De víctimas y victimarios…

Sanjuana Martínez

A ellos –más que nadie—la vida les cambió. Son los familiares de las víctimas y de los victimarios. Ninguno se resigna aún a creer que su hijo o su hermano estuvo allí. Otros –los sobrevivientes— también ven la vida distinta: Les tocó el milagro de “volver a nacer”.

Madrid.– A un año de los atentados terroristas en Estados Unidos, existen muchas preguntas sin respuesta, como qué sucedió en los aviones secuestrados, cómo cambió la vida de quienes sobrevivieron, la repercusión en las familias de los terroristas suicidas y el número exacto de víctimas en las Torres Gemelas.

Por ejemplo, al principio se habló de 6 mil 729 muertos, cifra que luego se redujo a 2 mil 819. Sin embargo, los forenses sólo tienen mil 379 muertes confirmadas gracias a la prueba de ADN; las autoridades tienen plenamente confirmados mil 350 muertos reclamados por sus familiares, a los que se deben sumar los 184 del Pentágono, los 40 de Pennsylvania y un centenar más de personas desaparecidas.

Del cambio de vida de los sobrevivientes y las familias de los terroristas suicidas, se ocupa el libro 11 de Septiembre. Historia de un ataque terrorista, escrito por 18 reporteros y editores de la revista alemana Der Spiegel, editado por Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores.

Las fichas de los 19 terroristas suicidas fueron dadas a conocer ampliamente, pero poco se sabía de su entorno, sus familias, su infancia y adolescencia; del plan maestro de los atentados y de la procedencia del dinero que los mantenía poco se sabe.

“Este libro trata de indagar en los motivos (de los ataques) a la luz de las biografías de los terroristas, de las opiniones de sus padres, sus hermanos, sus amigos, y también de los detectives. No eran unos locos, no eran chiflados, proscritos. No eran trogloditas, no eran cavernícolas, eran hijos de la globalización, como nosotros, dominaban varios idiomas, conocían mundo”, dice el editor de Der Spiegel, Cordt Schnibben.

En el libro se muestra también la forma en que cambió la vida de los que por azar o por las ganas de vivir, se salvaron.

 “¿Mi hijo? No por favor”

Los cuatro pilotos suicidas eran el egipcio Mohamed Atta; Marwan al Shehhi, de los Emiratos Árabes Unidos; el saudita Hani Hanyur  y el libanés Ziad Yarrah. Los acompañaron los sauditas Abdelasis al Umari, Wail Al Shari, Walid M. Al Shari, Fajis Ahmed, Ahmed al Jamdi, Hamsa al Jamdi, Mohald al Cheri, Majid Mukid, Salim al Hamsi, Ahmed al Hasnawi, Ahmed al Nami, Said al Jamdi, así como Satam al Sukami, de los Emiratos Árabes Unidos.

Atta, de 34 años, era el líder del grupo; fue quien dirigió el vuelo de American Airlines contra la Torre Norte del World Trade Center. Estudió urbanismo durante siete años en la Universidad Técnica de Hamburgo-Harburg y en 1999 fundó una agrupación islámica. Las autoridades sospechan que estuvo en un campo de entrenamiento para terroristas en Afganistán.

En El Cairo, en el club de tiro Nadi Sid, los reporteros encontraron al padre de Atta unas semanas después del ataque: “Atta padre llora. Atta padre tiembla. Atta padre brama. Pero no contesta las preguntas. Dice que los atentados los realizó el Mossad, el servicio secreto israelí. ‘Porque se trata de una planificación monstruosa con una idea monstruosa, pero también de una ejecución minuciosa. Esto sólo puede hacerlo el Mossad, y este es el método de trabajo de los sionistas desde que Moisés los guió a través del Mar Rojo’. Oh no, grita luego Atta padre, ¿cómo podría su querido hijo, tan amable y bien educado, hacer algo así? ‘¿Cómo es posible que mi hijo estuviera sentado de pronto ante 240 palancas y luces, y condujera el avión a la altitud deseada? Hay que saber hacerlo y tener una habilidad increíble para dar contra el corsé de acero de un edificio con la precisión con la que se dispara sobre un lápiz. Algo así exige un esfuerzo enorme’. Su hijo, señor Atta, se ha preparado durante mucho tiempo. ‘No, no, no´’”.

