocer del todo el mercado, está convencido de que para obras como la joyería o el textil indígena siempre hay un lugar, sobre todo si sus materiales y manufactura son de primera calidad. Le interesa particularmente el trabajo de etnias mexicanas, entre ellas la de los huicholes, y plantea la posibilidad de reinvertir, más adelante, parte de las ganancias en proyectos comunitarios para estos grupos.
Seguro de que en la colección de arte popular que aquilató su abuelo Diego Rivera jamás había tenido cabida una pieza con nuevos diseños minimalistas, Juan Coronel piensa también que en Europa hay un gusto por lo étnico y tradicional, aun dentro del llamado arte culto.
Cita como ejemplo el éxito que tuvo el pintor mexicano Gabriel Orozco en la feria “más importante de arte contemporáneo”, Documenta 11, de Kassel, Alemania, quien presentó una serie de vasijas semejantes a las tradicionales de África, pero también con mucha relación con la loza de la región de la Costa Chica de Oaxaca y Guerrero.
Maquiladores
Exdirector de comercialización de Fonart, José Hernández afirma que no hay datos que puedan sustentar la baja en el mercado del arte tradicional y reitera que ni siquiera, “como señala el mismo reportaje”, hay información estadística sobre los artesanos, porque “han sido invisibles políticamente”.
En su opinión, aceptar que la estética popular no tiene mercado es condenar al mundo a ser monocromático y sujetarlo al gusto de la moda, “ése es el peligro de la globalización”. Además, enfatiza, la artesanía no puede verse sólo como un objeto comercial porque es, esencialmente, un producto cultural con una estética particular.
Por ello, cree que aunque se ofreciera a los artesanos que con nuevos diseños paliarían sus condiciones de pobreza, muchos no cambiarán. De hecho, relata que ha visto fracasar varios proyectos de diseño en grupos de artesanos. Plantea que lo importante es entender las necesidades de producción y las necesidades del mercado para determinar qué productos van a los mercados internacionales, cuáles a los nacionales y cuáles sólo a los locales.
Se pregunta si al promover nuevos diseños Fonart piensa en mejorar “su comercialización y sus metas como institución o en la producción de los artesanos porque si es lo primero no atenderá “a una gran masa, sino a sus intereses”.
Y sobre las palabras de la directora de Fonart, Rosa María Rojas Navarrete, en el sentido de que, acorde con las reglas de operación del fondo, con los recursos fiscales sólo se apoya a los artesanos de alta marginalidad, pero con los ingresos que genera se da innovación, diseño, nuevas tecnologías y se apoya a otros artesanos, Hernández expone que los recursos autogenerados también están sujetos a reglas de operación que “señalan que deben ser para los artesanos en condiciones de miseria”.
También disiente con la idea de Turok de que para muchos artesanos es mejor contar con esta alternativa de empleo, por que si bien admite que siempre ha existido la división del trabajo en el campo artesanal, no es lo mismo que ser mano de obra:
“Es mentira que generen empleo, lo que generan es explotación: no hay ninguna protección social, una tasa de salarios, hay más bien una presión: ‘no tienes para comer, entonces haces una parte de mi producción’.”
Hernández descarta la posibilidad expresada por Turok de que los artesanos pueden aprender cómo es una empresa artesanal para después independizarse, pues al hacer sólo una parte de la producción “jamás aprenden el proceso completo”. Y recuerda el caso de artesanos guanajuatenses que producían obras de hojalata:
“Cuando baja la producción se empleaban en fábricas de botes para leche y jamás pudieron tener su propia fábrica de botes para leche.”
En lo que se convierte, insiste, es en una maquila “similar a la que se nos fue hace un año y que dejó todo el norte del país desecho”. Ni siquiera, agrega, llegan a ser obreros, son asalariados, “convertirse en mano de obra barata es lo peor que les puede pasar”.
Rechaza totalmente la idea de que “aunque sea que ganen unos centavos” y exige: “mejor, aunque sea, hagamos un programa de desarrollo de a de veras”.
“O que Fonart funcione como debería”, remata Juan Coronel.
Luna Parra percibe en cambio que Fonart tiene una valía en la que no se ha profundizado, y conserva que el Estado debe conservar e impulsar instituciones como ésta para cumplir con su obligación de proteger, dignificar y apoyar a los aproximadamente 10 millones de artesanos que se cree existen en todo el país.
