A mis compañeros ciudadanos del Frente Cívico Pro Defensa del Casino de la Selva.
Se cuenta, con un dejo de ironía y de horror, que Joseph Paul Goebbels, el ministro de información y propaganda de Hitler, en un alarde de imbecilidad, llegó a exclamar: “Cada vez que escucho la palabra cultura saco mi revolver”. Esta frase resume perfectamente el nivel de barbarie y de amenaza que el hitlerismo significó para Alemania y el mundo. Su barbarie llegó al extremo de querer destruir una de las memorias más grandes de la cultura humana de Occidente: París. Si no lo hizo fue porque un puñado de hombres de cultura superior, entre los que se encontraba el gran escritor Ernst Junger, lo impidieron.
La Alemania nazi desapareció bajo la furia de los Aliados, pero, como bien lo ha demostrado Jacques Ellul, las democracias occidentales heredaron sus sueños: el Estado capitalista, con su organización tecnológica, económica y propagandística, se ha vuelto, en su aparente amabilidad, terriblemente absorbente y totalitario.
Una prueba de ello la estamos viviendo en Morelos: el gobernador Estrada Cajigal; el presidente municipal, José Raúl Hernández; el secretario de gobierno, Eduardo Becerra, y sus amos, no el Estado fascista, sino los grandes capitales internacionales, escucharon del Frente Cívico Pro Defensa del Casino de la Selva la palabra cultura y el 21 de agosto sacaron los garrotes, enviaron a 400 policías, golpearon a escritores, ambientalistas, profesores universitarios y estudiantes, y los enviaron a la cárcel acusados de “motín, asonada y llamado a la violencia”, entre otras linduras. En realidad su único delito ha sido oponerse, desde el 30 de junio de 2001, mediante métodos no–violentos, a la construcción de dos megatiendas del grupo Costco y Comercial Mexicana en el Casino de la Selva; es decir, defender el patrimonio cultural, ecológico e histórico que se encuentra en ese recinto y salvar a Cuernavaca del caos urbanístico y económico que ahora vive y que puede concluir en un desastre urbano y una mayor miserabilización de Morelos.
En defensa de los grandes capitales, de los garrotazos y de la fabricación de delitos que el gobierno, Costco y Comercial Mexicana le han propinado al Frente Cívico, se han unido las voces de varios periodistas, paradójicamente víctimas de la desinformación y de la propaganda que el gobierno y las empresas aludidas han desatado contra nosotros y en favor del proyecto.
Entre esas voces está, por desgracia, la de Sergio Sarmiento, a quien estimo y admiro. En un artículo publicado en el periódico Reforma (29 de agosto) y que, por lo que dice, parecería —-si no conociera la honestidad de Sarmiento—- pagado por los empresarios de Costco y el gobierno de Morelos, nos acusa de lo que reiteradamente se nos ha acusado: que nunca, hasta que Costco compró, nos habíamos ocupado del Casino de la Selva; nos llama “talibanes políticos” –en el sentido de que nos oponemos al progreso– en un alarde de prepotencia tan estúpido como el de Goebbels; y que los murales que defendemos, según los burócratas del INBA, “son de escaso valor artístico”. Recuerdo a Sarmiento y a los burócratas del INBA que esos murales pertenecen al último período del muralismo mexicano, que es la única memoria artística de ese período que tiene Cuernavaca y que nadie tiene derecho a arrasar lo que esos muralistas, malos o buenos, legaron al pueblo de Morelos.
Después de propinarnos estos insultos, Sarmiento se pone a elogiar el proyecto virtual que Costco, Comercial Mexicana y el gobierno han montado para decir que es un inmenso desarrollo ecológico –le sugiero a Sarmiento que ya no visite tanto Disneylandia–, “que restaurará obras artísticas” –no hay posibilidad de restauración, están hechas añicos–, “que creará un espacio de encuentro comunitario” –que nos diga Sarmiento qué megatienda en toda la República al estilo Costco y Comercial Mexicana es un espacio de encuentro comunitario: son bodegas, tiendas gigantescas donde la gente se mueve como autómatas en carritos–; “que mejorará de manera radical la ecología”, etcétera, etcétera.
Lo que asombra de todo no es lo bien escrito del artículo –la pluma de Sarmiento es siempre impecable y a veces, cuando muestra la cultura superior que posee, magnífica–, sino, como he dicho, la desinformación y la imbecilidad. Sarmiento, como el gobierno de Morelos, como los empresarios del grupo Costco y Comercial Mexicana, reducen todo a la economía y a la inversión acrítica.
