El músico judío, Príncipe de Asturias, en entrevista. “Israel tiene la solución de Medio Oriente”: Barenboim

Sanjuana Martínez

MADRID.- ¿La música puede amansar las fieras? El director de orquesta Daniel Barenboim, nacido en Argentina, de abuelos ruso-judíos, crecido en Israel y profesionalizado en Europa, está seguro de que sí, y con su batuta escribe la palabra Paz en el pentagrama.

El nuevo Premio Príncipe de Asturias a la Concordia reivindica la música como vehículo de unión entre culturas, de diálogo y entendimiento. Quiere superar las rencillas entre árabes e israelíes, aunque sea por un momento, un instante de armonía, un minuto sonoro con los “Conciertos por la paz” y la orquesta árabe-israelí creada entre él y el intelectual estadunidense de origen palestino Edward Said, galardonado junto con él:

“Ante Bethoven, todos somos iguales”, dice el pianista.

Lo más grande de la música, según el también director de dos de los más importantes compañías del mundo –la Sinfónica de Chicago y la Staatsoper de Berlín-,  es el sonido, porque es “efímero”, y por tanto “irrepetible”.

La herida abierta para este pianista de fama internacional es el conflicto árabe-israelí que pasa por los momentos más graves de su historia con la matanza diaria entre judíos y palestinos.

“Es una tragedia sin salida”, reconoce, y aunque la música seguramente no evitará la actividad bélica, está convencido de que  la convivencia es la única forma de solucionar el histórico problema:

“Por algo se empieza”, dice.

Y también:

“Una gran parte del conflicto se debe la ignorancia mezclada con la falta de confianza entre ambos pueblos. Si uno empieza a buscar las razones históricas, no se resolverá el conflicto. Sólo puede hacerse con voluntad mutua. Los conflictos no nacen del aire, los crean los seres humanos y ellos tienen que finalizarlos.”

Barenboim está vestido con un riguroso traje negreo y camisa blanca, luce radiante y fresco por la mañana; sólo permite que le hagan fotos un par de minutos, luego, sin avisar, se levanta en actitud de auténtico divo se va sin decir nada y cruza la sal del Teatro Real.

Luego se relaja y frente a un grupo de periodistas del mundo, donde la corresponsal de Proceso es la única de un medio mexicano, Barenboim explica que su taller de música para jóvenes palestinos e israelíes, el West Eastern Divan (Diván entre Oriente y Occidente) es una experiencia que permite la confraternización de los pueblos: la  convivencia entre dos culturas condenadas a entenderse  mediante el diálogo, musical o de palabra.

“Los jóvenes de esta orquesta no permiten que ese rencor se introduzca en la forma en que hacen música. El rencor no es personal, sino para los gobiernos. Aquí viven todo lo que no es político o negociación. Sólo conociéndose se puede llegar a un estado donde las negociaciones puedan tener lugar”.

Añade:
“No es un problema político, sino de existencia propia para ambos pueblos, es evidente para todos que no existe una solución militar, ni moral ni estratégicamente, ni para los unos ni para los otros. Hoy por hoy se matan todos mutuamente.”

El milagro de convivencia ya s ha dado antes en Weimar y Chicago, y el pasado mes de agosto, de manera significativa, en Andalucía: “Si un día se resuelve el conflicto entre árabes e israelíes será porque existió una experiencia previa de convivencia de culturas en Andalucía; se trata de orientalizar a Europa y occidentalizar a Oriente.”

Es el tercer año consecutivo que Barenboim visita el teatro Real para actuar en u festival de verano; esta vez con dos óperas Elektra, de Richard Strauss, y Tannhaüser, de Richard Wagner; y dos conciertos, la Novena Sinfonía, de Beethoven, y el Réquiem alemán, de Brahms.

Pero siempre que se habla con Barenboim, el tema recurrente es Oriente Próximo:

“Nadie cree posible sentarse en una mesa a negociar, pero tiene que ocurrir algo fuera de lo común, como pasó con el Muro de Berlín.”

Y especifica:

“La responsabilidad de encontrar una solución al conflicto está del lado de Israel, que es una nación. Siempre he pensado que el Estado palestino que se debe crear no es un acto de generosidad por parte de Israel, sino que responde a un derecho de todo ser humano.”