Mal pagados
Para los entrevistados es claro que el arte popular mexicano forma parte del patrimonio cultural y por ello reclaman un trato similar. Se preguntan Pomar y Coronel como se puede llamar a una ciudad como Zacatecas o Guanajuato “patrimonio cultural de la humanidad” sin hacer un reconocimiento a los artesanos (canteros y herreros, entre otros) que le dieron vida.
“El peligro –dice Pomar- es que se deje de atender a un sector que casi nunca se ha atendido en toda su magnitud por falta de recursos, por muchas cosas. Que se atienda y se creen todas las fuentes de desarrollo para México, pero no en detrimento de nuestro patrimonio, de nuestro signo de identidad.”
Todos los entrevistados coinciden también en que es un arte vivo que se ha ido desarrollando a lo largo del tiempo, “no es el jarrito de toda la vida”, dice Gutiérrez. Por eso no conciben que Fonart diga que promueve la creación de nuevos diseños o la utilización de nuevas tecnologías.
Expone Coronel:
“Es como si yo agarrara a los maestros Rafael Coronel, José Luis Cuevas y Manuel Felguérez y les quisiera dar cursos de capacitación para que aprendieran diseño. Esas cosas o le nacen al artista o no le nace, no se les pude tratar como si fueran tarados.”
No imagina cómo llegan los capacitadores de Fonart a la sierra a dar cursos a, por ejemplo, los Tepehuanes:
“Todo es muy cuestionable.”
Visiblemente indignado Leonardo Linares, artesano nieto de Pedro Linares –famoso por sus alebrijes-, pide que no se les vea como “pobres artesanitos” a los cuales hay que llevar de la mano en diseño y técnicas porque, añade, ellos siempre están en la búsqueda de innovaciones, pero apegados a las tradiciones.
Denuncia que si la inmensa mayoría de artesanos vive en condiciones de pobreza es porque no se da a su trabajo el justo valor económico. Explica que puede tardar hasta 15 o 20 días en crear una pieza de cartonería por la cual cobra 4 mil pesos.
Es el caso también de Florentina López de Jesús, artesana textil de Xochistlahuaca, Guerrero, quien dice –vía telefónica- ha tardado en elaborar un huipil de ocho a doce eses y cobra por él apenas 7 mil pesos, lo cual significa menos de 20 pesos al día por su trabajo.
Añade Linares que hay que restar los impuestos que deben pagar a la Secretaría de Hacienda y Crédito Público y los gastos de insumos. Lamenta que ya no pueda aceptar que le den papel reciclado pues debe pedir en cada una de sus materias una factura autorizada para llevar la norma hacendaria.
Como los Linares, López de Jesús y su familia, todos amuzgos, exploran por su cuenta en nuevas tecnologías. Relata Pomar que, analizando las semillas de algodón, encontraron los mecanismos para sembrar algodón de color y han logrado cosechar algodón beige y verde, ya listo para ser hilado
Que no muera el burro
Para Hernández es claro que Fonart “nunca ha tenido capacidad de atender realmente” a la población artesanal del país. Juzga por ello que un programa de desarrollo tienen que ser integral y de todo el Estado. Nunca se ha hecho una ley artesanal, señala, ni está reglamentado el patrimonio de arte popular como sí lo están el arqueológico, el artístico y el histórico.
“En un principio, un programa debería entender la artesanía como un patrimonio con toda la vertiente de investigación y de desarrollo.”
Debería también, añade, hacer una clasificación de los productos de acuerdo a los mercados en los cuales se puedan colocar, pero con base en “datos duros” que puedan establecer si funcionan o no comercialmente, y sin olvidar que la artesanía es ante todo un bien cultural.
-¿Hay desdén hacia la cultura popular de parte de las autoridades actuales?
Responde Pomar:
“No diría que desdén, pero sí desconocimiento. Creo que les ha caído de sorpresa encontrarse con un país tan complicado y tan grande como éste, con tantas posibilidades. Están en la vía del noviciado, creo que ya aprenderán, pero, como contestó un artesano en el Estado de México, cuando les prometían ‘vamos a cambiar esto y lo otro’: ‘Sí, señito, pero mientras crece la hierba se muere el burro’. Esperemos que no se muera el burro, sino que siga la hierba creciendo.








