Antonio Jáquez
Sorprendida por las reacciones que ha desatado su libro Ricas y famosas — críticas indignadas, amenazas por teléfono, amagos de demandas–, la autora Daniela Rossell cuenta que empezó el proyecto en 1994, de manera casual y en su entorno familiar y amistoso más próximo.
“Empecé con una especie de folletito, con una cámara automática, revelándolo en estas máquinas de una hora, muy informal, y empezó siendo un retrato de gentes muy cercanas a mí, abuelas, tías, las amigas de las tías, o sea, gente con la cual tenía yo la confianza para hablarles y decirles que iba para su casa, todo muy casual y en principio en la Ciudad de México.”
Entrevistada en su departamento en la Condesa, el viernes 6 por la tarde, Daniela relata que su proyecto lo pensó como una serie: “Para mí es muy importante que las fotos se vean en serie, se vean juntas, se vean como libro, porque las pienso un poco a manera de archivo y siento que entre más ves, es mejor. En todos los sentidos”.
–¿Pero lo pensaste como un retrato de familia, de grupo, de clase social, cuál fue tu idea?
–Lo pensé como retrato de un espacio, nunca le he dado, la verdad, mucha importancia a las personas que salen en las fotos. Entiendo la curiosidad periodística de identificar a los personajes retratados, pero a mí como fotógrafa no me interesa la historia personal de ellos.
Asegura que lo que le interesa más el espacio en sí “que dar o proporcionar algún chisme o alguna información sobre las personas que retrato”.
Nacida en 1973 en la Ciudad de México –en una finca ornamentada con réplicas de grandes cabezas olmecas de fibras de vidrio en el jardín–, Daniela estudió teatro en su adolescencia. Más tarde estudió pintura en la Escuela Nacional de Artes Plásticas, pero al poco tiempo optó por dedicarse a la fotografía. Afirma que sus estudios teatrales y pictóricos le dejaron el gusto por los espacios, por los escenarios.
–¿Qué tanto de artificio, de elaboración tuya, tienen los escenarios que retratas en tu libro?
–En general, me limito a poner la iluminación, focos de 500 watts por ejemplo, y todo lo demás lo dejo tal y como está, sean zapatos o cables fuera de su lugar..
–¿Y tampoco les pides a las mujeres que adopten determinadas poses, que modelen?
–Hay de todo, no se puede generalizar. En algunos casos no intervengo para nada, en otros hay cierto juego con la persona retratada –mujeres y hombres–, hay una especie de colaboración, de complicidad. A veces la escenificación es muy obvia, como en la fotografía tomada en el Buda Bar, un antro que ya no existe, a una chava recostada en el regazo de un Buda, vestida de dorado. Y obviamente, por ejemplo, esa chava vestida de dorado y entre billetes, hielos y botellas de champaña. En este caso hay un total y absoluto juego…
–¿Quién le puso el rosario a Emiliano Salinas?
–El rosario ya estaba ahí, y no me acuerdo con mucha precisión cómo acabó el rosario en sus manos, pero es un rosario de él, de su casa… estábamos un poco pensando en hacer una foto movida, un impacto de flash, sí hay una sensación de una pequeña puesta en escena.
Para Daniela, son válidas las críticas que se hacen a los personajes que retrata, en la medida que reflejan “una realidad que existe”.
–Pero esa una especie de realidad virtual, un mundo fantástico…
–A mí también me parece irreal, y aunque haya crecido en ese mundo y ande en lugares así, nunca me han dejado de parecer irreales. Nunca he dejado de observarlo con una especie de distancia, incomodidad y tensión.
Se le pregunta si su retrato de ese mundo fue candoroso o perverso. Sonríe y responde:
“Es definitivamente perversidad, es más que obvio, digo, no quiero salir en un encabezado diciendo: `soy una perversa´, pero sí lo soy; defino como perversión el momento en el cual no diferencias entre una cosa y otra, y a veces este trabajo tiene mucho de eso, hay tantas cosas revueltas que por eso hay un exceso de cosas.”
–Hay inclusive una mirada burlona.
–No tengo todavía la distancia suficiente, estoy en proceso de tomar distancia, pero aún estoy muy involucrada en ese mundo. Te puedo decir que también hay mucha identificación y ganas de decir a estas mujeres que tengan una postura más fuerte, más abierta, más audaz, que no tengan miedo de mostrar su sensualidad. Creo que muchas se atrevieron a mostrar ese lado y en esa medida ejercieron un acto de libertad, mezclado con todo lo demás si tú quieres. Respeto muchísimo todo eso, puedo tomarlo con sentido del humor, pero de ninguna manera estoy sentadota burlándome.
Tampoco quiso burlarse del personal doméstico que aparece en algunas de las fotos, asegura: “Quise tomar en cuenta a este ejército invisible. Por supuesto, estoy consciente del contraste entre patrones y sirvientes. Deja la indumentaria, o sea, en el instante en donde empieza el cuarto de servicio acaba el parquet y empieza el cemento aplanado y ya no hay ventanas, y de pronto el foco está pelón…”
Dice que no está enterada de que algunos de los personajes retratados quieren demandarla, pero hasta la fecha “no me han llegado citatorios a mi casa. Mira, yo estoy bastante tranquila en el lado legal de mi libro, porque fui bastante cuidadosa en cuanto a los permisos. Además, es muy obvio cuando ves el libro que la gente está tranquila, está relajada, se están divirtiendo. No son fotos de paparazzi“.