Wagner imprescindible

Los intentos de Barenboim por unir a las dos culturas pasan también por su labor en Israeldonde en cada concierto que ha ofrecido últimamente, la polémica le persigue. Primero porque tuvo la osadía de interpretar a Wagner, el compositor “maldito” de muchos judíos; y luego porque intentó llevar su música a los palestinos.

El año pasado, en teatro Nacional de Jerusalén, luego de terminar  su programa pactado, Barenboim se puso de pie, aclaro su voz y dijo por sorpresa: “En esta sala hay muchas personas a quienes Wagner no les despierta ninguna evocación relacionada con el nacionalsocialismo, considero injusto que estas personas deban viajar al exterior para escuchar a su compositor favorito. Y ahora os pregunto a vosotros si estáis de acuerdo en escucharle.”

Durante unos segundos el silencia fue espeso, nadie respondía, unos a otros se miraban a los ojos, hasta que un nutrido grupo de personas se puso de pie y su manera de contestar fueron los aplausos; entonces una minoría le empezó a gritar “Kapo”, nombre que se le daba a los judíos encargados de mantener  el orden dentro de los campos de concentración nazi. La confusión duró sólo unos instantes y esa minoría decidió abandonar la sala de conciertos.

El pianista respetó que no todos sintieran su pasión por Wagner, cuyo compositor le produce “estridencias y chirridos en el alma”, por eso, dice, “encuentro perfectamente legítimo que otros no sientan lo mismo”.

Barenboim levantó la batuta y los músicos de la Orquesta Filarmónica de Berlín se dispusieron a interpretar a sus órdenes los primeros acordes de la obertura de Tristan e Isolda. La respuesta del público fue apoteósica.

A partir de entonces, la polémica ha seguido al director de orquesta. Los dirigentes del Partido Religioso Nacional pidieron, sin éxito, que a Barenboim no se le permitiera “pisar de nuevo un escenario israelí”. El diputado Zevulún Orlev calificó la pieza de Wagner como “un acto de piratería cultural”.

Y el director artístico del Festival, Yosi Tal Gan, le acusó de romper el compromiso de caballeros que habían contraído “para no resucitar el fantasma de Wagner”:

La supuesta afrenta ha llegado a los tribunales. Un grupo de judíos interpuso una demanda judicial contra Daniel Berenboim por “mancillar la memoria de las víctimas del holocausto”, y frente al teatro donde actuó prendieron hogueras con sus suscripciones para el Festival de Jerusalén y portaron pancartas, con duras leyendas: “¡Maldito Wagner!, ¡Madito Barenboim!”.

El director de orquesta aún se muestra  sorprendido por esas protestas que incluyen elementos políticos que quieren reforzar un sentimiento nacionalista y no patriótico.

“Ser patriota es querer lo mejor para su propio país y también recibir de él lo máximo: ser nacionalista es no tolerar a otros, y eso es lo que nos hace falta ahora en Israel: patriotas judíos y no nacionalistas.”

El incidente creció y llegó hasta el Comité de Educación del Parlamento israelí, que dictaminó que el compositor, al interpretar un fragmento de Tristan e Isolda ofendió a la mitad de Israel, a los supervivientes del Holocausto y al Parlamento hebreo.

Richard Wagner fue el compositor favorito de Hitler durante el régimen nazi sus obras como Tristan e Isolda, El anillo de los nibelungos, en torno de las leyendas y mitos germánicos, fueron adoptadas en la exaltación de la “raza aria”.

-¿Por qué la leyenda negra persigue a Wagner?- pregunta la corresponsal.

-Wagner se tocó en Tel Aviv en los años treinta. Nada menos que Toscanini, conocido como antifascista, se atrevió a hacerlo en 1936 para dirigir los primeros conciertos de la Orquesta Filarmónica de Palestina.

Sin embargo, añade:

“Wagner se dejó de tocar, no por sus antisemitismo, sino por las asociaciones que se fueron creando durante la época nazi. Después del 9 de noviembre de 1938, el simbolismo y el uso y abuso de parte de Hitler de todas las ideas de Wagner y su música, es lo que impide a mucha gente hoy en día querer escucharlo.”

Agrega:

“Yo respeto que haya gente que tenga asociaciones contra las cuales no puedan luchar. Pero al mismo tiempo, creo que es un principio democrático que si alguien tiene asociaciones entre Wagner y Hitler que le impiden disfrutar de algo, tampoco tienes el derecho de influir a otro a no oír la música de Wagner.”

