Jalapa, Ver.—Benjamín era un niño alegre e inquieto. Aplicado en sus estudios de quinto año de primaria, participaba con gusto en las actividades religiosas de su pueblo, que se encuentra enclavado en la Sierra Norte de Veracruz.
Tenía 9 años cuando empezó a asistir al catecismo en la iglesia de Santa Catarina y fue elegido para formar parte del coro. También fue escogido para apoyar en la celebración de las misas a los sacerdotes de la parroquia de Chicontepec, uno de principales centros comerciales, políticos y culturales de la vasta región indígena de la Huasteca Veracruzana.
Convertido en monaguillo, sus actividades se las encomendaba principalmente el vicario de Santa Catarina, Ramiro Pérez Meza, quien le enseñó a jugar ajedrez. Benjamín convivía con otros niños y con los sacerdotes. Se sentía a gusto en este ambiente.
Comenzó a tomar sus clases de ajedrez en diciembre de 2001. El niño, con otros compañeros también menores de edad, iba a jugar con el padre Pérez Meza los martes, miércoles, jueves y sábados, después de las misas y del catecismo.
La señora Rita no tenía inconveniente en las actividades de su hijo, aunque llegara tarde a la casa, pues en ocasiones lo llevaba el propio padre Ramiro y en otras lo mandaba en taxi.
Pero, hacia enero del 2002, el entusiasmo del niño por el ajedrez empezó a declinar. Para entonces tenía casi 10 años. Su conducta cambió drásticamente. La madre veía que su hijo se enojaba por cualquier cosa. Súbitamente, Benjamín dejó de ser el niño alegre y popular que era.
Sus calificaciones comenzaron a bajar. No comía, estaba triste, ya no jugaba con sus amigos y se resistía a ir a las misas. Y más todavía, por las noches se despertaba sobresaltado, con angustia, o gritaba en sueños, aterrado: “¡Ya no, ya no, ya no me toquen…!”
Un día, el niño reveló por fin: “El padre me empezó a besar en la boca, me metía la lengua y me abrazaba”.
Sus papás quedaron estupefactos. Benjamín les contó además que el padre Ramiro, de 36 años, lo acostaba en una cama de la casa parroquial de Santa Catarina, “y yo sentía su miembro; me apretaba y me lo restregaba en mi cuerpo; me besaba el cuello y me acariciaba mis piernas y brazos diciéndome que me quería mucho…”.
Relató que Pérez Meza repitió la acción por varios meses, para lo cual aparentemente lo drogaba. “Yo sentía todo mi cuerpo pesado cuando el padre me acariciaba, y hasta mareado me sentía”. Y dice que esa pesadez y mareos los sentía poco después de consumir alimentos o bebidas que el mismo sacerdote le ofrecía.
En una “intentó bajarme mi pantalón, pero yo lo evité y le di una patada y me quité del lugar”… “Me metía a su cuarto y también me hacía que me sentara en sus piernas, y si me levantaba se enojaba mucho y me decía que si lo volvía a hacer me dejaría de hablar”.
La confesión del menor indignó a su mamá y, el 14 de marzo del 2002, ella y su esposo encararon al sacerdote cuando éste fue a recoger al niño a su casa. “¿Por qué lo abraza y lo besa?”, le dijeron, y el cuestionamiento “lo hizo tartamudear”.
Según el papá de Benjamín, aunque el sacerdote negó en principio haber abusado del menor, finalmente “aceptó su culpabilidad de lo que había hecho a mi hijo, diciendo que se había excedido en haber tratado de hacer cosas al niño que no eran correctas”.
Incluso, el papá le pidió al sacerdote que renunciara y se fuera de Chicontepec, porque no respondería respecto de cómo pudiera reaccionar. Sin embargo, Pérez Meza “nos dijo que no había necesidad de que fuéramos a dar ese antecedente al obispo, porque él reconocía su error, que lo perdonáramos, que él iba a tratar de pedir su cambio lo más pronto posible”.