Para ellos la cultura, que viene de culto y de cultivo, y que forma parte de lo económico en el sentido griego de cuidado de la casa –cuidado de la ciudad, de la memoria, del pasado, del entorno, de las relaciones comerciales de soporte mutuo que genera una comunidad: pequeños comercios, mercados a los que el campesino llega a vender sus productos, parques y plazas, verdaderos lugares comunitarios–, debe desaparecer en aras de las inversiones trasnacionales, del asfalto, del gigantismo, del caos vial, del consumismo desmesurado, de la depresión de los espacios productivos vernáculos y de la contaminación maquillada virtualmente de ecología y de limpieza.
El hotel Casino de la Selva pertenecía a la familia Suárez; fue esa familia la que mandó pintar los murales que desde hace meses fueron arrasados por Costco. En 1994 la familia vendió a la compañía Sidec-Situr, consorcio regiomontano que pensaba realizar un desarrollo mixto: un centro cultural que preservara los murales, un centro comercial al estilo Plaza Loreto de la Ciudad de México, y un conjunto habitacional. El proyecto de Sidec-Situr estaba preservando la vocación original del Casino. Con el error de diciembre, el grupo quebró y el Casino de la Selva pasó a manos de Hacienda. El 24 de marzo de 1994 –esto en contra de la acusación de Sarmiento de que nunca nadie se ocupó del predio– el antropólogo Víctor Hugo Valencia envió un oficio (73/III/97.–D191) al licenciado Fernando Hidalgo, entonces director del Instituto Morelense de Bellas Artes, solicitándole, de acuerdo con la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicas, “que pudiera intervenir para la protección de obras artísticas que se ubican en las instalaciones también de este Siglo XX conocida como ‘CASINO DE LA SELVA’ (…)”. En el 2000, frente a la ineficiencia de las autoridades culturales de Morelos, un grupos de artistas nos reunimos con el fin de fundar un Consejo Ciudadano Para la Cultura y las Artes.
El 27 de marzo de 2001, inicio de la Semana Santa, Hacienda, a través de Fidelic, ofertó el predio valuado en 63 millones de dólares. Esta oferta, contraviniendo la ley que dice que debe aparecer en todos los periódicos de circulación nacional, sólo apareció en Reforma. Al día siguiente, Costco compraba la propiedad a 10 millones de dólares. Como se ve, desde el inicio la compra del predio se hizo de manera ilegal y corrupta.
El Consejo Ciudadano para la Cultura y las Artes, que se fundó el 30 de junio de 2001, se enteró de esa venta ilegal el 29 de junio. El 30, en la ceremonia inaugural del Consejo Ciudadano, Juan Robert, arquitecto de origen suizo nacionalizado mexicano, invitó al arquitecto Toussaint, secretario de Cultura de Morelos, y públicamente le pidió su intervención para rescatar el patrimonio cultural del Casino de la Selva. Toussaint se negó, aduciendo que era propiedad privada. Inmediatamente el Consejo Ciudadano para la Cultura y las Artes comenzó a movilizarse para su rescate. A él se unieron el grupo ecologista Guardianes de los Árboles, grupos civiles y asociaciones de derechos humanos, entre ellas Servicio Paz y Justicia. Entonces se constituyó el Frente Ciudadano Pro Defensa del Casino de la Selva. Acudimos a demandas, a diálogos con el gobierno y la empresa. Nuestra propuesta era y sigue siendo que Costco se instale, como en cualquier sitio que respeta su patrimonio, en las afueras de la ciudad y que en el Casino de la Selva se construya un parque, un centro cultural y se desarrolle su vocación primera, que fue la de ser un centro cultural y recreativo. Fue inútil.