La historia de la familia de Atta, se centra en su padre, un abogado que se trasladó con su esposa y tres hijos de Kafr al Sheij, en el delta del Nilo a El Cairo. Allí vivieron en Giseh, el barrio de clase media. Luego del éxito profesional, se cambiaron a Shari Jatim al Mursalin, un barrio más elegante.

El padre de Atta vive solo, pues su esposa lo abandonó. Sus dos hijas casi nunca van a verlo: “‘Mentirosos, todos son unos mentirosos’, grita Mohamed Atta padre. Dice que demandará a los periodistas, a todos, al menos a los que han escrito que el terrorista Mohamed Atta era gay.

“Atta padre grita que Estados Unidos, ese ‘matón de barrio’, se merece esto y mucho más, ya que ellos han ‘inventado el terrorismo. La primera organización terrorista fue el Ku-Klux-Klan en la patria del señor Bush. En Estados Unidos hay actualmente 5 mil organizaciones de este tipo (…)”.

Finalmente dice que su hijo ha sido asesinado por agentes estadunidenses o israelíes, ‘con ácido, como hacen siempre’. Entonces respira hondo, y se hace el silencio en la terraza. ¿Por qué todo esto? ‘Los sionistas pretenden echar mierda sobre un joven egipcio, porque Egipto es una espina que tienen clavada los sionistas’, dice Atta padre. Una cosa más señor Atta: ¿No está usted afligido? ¿No teme que precisamente su hijo quizá sí pudiera haberse estrellado el 11 de septiembre contra el World Trade Center? ‘No, ¿por qué iba a estarlo? Después del atentado estaba vivo. Me llamó por teléfono al día siguiente, y luego otra vez dos días después del atentado’. Aunque esa vez fue la última. Porque entonces, dice Atta padre, ‘fue cuando acabaron con él’”.

Otro implicado en los atentados es Said Bahayi, alemán-marroquí, estudiante de ingeniería electrónica en la Universidad Técnica de Hamburgo-Harburg. Era amigo íntimo de Atta y es considerado su cómplice.

Los reporteros de Der Spiegel situan en Meknès, Marruecos, el relato relacionado con Said.

“¿Qué madre no se pondría delante de su hijo? ¿Protegerlo, confiar en él, temer por él? ¿Qué madre diría: ‘Sí, mi hijo es un terrorista’? Anneliese Bahayi está en su casa de Meknès en Marruecos, ‘que no es mi tierra’, y ve la televisión alemana durante días. Dice que cualquier mañana podría aparecer una noticia sobre su hijo perdido. Sospechan que participó en la preparación del atentado desde Hamburgo. Ahora dicen que está huyendo.”

“La madre de Said es de origen alemán, mientras el padre tiene sus raíces en Marruecos; toda la familia vivía en Alemania, hasta 1984, cuando se trasladaron a Marruecos, menos Said que se quedó allí.

“‘Ha sido padre, y en esa tesitura ¿quién se pone a planear un atentado?’, dice. Y su teoría o su deseo, o su sueño dice así: ‘Probablemente todo esto es una estúpida coincidencia, y él ha caído en Paquistán en manos de extremistas que lo presionan. Todos lo han utilizado, siempre, quizá lo han llevado a cosas de las que no sabía nada’. ¿Y por qué viaja con su pasaporte auténtico si está huyendo?, pregunta. ¿Por qué intenta llamarla?, pregunta. El 1 de octubre –Said Bahayi llevaba cuatro semanas desaparecido— la policía registró efectivamente una llamada a la señora Bahayi en Alemania. Seguramente era Said, y mientras todavía salía el mensaje del contestador automático se oyó una voz bastante desesperada: ‘¿Hallo? ¿Hallo?’. Entonces colgó, justo en el momento en que Anneliese Bahayi había llegado al aparato. ‘¿Qué pasa si alguien lo ha forzado a hacer todas esas cosas? ¿Y si lo están chantajeando con su mujer y su hijo? ¿Quién lo sabe?’.”

