Gilberto Guevara Niebla
Los principales avances de la administración del presidente Vicente Fox se han dado en la esfera política. Esto fue perceptible en el segundo informe. En el corto lapso del nuevo gobierno se han vulnerado relativamente algunos elementos básicos del antiguo sistema político (el presidencialismo, la corrupción, la censura, los controles corporativos) pero el mismo presidente reconoce que poco se ha logrado en materia de justicia social y falta mucho para consolidar la democracia en México.
En las palabras del presidente Fox se descubre un distanciamiento discreto del viejo hábito egocéntrico e iluminista que ha caracterizado la acción de muchos de nuestros grandes políticos y que se resume en esta fórmula: “Las cosas cambian desde el momento en que yo tengo el puesto dirigente porque yo soy distinto a los demás (yo soy bueno) y yo sé que es lo que hay que hacer para lograr el cambio”.
En esta perspectiva ego-iluminista se piensa que el cambio vendrá desde arriba (de ahí la fe en la fuerza de la palabra propia, la confianza en el poder de las intervenciones y los decretos presidenciales, en la significación del cambio de leyes y de los acuerdos cupulares). Esa visión errónea ha costado al país innumerables fracasos. Lo real es que las cosas cambian sólo cuando la sociedad cambia.
No bastan las buenas intenciones de los políticos para construir una sociedad justa y democrática –esas buenas intenciones nos han conducido al infierno en el que vivimos–. Lo que México necesita es tener un liderazgo democrático que se proponga, sobre todo, educar a las masas de ciudadanos, enseñarlas a apropiarse de sus derechos. En otras palabras, un liderazgo que impulse una transferencia de poder real desde la cúspide del Estado hacia la base ciudadana. Sólo entonces podremos aspirar a tener una nación vigorosa, próspera, justa y libre.
Pero debemos hacer lo posible para que el recipiente del nuevo poder, el ciudadano, haga de él un uso democrático. La alternancia es insuficiente: no basta con un presidente que tenga convicciones democráticas para que el país se haga democrático. Podemos decir que en el año 2000 se hizo efectivo el sufragio efectivo, pero el conocimiento de los códigos del quehacer político (el know how) siguen siendo privilegio de unos cuantos.
Tampoco la democracia existirá por que una ley la establezca sino porque sus valores y principios sean compartidos real y efectivamente por todos sus miembros. En otras palabras, la base de la democracia son las virtudes ciudadanas. Este es el gran vacío de nuestra cultura política.
En la Encuesta Nacional de Cultura y Prácticas Políticas recientemente realizada por el IFE y la Secretaría de Gobernación (Véase la revista Este país 137, agosto 2002) se pudo constatar que los mexicanos han conquistado el sufragio efectivo y acuden a las urnas con frecuencia, pero carecen de conocimientos significativos sobre la política e, incluso, muchos de ellos la desprecian y la consideran una actividad sin valor.
El 40% dice que no habla de política con asiduidad; sólo el 20% de la población confiesa que participa cuando se conversa sobre política; el 60% afirma que conoce poco los derechos que consagra la ley; 80% se informa de política por la televisión; casi 40% niega que en México se vive una democracia; casi el 80% piensa que “la gente sólo se preocupa por ella misma”; el 43% piensa que las leyes no las respetan ni los ciudadanos ni los gobernantes; el 67% opina que la corrupción afecta por igual a políticos y ciudadanos; el 60% ignora a quién corresponde la facultad de hacer cambios en la Constitución.
Ignorancia, desconfianza, malestar, abstencionismo son nuestras endemias. Aislados, encerrados en nuestra privacidad, pensando exclusivamente en nuestro bienestar, nada sabemos de los demás. Nuestra población vive atomizada, sin sentido de colectividad y sin compromiso con el bien común. La política no nos cohesiona, nos divide: para la mayoría es un espectáculo detestable, pobre, que nada le ofrece y el sentimiento que permea a todas las capas sociales es la desconfianza: desconfianza no sólo en los políticos, también en los otros mexicanos.








