El crimen del padre Montaño

El argumento que dio vida a El crimen del padre Amaro, la película mexicana más taquillera de todos los tiempos (118.5 millones de pesos recaudados en sus primeros veinte días de exhibición comercial),  no es ajeno a la realidad cotidiana del clero católico, en ninguno de los aspectos espinosos que toca el film dirigido por Carlos Carrera, con guión de Vicente Leñero: el narco, la guerrilla, el sexo, el poder y la riqueza. Ahí está, por ejemplo, el caso de Gerardo Montaño, sacerdote de confianza del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, a quien el purpurado envió a principios de los años ochenta a una parroquia de la ciudad de Tijuana y quien acabó siendo, de igual forma, cura de confianza de los hermanos Arellano Félix.

Ensenada, B.C.–A principios de los ochenta, el cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo envió a Gerardo Montaño, uno de sus sacerdotes de confianza, a que se hiciera cargo de la parroquia de San Francisco Javier, una capilla ubicada en la colonia Juárez de la ciudad de Tijuana.

Con el paso de los días Montaño conoció a Ruth Serrano, de 16 años, que estudiaba en una escuela de monjas y los domingos era frecuente verla ayudando al sacerdote en las misas.

Por su disposición y generosidad en las labores parroquiales, Ruth se ganó la confianza del sacerdote. Tan estrecha fue su relación, que un día llevó a su novio para que lo conociera Montaño.

Se trataba de Benjamín Arellano Félix, con quien ya tenía planes para casarse. Y se casó. Montaño se encargó de todos los preparativos, hasta de presentar a las familias de ambos.

Así fue como el párroco, oriundo de Pachuca, Hidalgo, empezó a tener relación con los hermanos Arellano Félix, cabezas del Cártel de Tijuana, hasta convertirse en un hombre de su confianza, al grado de que fue mediador para que Ramón y Benjamín –a quienes se les atribuía la muerte del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo– se entrevistaran con el nuncio apostólico, Jerónimo Prigione, a finales de 1993 y principios de 1994.

“Yo no sabía que eran narcotraficantes. Es más, cuando Ruth me lo presentó, él me dijo que era constructor de casas. Yo le creí”, dice en entrevista el sacerdote, quien regresó a México en agosto de 1998, luego de permanecer más de un lustro en Sacramento, California, “por órdenes del obispo Emilio Berlié”, quien fue enviado, casi al mismo tiempo, a la Diócesis de Mérida, Yucatán, donde permanece.

Montaño regresó a México en 1998, en medio del sigilo. Primero estuvo como vicario cooperador de la parroquia de San José Obrero de Ensenada, y desde hace seis meses oficia en la iglesia de la Virgen del Carmen, en la colonia Indeco, una de las más populares de esta ciudad.

La revista Presencia –órgano de difusión de la Diócesis de Tijuana– en su número 760 de mayo último, publicó un comunicado del padre Montaño, en el que explicaba que pudo conocer mejor a los hermanos Arellano Félix cuando era rector del Santuario de Nuestra Señora del Sagrado Corazón –en Tijuana–, pues ellos, en algunas ocasiones, “solicitaban  a un servidor para que les realizara servicios sacramentales”.

El martes 20, luego de oficiar misa, el sacerdote acepta hablar por primera vez después de su regreso con un medio impreso sobre su relación con los hermanos Arellano Félix, su tarea de mediador para que se reunieran con el nuncio apostólico y de su exilio y retorno a México.

“Nunca huí del país, me fui por obediencia. Me pidió el obispo Berlié que me fuera por razones de seguridad. Y aquí estoy atendiendo mis tareas pastorales, no estoy desaparecido como dicen algunos periodistas.”

A nueve años de la muerte del cardenal Posadas, Montaño está convencido de que Benjamín y Ramón no participaron en la balacera aquel 24 de mayo de 1993 en el aeropuerto de Guadalajara.

–¿Por qué está usted tan convencido

–A mí me dijo Ramón que él estaba recibiendo los pases de abordar para viajar a Tijuana cuando escuchó los disparos. Me platicó que en ese momento se imaginó que iban a matarlo, por lo que se subió al avión. Yo le creo. Y Benjamín no estuvo presente porque ese día fue padrino de bautizo de un niño que se llama Sergio, cuya ceremonia estuvo a mi cargo.

Cuenta que después del asesinato de Posadas Ocampo, mediante terceras personas recibió un mensaje de los hermanos Arellano Félix. “Querían enviarle, por mi conducto, una carta al Papa, en la que explicarían que no tuvieron nada que ver en el asesinato del cardenal de Guadalajara”.

Acerca de la versión de que el obispo Emilio Berlié no estuvo enterado de la reunión de los Arellano con Prigione, Montaño recuerda que habló con él sobre esa entrevista, pero aclara que nunca le dijo de qué se trataba ni con qué personas iría.  “El obispo me comentó que no era necesario pedirle permiso porque se trataba de un caso de conciencia”.

–En el fondo ¿qué pretendían los hermanos Arellano Félix?

–Lo único que me pidieron fue llevar una carta para el Santo Padre. Luego me dieron otra carta, que llegó a las manos del nuncio, y se les regresó otra carta con algunas preguntas. La que ellos enviaron era una carta cerrada, debidamente firmada, dirigida a Juan Pablo II.

Montaño dice que en diciembre de 1993 viajó a la Ciudad de México, donde el chofer y una persona de confianza de Ramón lo esperaban en el aeropuerto para entregarle la carta, pero lo llevaron al Sanborns del Angel, donde desayunó y platicó con Ramón.