Abdallah Bahayi, padre de Said, tenía negocios en Alemania, pero quebró y ahora es agricultor en Meknès. Quería que su hijo viviera en Marruecos, pero a Said no compartía esa idea, porque consideraba que ese país era muy corrupto.

“El padre apenas se ha enterado de que Said se convirtió precisamente en Alemania en un devoto musulmán. ‘El Islam se lleva en el corazón, no en la ropa’, dice. Abdallah Bahayi no entiende por qué la mujer de su hijo tenía que ocultar su cara detrás de un velo. Hacía años ya que el padre había perdido a su hijo. Han hablado por teléfono de vez en cuando, eso sí, pero ¿de qué van a hablar padre e hijo por teléfono?

“Said era un niño más bien intelectual, demasiado delicado para el gusto de su padre. ‘Es miedoso –dice Abdallah–. Estando de caza una vez matamos un faisán, pero él no quería ir a recogerlo. Desde entonces Said ya no comió faisán’. El padre sonríe, porque estas historias siempre le dan un poco de vergüenza.

Cuando Said no estaba de acuerdo con algo, cerraba su puerta, y el padre ya no lo veía. ‘Simplemente no contestaba’, dice Abdallah. Por eso el padre, que fracasó en el extranjero, creía que su hijo no estaría pertrechado para las dificultades que podía encerrar la fría Alemania para los forasteros. ‘Antes de que se fuera le dije –dice Abdallah Bahayi–: No te dejes engañar’.”

El común denominador de los terroristas suicidas del 11 de septiembre y sus cómplices es el dinero. La mayoría provenía de familias acomodadas. Padres que tienen la capacidad de mandar a sus hijos al extranjero a estudiar en las mejores escuelas europeas o estadunidenses.

“Aunque en Alemania hay tres millones y medio de musulmanes, hasta ahora la vida y la opinión de esa gente no nos parecían suficientemente interesantes como para preocuparnos por los más de mil 300 millones de musulmanes que viven en el mundo. No entendimos que los musulmanes de los países árabes viven la globalización como una norteamericanización, que se sienten humillados por esa arrogancia, marginados por el poder económico y excluidos del mundo; no nos percatamos de que el Islam sirve de ideología para los condenados de esa Tierra, y que los islamitas han sabido convertir la frustración por el fracaso de las élites islámicas en acusaciones contra Occidente”, dice el editor de Der Spiegel.

Otra de las historias investigadas es la de Ziad Uarrah, que pilotaba el vuelo de United Airlines 93 que cayó cerca de Shanksville, Pennsylvania. Estudiante de aeronáutica en la Escuela Técnica Superior de Hamburgo, llegó a Alemania en 1996 y entre el 2000 y 2001 estudió para piloto en Florida.

Sus padres ricos le dieron lo mejor y los reporteros de Der Spiegel los encontraron en Marj, valle del Bekaa, en Líbano. El padre de Ziad tampoco cree que su hijo era terrorista, ya que era un joven moderno y “tenía de todo”.

“Y él, su padre, envió a su hijo a toda clase de escuelas cristianas, desde la primaria hasta el bachillerato, ‘los colegios más caros de Beirut. No era cuestión de religión, sino de educación’. El único hijo varón sólo recibió lo mejor de lo mejor: ‘Lo mime. Le daba todo lo que me pedía, incluso más’.”

A Ziad su familia lo da por desaparecido. “Los amigos detectan cambios, los familiares parece que no. Ziad no se ha dejado nunca barba, ‘yo estaba estrictamente en contra’, dice el padre. Pero hay fotos que muestran a su hijo con barba corta y cuidada. Algunos parientes suponen que estuvo en Afganistán o Paquistán. No puede ser, dice el padre, ‘siempre me lo contaba todo’”.

Volver a nacer

Miles de personas salvaron la vida aquel 11 de septiembre. Los reporteros de Der Spiegel rescatan historias estremecedoras sobre aquellos trágicos momentos y la forma en que cambiaron sus vidas.

