El presidente Vicente Fox se mostró en su segundo informe como lo vio el país en sus comparecencias previas ante el Congreso, el primero de diciembre de 2000, cuando tomó posesión, y el primero de septiembre siguiente, al rendir su primer informe. Dejó atrás las improvisaciones, los guiños al público en general y actuó como debe ser, con la sobriedad que la investidura presidencial impone. En algún momento estuvo a punto de ceder a la tentación de responder a algún grito, una carcajada, una rechifla, con los que los diputados priistas lo distrajeron. Pero resistió el deseo de salir del guión, y lo acató completamente.
La mesura con que leyó su mensaje disminuyó el tono y el vigor de su presentación, lo que pareció evidencia de cansancio. Es normal, y comprensible, que el Ejecutivo de muestras de fatiga. Aun si sólo se consideran los aspectos exteriores de su tarea, más la suponible inversión en tiempo y esfuerzo que dedique al estudio y toma de decisiones, es descomunal el gasto de energía que debe realizar. Las ojeras pronunciadas y la caída del pelo son apenas una tenue muestra del enorme tributo que debe pagar un presidente de la República que entienda su ejercicio como responsabilidad y no como ocasión para el jolgorio.
Como sus antecesores recientes, Fox es ajonjolí de todos los moles. Reuniones de toda clase reclaman su presencia y él la prodiga, porque le ofrecen la ocasión de tomar la palabra y a eso dedica buena parte de su tiempo, a hablar ante los públicos inmediatos y ante los medios, lo que favorece su estrategia. Fox percibe en el asentimiento ciudadano un fin en sí mismo. Supone que ser popular equivale a obtener la aprobación por buen desempeño.
Por esa razón, entre otras, dedica menos tiempo del preciso a hacer política institucional. No es que extrañemos la minuciosidad con que presidentes inclinados a controlar todo, como Echeverría y Salinas, tan semejantes en tantos sentidos, se entremetían hasta en elecciones municipales. Una de las virtudes de Fox (que se convierte en defecto) es su capacidad de delegar, y ha delegado en política en Santiago Creel al que, supongo que sin su consentimiento, hace auxiliar por espontáneos que se tiran al ruedo no en busca del simple aplauso (como lo hacen los intrusos en la fiesta brava) sino para afianzar o alcanzar poder. Ese es el caso de Elba Esther Gordillo y Jorge Castañeda. Con la reasignación de tareas practicada por el presidente se llegó al extremo de dispensar al canciller de asistir a una reunión cumbre a la que acudieron un centenar de jefes de Estado y de gobierno, a cambio de permanecer aquí en funciones de enlace con legisladores priistas persuadibles de votar por la reforma constitucional en materia eléctrica.
Pero estábamos en que Fox delega. En muchos casos, sin embargo, tiene que asumir tareas por sí mismo, directamente. Ha sido renuente, pero ha comenzado a hacerlo. Se reunió por primera vez con los dirigentes partidarios. Sorprende que sólo 21 meses después de iniciado su gobierno procurara un acercamiento con las fuerzas políticas reunidas. Pero finalmente lo hizo: en víspera de su segundo informe tomó el desayuno con la dirección de cinco partidos con presencia parlamentaria. Esa es tarea en la que debe afanarse el presidente, en la interlocución con los partidos políticos, para conseguir a partir de ella la cooperación con el Congreso, cuyo pedido fue la pieza medular de su segundo informe.
Si bien al tomar posesión Fox reconoció que el presidente propone y el Congreso dispone, no había reiterado su necesidad de colaboración con el Poder Legislativo. Aparte de sus limitaciones personales, las que derivan de su tardío acceso a la vida pública, es un hecho que el Ejecutivo ejerce hoy una Presidencia dotada de mucho menos poderes que sus antecesores priistas. Ese acotamiento le hace indispensable no caminar solo. No puede ni debe renunciar a sus propias atribuciones, pero para su despliegue requiere en todos los casos, aunque sólo fuera por necesidades presupuestales, el apoyo y la comprensión del Congreso. Y no había procurado hasta ahora hacer que lo favorezcan tales actitudes de las cámaras, en las que su partido carece de posibilidades de tomar decisiones a solas.
Frente al presidente, el Congreso se encuentra en la ocasión propicia para realizar sus funciones en términos que sean fructuosos. Nos preguntamos si sus dirigentes y sus miembros tienen plena conciencia de la oportunidad ante la cual se hallan. La petición presidencial de colaboración vino demasiado tarde. Cuando la Legislatura inicia su tercero y último año. El año próximo habrá elecciones federales y locales y muchos legisladores serán llamados a participar en ellas o a cubrir huecos dejados por quienes sean candidatos. De modo que será inevitables una disminución de la energía que debe destinarse a la tarea legislativa.
Las bancadas en cada cámara padecen las dolencias propias que se trasminan al quehacer parlamentario formal. Lo evidenció así la dificultad de los diputados para elegir mesa directiva para el tercer año. No tuvieron suficiente elasticidad para encarar el problema en sus estrictos términos políticos, y sólo pudieron llegar a una solución precaria, contrahecha, basada en apariencias. Salvo que hubiera en la segunda quincena de diciembre un período extraordinario de sesiones, en el tramo que corresponde al PRD (de diciembre a marzo) no es más que letras en el papel membretado de la Cámara. Ese período ni siquiera incluye alguna fecha patriótica relevante que permitiera al diputado Erick Villanueva ostentar su condición de cabeza de uno de los tres poderes.
El próximo año sólo se renueva la Cámara de Diputados. El Senado se mantendrá igual, de modo que es empeño estéril esperarlo todo de una recomposición de las fuerzas en San Lázaro. Cualquiera que sea el resultado de los comicios del 2003, el presidente Fox seguirá necesitando la cooperación que ahora ha demandado al Congreso. No se trata de que tenga una legislatura a modo, como propone el foxismo. Se trata de que quienes la integren comprendan la magnitud de sus deberes como factores de un poder de la república capaces de conciliar esa misión con sus convicciones propias y los programas de sus partidos.