El proyecto que están publicitando el gobierno de Morelos y Costco, y que dice tener Sarmiento, es falso, es una pura propaganda virtual, un velamiento de lo real. Sarmiento olvida que ese tipo de empresas busca sacar el mayor provecho con el menor costo. La inversión que implicaría ese proyecto es equivalente a la que se necesita para construir cuatro megatiendas más. ¿Realmente ese consorcio está dispuesto a hacer esa inversión tan costosa en Cuernavaca? Nadie que conozca ese tipo de empresas lo cree. En realidad, el proyecto de impacto ambiental con el que el gobierno de Morelos aprobó la licencia de construcción de las megatiendas y que tenemos en nuestras manos, no tiene nada que ver con esa Disneylandia ecológica que promueven Sarmiento, el gobierno de Morelos y el grupo Costco. En realidad el proyecto es idéntico al de cualquiera de esas megatiendas: dos enormes tiendas, con planchas de concreto para estacionamientos, un espantoso restaurante California y un montón de árboles de maceta, donde habrá sólo unos cuantos murales –en realidad copias, pues todo fue arrasado– decorando el horror. Nada de pozos de adsorción, nada de plantas de tratamiento, nada de esa virtualidad de 680 árboles de la que nos habla Sarmiento en su artículo. Sólo el desierto asfáltico con árboles de maceta y algunos viejos árboles que habrán quedado en pie, la muerte del último pulmón de Cuernavaca, la destrucción de los comercios que hay a su alrededor y de las economías de soporte mutuo, la sepultura total del asentamiento del Clásico Olmeca de la Gualupita, el caos vial, la imposibilidad de reordenar el trazo urbano de Cuernavaca, que sigue el mismo deterioro del DF, y la estupidez al estilo Goebbels.
Los ciudadanos que nos hemos manifestado en su contra no somos talibanes. Talibanes son el gobierno de Morelos, los inversionistas y Sarmiento; son también los nazis modernos y los herederos de los comunistas chinos y soviéticos. Los primeros –como los accionistas de Costco y de Comercial Mexicana hicieron con el legado cultural del último período del muralismo mexicano– dinamitaron los gigantescos y milenarios budas de la compasión; los segundos, aplastaron la dignidad de culturas enteras y destruyeron con revólveres a sus opositores; el gobierno de Morelos lo hace con inversiones salvajes, con macanas y con fabricación de delitos; los terceros, destruyeron, en nombre del nuevo progreso, la milenaria cultura del Tibet y encarcelaron y asesinaron a sus mejores talentos, recordemos al gran poeta Mandeltam.
Le pregunto a Sarmiento, ¿qué diría si un grupo de bárbaros trasnacionales, en nombre de la inversión y apoyados por el gobierno del DF, decidiera poner un par de megatiendas en los Viveros de Coyoacán o en la Alameda Central? ¿Creería en sus promesas virtuales? ¿Aplaudiría el que sacaran sus macanas para golpear a los ciudadanos, encarcelarlos y fabricarles delitos por el hecho de nombrar la palabra cultura y defenderla de la barbarie economicista?
Cuernavaca, después de la imbécil represión del 21 de agosto, está dividida. Frente a esa división que azuza el gobierno del estado, Costco, empresarios desnaturalizados y periodistas que, espero, perdieron por un momento la brújula acusándonos malignamente de perredistas, de delincuentes y talibanes, lo único que queda, si realmente vivimos un estado democrático, es el plebiscito. Que no sean el gobierno ni los empresarios, que no sea el Frente Cívico Pro Casino de la Selva, sino la ciudadanía entera la que decida si Costco se construye en un predio en la periferia de la ciudad, como debe ser, y que dentro del Casino de la Selva se hagan un parque y un centro cultural que vuelva a poner de pie, aunque sea como copias, los murales y las estructuras de Candela, o si prefiere que Costco se instale en el predio que defendemos. Ese plebiscito debe ir precedido por mesas de debate en las universidades, en los foros radiofónicos y televisivos –que Sarmiento nos invite a su entrevista para exponer nuestros puntos de vista– y en las instituciones culturales. Sólo así se podrá vivir una vida verdaderamente democrática y cultural en Morelos y una decisión responsable en el ejercicio de las inversiones y de la vida de la ciudad.
Negarle este espacio a la ciudadanía es negar la democracia y en consecuencia dar cabida a la horrible herencia de Goebbels, que parece haberse introyectado en el alma de nuestros gobernantes. En esta lucha nunca estaremos de más. ¿Quiénes son –se nos preguntará– esos que integran el Frente Cívico Pro Defensa del Casino de la Selva para atreverse a criticar a un gobierno emanado democráticamente? Sencillos ciudadanos, defensores del espíritu, de la cultura y de la democracia, que etimológicamente quiere decir, poder del pueblo, y que, por lo mismo, sienten una exigencia infinita en relación con aquellos cuya misión es representar la dignidad de un pueblo y de su ciudadanía.
Además, opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos y evitar que Costco se construya en el Casino de la Selva.








