Amaro, el crimen y Serrano

En anteriores ocasiones me he referido a la circunstancia y problemática que en México envuelven la difusión de la música de concierto, la música no popular; y decir no popular significa cerrar un círculo en tanto que es obvio que la menos conocida –por proceso de comparación- debe su estadía a la falta, o deficiencia, precisamente, de su difusión.

A propósito de la multirreferida y famosa película del director Carlos Carrera, con magnífico guión de Vicente Leñero basado en la novela original del portugués, Eça de Queiroz, El crimen del padre Amaro, es impresionante la publicidad –gratuita- que se la hecho a través de las polémicas desatadas, entre otros, por el señor Jorge Serrano Limón; No cabe duda que es, aunque sin pretenderlo, un gran publicista.

Qué daría, por ejemplo cualquier compositor de música de concierto porque alguna  de sus piezas gozara de una promoción similar a la que Serrano Limón se ha encargado  de impulsar a favor (aunque la intención era en contra).

Cómo en la película, lo único que tendrían que hacer los compositores es abordar en su obra musical  temas que  simplemente reflejen, ni más ni menos, alguna realidad que no por dolorosa para las susceptibilidades de algunos sea inexistente ni soslayada para otros.

Y ni hablar; en la contienda de tal polémica, las opiniones se suman, coinciden o francamente antagonizan en un ambiente de pronto, donde las posibilidades de razonar se ve aplastada ante la posición apasionada y tendenciosa, al menos de una de las partes: la de los actores eclesiásticos y adeptos. Impensable es –además de la elocuente vacuidad-, por consiguiente, franquear líneas de disertación sobre “arte y cochinadas”, o sobre “un mundo de libertados y uno de porquerías”.

Pero por otra parte, más allá de las discrepancias de su contenido, poco se ha dicho acerca de El crimen del padre Amaro en términos del hecho artístico. Y aquí hay que poner de relieve el trabajo cuidadoso, pulcro y conciso de la música confeccionada hábilmente por Rosino Serrano (1965), uno de los más talentosos e imaginativos compositores de su generación.

Serrano (sin ningún nexo con Serrano Limón, más que la coincidencia de apellido) nació en Madrid y ha radicado en México por mucho tiempo; realizó estudios en el conservatorio de su ciudad natal, así como en el de Málaga y, posteriormente al trasladarse a nuestro país, estudió también en la Escuela Nacional de Música de la UNAM y en la Escuela de Música del Conjunto Cultural Ollin Yoliztli.

Como intérprete al piano, durante algún tiempo ofreció recitales como solista, así como con grupos de cámara y orquestales; no obstante, uno de sus más destacados trabajos ah sido, sin duda, el que llevó a cabo como compositor y tecladista con el singular ensamble mexicano Banda Elástica, lo mismo que sus arreglos a piezas otros compositores para diversos intérpretes, como Besy Pecanins, y su repertorio con canciones de Los Beatles.

La música de Rosino Serrano El Kapi, para El crimen del Padre Amaro, está sostenida por un cuerpo instrumental integrado por cuerdas, coros y, en ciertos pasajes, por l suma de ambos.

A partir de las tan apropiadas como atinadas acotaciones musicales del director, El Kapi se inclinó por crear una música sumamente emotiva, al mismo tiempo que apegada a las distintas situaciones escénico-ambientales, en una hilación coherente y elaborada con destreza a lo largo de la cinta, sus áridas complicaciones ni rebuscamientos innecesarios.

Por momentos, a los elegantes y transparentes acordes ricos en sonoridades, contrastan con otros de tendencia punzante, coartados por espacios de silencio que, lejos de ejercer simplemente un papel de “ausentadores” de sonido, protagonizan importantes papeles al acentuar motivos dramáticos.

Definitivamente, Serrano conoce el valor profundo del silencio y su potencialidad en el ámbito no sólo sonoro, musical, sino expresivo.

El compositor eligió –con gran acierto- un lenguaje musical conservador, tonal, con un tratamiento formal en el que las variaciones se vuelven sutileza dominante y adquieren razgos de música pretérita religiosa; ciertos trazos contrapuntísticos enriquecen el tejido global sonoro.

No menos relevante es la parte técnica. Humberto Terán diseñó el sonido y la grabación de la música apoyado en su ingenio y oficio: por ejemplo, en el set de grabación posicionó al coro y a la orquesta en perspectiva 5.1 en relación pantalla-espectador, y usando la misma estrategia de varios doblajes, logró un gran coro para la secuencia final de créditos en la que realmente sólo grabaron cuatro voces. De Eduardo Gamboa fue la asistencia en cabina, y la mezcla estuvo a cargo del experimentado Eliseo Boland.

La música (“arte o porquería”) creada por El Kapi para la pieza cinematográfica de Carlos Carrera, revela oficio, visión y buen gusto; en lo personal, creo que El crimen del padre Amaro es apta para verla más de una ocasión. Sin pecado concebido.