Las mazatecas que “reverdecieron” al Papa

Rogelio Flores

HUAUTLA, Oax.—Aquel nublado jueves primero de agosto, en plena ceremonia de beatificación de los mártires de Cajonos en la Basílica de Guadalupe de la Ciudad de México, las indígenas Teresa de Jesús y María Magdalena rompieron inesperadamente el rígido protocolo impuesto por el Vaticano: se acercaron al Papa Juan Pablo II y, frente a las miradas atónitas de la alta jerarquía eclesiástica, las mazatecas hicieron una limpia con ramas de laurel y yodo sobre el cuerpo encorvado del pontífice.

Era la primera vez que la Iglesia mexicana, en un acto oficial de tal magnitud, permitía un ritual “pagano” del mundo indígena. Y paradójicamente, lo hacía en la beatificación de los mártires Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles, quienes en su tiempo denunciaron los rituales paganos como esa limpia que le hacían al Papa.

Entrevistadas en la oficina parroquial de este municipio, las indígenas mazatecas cuentan su experiencia:

“No éramos sólo nosotras las que estabamos ahí en ese momento. Éramos todos los indígenas los que nos hacíamos presentes. Los que no valemos nada hacíamos nuestra aparición frente a todos.”

Revelan que viajaron a la Ciudad de México sin tener siquiera gafetes ni boletos para ingresar a la Basílica de Guadalupe, mucho menos permiso para realizarle una limpia al máximo representante de la Iglesia católica, “pero como íbamos a hacer un trabajo de Dios, sabíamos que la Virgen de Guadalupe no nos abandonaría”.

Tuvieron la certeza de que realizarían la limpia, porque –cuentan— se los reveló “un viaje de hongos” y también la lectura del maíz que les hizo un viejo sabio de esta región.

“Yo había hecho un viaje con honguitos. Y me dijeron que sería posible la limpia. Después fui a ver a un sabio de más de cien años de edad. Me leyó el maíz. Cuatro veces aventó los granos de maíz. Y las cuatro veces me dijo lo mismo: ‘Sí van a llegar. Ustedes van a estar allá’. Así fue como decidimos ir a la basílica”, platica Teresa de Jesús Ruiz, maestra rural de la pequeña comunidad Agua de Temazcal.

De esta manera, ella y María Magdalena García, con otras dos indígenas que las ayudaron a hacer la limpia, viajaron de Huautla a la ciudad de Oaxaca. Ahí subieron al autobús número 46 que, al igual que muchos otros autobuses repletos de indígenas, salió hacia el santuario de la Ciudad de México.

El arzobispo de Oaxaca, Héctor González, había permitido que los indígenas de la región participaran con ofrendas, danzas y cantos en la ceremonia. A los de Huautla les recomendó que se limitaran a quemar copal. Así se lo instruyó al vicario de pastoral de Huautla de Jiménez, José Luis Sánchez García, quien lleva años pidiendo que, oficialmente, se incorporen las limpias en la liturgia católica. Y el padre José Luis les informó a los indígenas que, por órdenes superiores, no habría ninguna limpia en la misa.

“Nosotras, de todas maneras, nos llevamos tres manojos de ramas. Nos fuimos preparadas, porque quemar el puro copal no tiene ningún sentido”, comentan las mujeres indígenas.

Cuando llegaron a la basílica, se percataron de que eran las únicas que no traían boletos de entrada ni gafetes con fotografía, ni siquiera una identificación oficial. Pero no perdieron el ánimo porque recordaban las predicciones de los hongos y del sabio mazateco que les leyó el maíz.

Prosiguen:

“Al bajar del autobús y llegar al atrio, nos preguntaron a todos: ‘¿traen boletos?’. Todos contestamos que sí. Vayan mostrándolos de uno én uno, nos dijeron los guardias. Fue pasando la gente con su boleto en la mano. Pero al ver que éramos muchos y veníamos juntos, nos dejaron entrar en montón y ya no nos pidieron los boletos.”

Al ver por ahí al arzobispo Héctor González, se dirigieron a él y le dijeron insistentes:

–Ya tenemos nuestra oración y nuestras ramas para la limpia.

–¡No se puede! ¡No se puede! Y esas oraciones son muy largas.

–Sólo nos tardaremos unos 8 minutos. Todo será muy rápido.

–Ya les dije que no. Y además quién las va a entender si van a orar en mazateco.

–Pues nos va a entender Dios.

Para quitárselas de encima, el arzobispo admitió la limpia. “Que pase una nada más”, les dijo. Ya había acordado con el estricto ceremoniero del Papa, Piero Marini, que en caso de que se usaran las ramas de laurel y yodo, sería muy lejos del altar y agitando las ramas “hacia los cuatro puntos cardinales”.

Ante alrededor de 8 mil fieles –la mayoría provenientes de Oaxaca–, los indígenas enfilaron hacia el altar, tocando sus tambores y chirimías y llevando, en sendas urnas de cristal, los huesos carcomidos de los mártires de Cajonos. El Papa los observaba desde su silla dorada.

Los que no valemos nada

En un descuido de Piero Marini, Teresa de Jesús y María Magdalena sacaron sus ramas de laurel y yodo y, sorpresivamente, comenzaron a frotar con las ramas el cuerpo del Papa, quien quedó envuelto en una nube de humo de copal.

Las indígenas empezaron a rezarle en mazateco:

Tú eres la luz, el camino y la vida.

         Aquí te pedimos un favor,

         los que somos tus hijos,

         que nos sembraste como semillas;

aquí te enviamos nuestras palabras, nuestra voz, ante tus ojos, ante tu boca:

Perdona a tu pueblo, a tus pastores, a tus hijos

que no nos tomaron en cuenta

en el tiempo pasado,

a nosotros que somos gente de raíz.

Que se viva la fraternidad entre hermanos y hermanas,

que crea tu demás gente que existimos,

que tenemos palabra,

que tenemos voz,

que tenemos dignidad

María Magdalena comenta sus impresiones al momento de hacerle la

limpia al pontífice:

“Veía muy grandote al Papa, muy alto. Al tocarle la mano se la sentía suave y caliente. Sentía hasta los suspiros del Papa. Él estaba muy emocionado. En un momento sentí que alguien más estaba rezando muy cerquita de mí. Pensé que era Teresa. Pero no, vi a Teresa más allá. Caí en la cuenta de que éramos todos los indígenas los que estábamos ahí, junto a él. Sí, todos nosotros, los que no valemos nada.”

De esta manera –dice–, las predicciones de los hongos y el maíz se habían cumplido.