Barenboim está convencido de que no toda a Wagner e Israel es muy grave:

“Lo paradójico de todo esto es que al no tocar a Wagner en Israel en cierto modo se le da una razón póstuma alas ideas de Hitler y compañía; y no hay que olvidar que de Hitler y toda su ideología es inexplicable cómo llegó a dominar a tanta gente en Alemania y llevarles a hacer cosas tan locas y criminales.”

Añade:

“¿Cómo es posible que Hitler hiciera eso de Alemania, un país con gente inteligente? Fue porque era una especie de gurú que llevó a todo un país hacia un suicidio colectivo, como si fuera una secta, como el caso de Waco. Sólo así se puede explicar que todo un pueblo haya seguido a un maniaco criminal como él.”

-¿Sigue hiriendo las sensibilidades de muchos judíos?

-Entonces porque a él se le antojó usar, utilizar y abusar de las ideas de Wagner- incluso cundo uno ve los documentos donde sale Hitler se le puede ver poniéndose al estilo wagneriano frente a las multitudes-, ya no se debe tocar. Matar su música es dar la razón a Hitler. Es un problema que Israel, me imagino que es cuestión de tiempo, de que las cosas cambien. De todas formas, creo que es un tema en el que no deberían entrar los políticos.

La paz

Con 60 años, Barenboim lleva encima una polémica carga de su vida personal: su relación con la violonchelista Jacqueline du Pré, quien fue su esposa y –según la versión de la película reciente sobre el tema- a quien abandonó cuando ella padecía esclerosis múltiple.

Desde su faceta de pianista, el director reconoce que siempre le “fascinaron” los sonidos de la orquesta:

“Caminé por senderos poco convencionales. Empecé a dirigir desde el piano, luego acompañé a cantantes  como Fischer Dieskau o me dediqué a la música de cámara con Jacqueline.”

Consagrado a la música desde pequeño, recuerda lo que pasó cuando ofreció su primer concierto con orquesta, de Mozart:

“Aparecieron dos críticas en los medios más importantes de Buenos Aires. En una se decía que yo era genial y en la otra que era una animalada dejar tocar a un niño de ocho años que no mostraba el menor talento.”

“Perón arruinó a la nación y Argentina no tuvo la suerte de España, que pasó a un régimen democrático en forma admirable.

Aquí hubo un terremoto humano, intelectual, político, emotivo. En Argentina se dice que tenemos  dos tipos de políticos: los corruptos y los que son demasiado caros”, dice con una sonora carcajada.

Baremboim ha pisado  los escenarios más importantes del mundo en ambas facetas y además ha editado un disco de tangos, y pretende hacer próximamente uno sobre  música cubana, que siempre le ha gustado mucho.

Lleva 11 años dirigiendo la Staatsoper berlinesa y su objetivo ha sido que los músicos que ahora cobran menos que en otras orquestas, como en Dresde o en Munich, obtengan un sueldo digno en esa orquesta:

“Berlín es la única ciudad del mundo donde todos se sienten a gusto, tanto una delegación de Moscú como una de Varsovia. Es una ciudad a medio camino entre París y Moscú, y esto no es una mera anécdota geográfica, aquí miramos al Este y al Oeste, y la sociedad está integrada por elementos de ambos lados. Es una ciudad especial.”

Hace unos meses, el director de orquesta intentó ir a Ramala para ofrecer un concierto, pero el gobierno israelí se lo impidió con el argumento de que no podía garantizar su seguridad.

Yaser Arafat ofreció su guardia personal y aseguró que Baremboim no correría peligro alguno, pero de nada sirvió:

“Venía dispuesto a abrir el corazón a mucha gente y ese gesto ya lo he hecho. Quería demostrar que no todos los palestinos son  hombres Boma ni todos los israelíes son soldados de gatillo fácil. Todos somos seres humanos y hay que procurarles una solución que, desde luego, no es la militar.”

Daniel Barenboim sigue con su intención de escribir con su batuta la palabra Paz en el pentagrama:

“He adquirido un compromiso con mis amigos palestinos, y cuando la situación sobre el terreno mejore y mi programa de actividades lo permita, iré a tocar a Ramala.”