Recuerda: “El señor Ramón me dijo: ‘Mire, padre, es tanto lo que le quiero decir al Santo Padre, que quisiera hacerlo personalmente. Le pido que me ayude a conseguir una entrevista con el nuncio’. Me trasladé a la nunciatura, le expuse el tema al nuncio y me dijo que con mucho gusto los recibiría al día siguiente”.

Montaño y Ramón se citaron a una cuadra de la nunciatura. El sacerdote recuerda que Ramón llevaba una pistola, por lo que “le dije que a la nunciatura no entraban armas y la dejó debajo del asiento de su coche, un Jetta.

–¿De qué hablaron el nuncio y Ramón?

–No lo sé. La plática fue privada, pero Ramón me dijo después que le había dicho a Prigione que había pensado entregarse a las autoridades militares. Ignoro por qué no lo hizo.

La segunda reunión

En enero de 1994, Montaño intervino otra vez para que el nuncio recibiera a Benjamín Arellano Félix: “El segundo encuentro se acordó en los mismos términos. Sólo llegamos Benjamín, su chofer y yo. Quiero aclarar que si estas personas me buscaron, fue porque uno guarda ese secreto en el momento”.

–¿Tuvo miedo?

–Desde un principio supe que la cosa era arriesgada, pero mucha gente sabe que tuve una estrecha relación con el cardenal Posadas: fue mi maestro, mi obispo y me apoyó. Su familia y la mía tuvieron una amistad profunda. Y al saber que conocía a la esposa de uno de los hermanos, entonces en conciencia dije: alguien tiene que servir de enlace para que se conozca la verdad.

–¿Se sentía obligado a servir de mediador?

–Me sentía con la obligación moral desde un principio y después esa obligación fue doble porque ellos (los hermanos Arellano Félix) me lo pidieron.

–¿Usted cree que en realidad los hermanos Arellano Félix no participaron en lo sucedido en el aeropuerto de Guadalajara?

–A mi no me consta, pero Ramón me dijo en la nunciatura que no comprendía cómo las autoridades creían que él había participado en la balacera y después tuvo tiempo para subirse al avión.

“En el caso de Benjamín estoy seguro de que no estuvo. El 24 de mayo de 1993 Benjamín y su esposa Ruth fueron padrinos de un niño que yo bauticé y que se llama Sergio. El bautizo se efectuó en la rectoría de Guadalupe, en la zona de Río de Tijuana.

Sobre este hecho, el doctor Jorge Carpizo establece en su libro Asesinato de un cardenal, ganancias de pescadores, que el acta de bautismo correspondiente fue alterada para que apareciera el nombre de Benjamín con el presunto propósito de protegerlo.

El padre Montaño dice que el libro de Carpizo está lleno de mentiras, y sobre el acta explica que no se perdió ni fue alterada:

“Lo que ocurrió es que los familiares del niño se anotaron en el libro de la iglesia, pero el bautismo de Sergio se pospuso en dos ocasiones. Fue una ceremonia privada. Lo único que hice fue corregir la fecha del bautizo y, como no tenemos equipo electrónico, lo hice de mi puño y letra, como se acostumbra en casi todas las parroquias.”

–¿Usted ya sabía que los hermanos Arellano Félix eran buscados por ser narcotraficantes?

–No tan claramente.

Montaño dice que luego de la reunión de los Arellano con el nuncio, su vida cambió: “De ese tiempo a la fecha mi vida ha sufrido una serie de cambios, iniciando por un año sabático, obligado por el obispo Berlié, pasando por mi traslado a Sacramento, California, hasta reincorporarme en agosto de 1997 a la Diócesis a la que pertenezco, la de Tijuana…

“Mucho se ha dicho en este tiempo sobre mi persona. Sin embargo, lo único de lo que verdaderamente soy responsable es de haber actuado según mis principios pastorales, que en ese tiempo me dictaron apoyar a quien solicitaba la atención de la Iglesia católica, y la obediencia que debo a mis superiores. Ahora pienso que tal vez si en su momento monseñor Berlié hubiera permitido que este tema se tocara frente a los medios, muchos problemas se habrían evitado… pero el hubiera no existe.”

Las narcolimosnas

Después de conocerse el encuentro entre los hermanos Arellano Félix y Prigione, el 12 de octubre de 1994 el periódico El Mexicano, de Tijuana, informó que varios sacerdotes amigos de Montaño habían declarado que los Arellano le prometieron construirle una iglesia por haberlos puesto en comunicación con el nuncio (Proceso número 1994). Incluso, existe la sospecha de que la construcción del seminario de Tijuana fue financiada por el Cártel de Tijuana.

El padre Montaño niega todo: “Mentira, mentira, mentira. Nada es cierto. Esa obra faraónica (el seminario), como la llama Carpizo en su librito, es producto del esfuerzo mucha gente. Faraónico fue el apoyo del pueblo”.

Rechaza que los hermanos Arellano Félix hayan pretendido limpiar sus conciencias mediante la donación de fuertes cantidades de dinero: “Nunca recibí un centavo ni en lo personal ni para la iglesia”, aunque reconoce que las narcolimosnas “deben existir”.

–¿Conocía en forma directa o de oídas que los hermanos se dedicaban al narcotráfico?

–No. Ellos circulaban por la ciudad como tú o como cualquier otra persona. Nadie sabía eso, al menos yo no lo sabía. Ni sospechaba, durante la entrevista previa a la boda Benjamín me dijo que era constructor, que se dedicaba a hacer casas. No pregunté más.

–¿Después del encuentro con el nuncio, volvió a ver a los hermanos Arellano Félix?

–No. Con Ruth tuve dos reuniones en San Diego. Me llamó su familia para que les diera algunas orientaciones, pero desde aquella ocasión no he vuelto a saber nada de ella.