Manhattan, Quinta Avenida: “A Manu Dhingra, atacado por un golpe de fuego de mil grados de temperatura cuando salía del ascensor en el piso 83 de la Torre Norte, lo dieron de alta el 2 de octubre en el centro de quemados Weill Cornell de Nueva York. Su cabeza se ha deshinchado al tamaño natural, la cara ha recuperado el color normal; las cejas y las pestañas le han vuelto a crecer. La piel recién trasplantada de los brazos y el tronco superior ya no arde tanto como al comienzo, después de las operaciones. Todavía pasarán meses para que pueda volver a utilizar las manos como es debido. Hasta entonces espera también conseguir subir otra vez en un avión. Aún no ha vuelto a su puesto de asesor de inversiones. Tiene dificultades para concentrarse. De momento colabora en un programa de atención a víctimas de incendios, y se plantea si estudiar o seguir trabajando cuando se haya recuperado del todo”.

Westfield, Nueva Jersey: “¿Cómo puede huir un invidente del piso 78 del World Trade Center en llamas? ¿Gracias a sacrificados congéneres? ¿Con la ayuda de Dios? ¿Por pura suerte? A Mike Hingson le dicen continuamente que debe estar agradecido: a los compañeros, a Dios o a la suerte. Casi nadie se percata de que él mismo pudo hacer bastante por su propia salvación… Fue en aquel horrible instante cuando pensó: ‘Si ahora no hago nada, soy hombre muerto’. Estaban fuera, en la esquina de Broadway con Fulton Street, pensaban que estaban salvados, Roselle (su perra) intentaba recuperar el aliento, Hingson se sujetaba del brazo de David. David se detuvo para hacer fotografías, de recuerdo, soltó al amigo, y justo en ese momento se desplomó la Torre Sur. David echó a correr, solo. ‘Me dejó en la estacada’, dice Hingson… Cuenta muy doctamente que ha estado reflexionando sobre lo que habría ocurrido si hubiera tropezado con los escombros y caído al suelo. ‘Habría quedado aplastado, creo’. Pero él –ahora suena orgulloso– sujetó con fuerza la correa de Roselle y le ordenó que corriera, y aguantaron todo el trayecto, hasta que oyó una voz, la de David, diciendo: ‘Lo siento, Mike. Dame tu brazo’. Bajo la nube de polvo Hingson tenía una enorme ventaja frente a otros gracias a su capacidad para orientarse por el oído, y gracias a Roselle. Ayudó a avanzar a una mujer que tenía los ojos pegados por el polvo, lloraba y gritaba: ‘No veo nada’ y Hingson le decía: ‘Yo tampoco, pero tengo un perro’”.

Manhattan, restaurante Le Café Crème: “Mark Oettinger lleva una camisa de franela, es rubio y tiene el pelo muy liso y con la raya bien marcada. Es ancho de hombros y arrastra una bolsa gris de herramientas por el Medio Manhattan… Es carpintero, y el 11 de septiembre tenía trabajo en el décimo piso de la Torre Norte. Montaba muebles para el Bank of America; de las7 a las 8:45 estuvo dedicado a esta tarea, y después a salvar vidas durante horas. Estuvo ayudando, ayudando, ayudando… La nueva vida: ahora ya no es lo mismo cuando enciende el televisor y ve cadáveres. Por su cabeza pasan los muertos de verdad. Entonces le sube la bilis… Olvidar la Zona Cero es seguramente imposible. Durante todo el día estuvo rondado por ahí, no podía irse, buscaba personas. Y muebles también, por si reconocía alguno, pero no había más que polvo. Ha vuelto a estar ahí, en la Zona Cero. Ha escuchado historias contadas por amigos que son trabajadores de salvamento. Del cadáver de la joven mujer al que dieron la vuelta y debajo estaba el niño. Del brazo que encontraron, un brazo femenino, y cuando abrieron la mano de la muerta había dentro el puño de un bebé. En realidad no quiere olvidar ni un ápice. Conserva algunos objetos de recuerdo. Escarba en su cartera gris, saca algo, aquí, dice, señora, un regalo. Es una llave de latón y corresponde a una cerradura de seguridad. Lleva grabadas unas palabras: ‘World Trade Center. No duplicar’”.