El laberinto de David Lynch

Dentro del Foro Internacional de la Cineteca tendremos la oportunidad de ver Mulholland Drive (EU, 2001), la aclamada cinta de David Lynch que tuvo su origen en un programa piloto para una serie de televisión que ABC rechazó “por demasiado oscuro, lento y confuso”. Los distribuidores mexicanos creyeron necesario agregar un subtítulo: Sueños misterios secretos, que resume precisamente los temas de la cinta.

Inútil resumir Mulholland Drive, una historia en la que los cabos sueltos son más importantes que las anécdotas principales, en la que el sueño –si sueño hay- resulta más coherente que la supuesta realidad.

Proveniente de Deep River, Canadá, una joven actriz (Noemí Watts) lleva a Hollywood a conquistar la gran pantalla; se introduce uno de los temas favoritos de Lynch presente desde Terciopelo azul, el de la mujer blanca y la mujer negra; sólo que esta vez los papeles van a mezclarse hasta formar una misteriosa amalgama, la condensación y el desplazamiento oníricos que permite que un personaje sea dos o más a la vez, una de las claves del enigma de Lost Highway (Por el lado oscuro del camino). La angelical rubia se topa con una morena (Laura Elena Harring) que, a causa de un terrible accidente en el bulevar Mulholland Drive, quedó amnésica. Betty ayuda a Rita; juntas inician una perturbadora aventura en busca de la identidad.

Una posible línea narrativa: se trata de una trágica historia de amor lésbico engarzada en una cinta de horror gótico; hay un terrorífico castillo que es un Hollywood disfrazado de Mundo de Oz; dentro se esconden seres diabólicos que parecen aguardar pacto con el diablo y se alimentan de jóvenes ambiciosas. El inquietante estribillo “this is the girl” (esta es la muchacha) apunta evidentemente, a las decisiones inapelables sobre el reparto de una película en la que el poder de Hollywood impone a directores, como Adam Kesher (Justin Therous), pero también evoca una fuerza satánica devoradora de talento e inocencia. “Una historia de amor en la ciudad de los sueños”, resume el director.

¿Quién es el misterioso Mister Roque, el enano deforme que solo pronuncia cuatro palabras, aún más poderosos que esos productores que arrojan hiel por los ojos y caca por la boca?

Resulta divertido observar las apuraciones por las que pasa gran parte de la crítica americana al tratar de traducir en términos cartesianos Mulholland Drive, un relato que desafía a la Poética de Aristóteles, y cuyos cánones Lynch sabe utilizar perfectamente, como lo demuestra en El hombre elefante o  Una historia sencilla. Para la misma Noemí Watts, estupenda actriz pero pésima hermeneuta, la primera parte es un sueño, la segunda es la realidad que aclararía el sueño, y la tercera es, ni más ni menos, el desenlace que aclara todo. Ya lo dice Amy Taubin: “Como si al emplear nuestras habilidades analíticas para armar el acertijo narrativo, pudiésemos ejercer control sobre la ansiedad que genera esta película.”

Pero sería una lástima que el espectador pensara que si se trata de un relato anticonvencional, plagado de inquietantes enigmas, en el que la sensación que produce un color o un sonido cuenta tanto como las acciones de los protagonistas, la obra debe ser tediosa. Lynch es un gran artista plástico, posee la cualidad más importante que  se espera de un cineasta: ser capaz de intrigar y provocar suspenso a partir de cualquier imagen. Mulholland Drive nos estremece más ahí donde no podemos comprender racionalmente.

Azul es el letrero de Mulholland Drive, azul es la misteriosa caja de Pandora sin esperanza y la llave que la abre hacia la oscuridad; del color, así como de los motivos musicales de Angelo Budalamenti, que se desarrollan como en una sinfonía, no puede decirse que “contribuyan” al desasosiego que provoca la cinta: Son también protagonistas de la película.”