Esta narración de hechos forma parte de la averiguación previa TUXESP.62/2002, que se encuentra radicada en la Agencia del Ministerio Público Investigadora de Delitos Sexuales de la jurisdicción de Chicontepec, en contra del presbítero Ramiro Pérez Meza como presunto responsable de abuso sexual en agravio de Benjamín.
(Por petición expresa de la familia afectada, no se dan a conocer ni el nombre del papá de Benjamín, ni los apellidos de ambos)
En su defensa, al comparecer ante el Ministerio Público, el sacerdote, acompañado de su abogado, negó los hechos asentados en la averiguación previa: “Es una infamia y una calumnia en mi contra, ya que es totalmente falso, pues yo jamás he realizado actos de esa naturaleza”. Ahí adujo que la madre del menor le llevó a su hijo “porque necesitaba mucha comprensión debido a que su papá no lo trataba bien”.
Sostuvo que, por recomendación de la mamá de Benjamín, desde hacía ocho meses empezó a “orientar” al niño, “dándole buenos conejos”. Y negó que el menor hubiera estado en su cama. Dijo incluso que ni siquiera sabía jugar ajedrez, “cómo es posible entonces que yo le enseñara si no tengo conocimientos”.
Pero el sacerdote fue más lejos aún: Acusó a la madre del menor “de estar molesta porque yo nunca acepté ninguna insinuación que me hacía ella”. Según Pérez Meza, la señora Rita lo buscaba muchas veces y hacía que fuera a su casa, “con el argumento de que se encontraba enferma y fuera a darle la comunión o a leerle la Biblia”. Incluso, declaró, un día “me regaló una loción”.
La misma versión, exactamente en los mismos términos, dieron las religiosas de la parroquia que atestiguaron en favor del sacerdote ante el Ministerio Público.
Delito impune
Pero los testimonios de otros niños contradicen dichas versiones. En el expediente del caso, cuya copia tiene Proceso, algunos menores de edad que formaban parte del coro, uno de ellos también monaguillo, afirman que sí entraban al dormitorio de Pérez Meza para ver televisión y “donde nos enseñaba a jugar ajedrez”.
Uno de los menores, llamado Israel y también de 10 años de edad, reveló: “Cuando subíamos al cuarto del padre Ramiro, a mí y a Benjamín nos sentaba en sus piernas jalándonos de los hombros, y si nosotros nos queríamos parar, se ponía serio, como enojado”.
Ante los elementos recabados, el 20 de junio del 2002 la agente del Ministerio Público Clarisa Tapia Uría, mediante la consignación número 73/2002, dictó el ejercicio de la acción penal contra el sacerdote Ramiro Pérez Meza “como probable responsable del delito de abusos deshonestos cometidos en agravio del menor Benjamín”, y remitió el expediente al Juez Mixto de Primera Instancia de Chicontepec para iniciar el procedimiento penal correspondiente. Sin embargo, el sacerdote se presentó en el juzgado con un amparo.
La familia de Benjamín asegura que fue engañada con artimañas jurídicas cuando fue llamada para ratificar su denuncia y ampliar su declaración. Resulta que después de firmar el documento respectivo descubrieron que el acta se señalaba lo siguiente: “Se otorga el perdón al indiciado”.
Por esta razón, la familia del niño envió una carta al presidente Vicente Fox, al gobernador Miguel Alemán Velasco y a la Comisión Estatal de Derechos Humanos en Veracruz (CEDHV), en la que asegura que nunca otorgó el perdón a Pérez Meza.
Ahora, la familia dice que está consciente del poder con el que se ha enfrentado, el de la Iglesia católica, al hacer público el abuso del que fue víctima Benjamín, y temer por las posibles represalias que puedan ejercerse en su contra.
La familia exige en su carta que el sacerdote sea retirado de su ministerio en forma definitiva, “por el bienestar de todos aquellos menores con que pueda tratar “, y que se investigue a los funcionarios públicos que mediante artimañas se confabularon en este asunto, “originando que este delito quedara impune”.








