¡Tapatíos, ocupad Chapultepec!

El de 1968 fue un año emblemático. En esa ocasión los jóvenes salieron a las calles y pintaron la impronta de su generación, de cuyos beneficios políticos y culturales vivimos buen tiempo. La que izó banderas y las agitó emocionada, sacudiendo las conciencias del mundo, fue la generación estudiosa en París, Berlín, Praga, Tokio y muchas ciudades gringas.

La conmoción llegó a nosotros también, aunque tuvo colofón sangriento la noche del 2 de octubre en Tlatelolco, respuesta brutal de un régimen homicida. Han trascurrido más de cuatro décadas y el poder mexicano no ha tenido siquiera la atención de proporcionarnos la cifra de los caídos de aquella noche.

Pareciera que los ciclos de la historia se repiten, como dicen muchos desde Heráclito. Pareciera que vivimos bajo la ley del eterno retorno. Por los días que corren, los jóvenes de todo el mundo salen de nuevo a las calles, a ocupar las plazas, a alzar la voz, con las mismas consignas y el mismo brío de la generación del 68. Ya vivieron algaradas y enfrentamientos, otra vez en París, en Londres, en Santiago de Chile, en Madrid.

En algunos lugares su bandera parece estar definida, como la que tremolan los muchachos chilenos, exigiendo a su gobierno que el dinero no sea factor de mediación entre la formación educativa de ellos y el trabajo escolar a cargo del gobierno. En París y en Londres es su tema la gran desocupación, el futuro negro de la presente generación, el desempleo masivo que ya apuntó su nariz hostigosa y virulenta, contra el que hay que lidiar en serio. En Madrid y en Nueva York decidieron nominarse y ya poseen nombre y apellido. Los madrileños se apodaron a sí mismos indignados. Los gringos se nominan por su objetivo: Ocupar Wall Street (OWS, por sus siglas en inglés).

Hace dos semanas su convocatoria se expandió. Jóvenes de 900 ciudades salieron a las calles a sumarse al movimiento. Estamos contemplando la movilización política de la juventud, enfrentando al neoliberalismo, del que sufre su deficiencia económica y al que le adivina su futuro proditorio. No es difícil que lo adivine si ya sufre en carne propia las consecuencias del predominio del capitalismo salvaje. Éste privatiza las ganancias y socializa las pérdidas. Metió ya a todo el mundo al callejón sin salida de la acumulación del capital.

Los economistas más lúcidos hablan, refiriéndose a Estados Unidos, de 1% atesorando la mitad de las riquezas de ese país y el 99% restante “disfrutando” de la otra mitad. No hay fórmula, al interior del modelo, que modifique su funcionamiento. Es perversión inherente al propio sistema. Así que hay que salir a la calle a montar la alharaca y después, que venga lo que viniere.

Los jóvenes no son tontos; los niños, menos aún. Quienes le hacemos al tío Lolo somos los adultos. En todo el mundo la comunidad de los medios y también la que está sentada en las instancias del poder salieron a poner cara de perplejidad. Se llaman a sorpresa. Dicen no comprender las causas de la irritabilidad social que ya trascendió y ya dolió en quienes apenas van a ingresar al torneo de las desigualdades. Como que quieren reeditar, aunque de burda manera, el ahora risible cuadro del rebelde sin causa. La vieja escuela de primero descalificar y luego perseguir. Aquí en México se conoce con la variante de: “fusílenlo, después viriguan”. Es la especialidad de la casa.

La evolución de estas movilizaciones puede seguirse por los mismos medios que la satanizan, debido a la paradoja de que, aunque la quisieran sepultada, no pueden ignorarla. Sus propios detractores nos mantienen informados. Por ellos nos enteramos de que algo está podrido en Dinamarca. Pero no sólo allá, afuera, en extranjía, sino también en casa. Ocupar el Paseo de la Reforma en el DF, ocupar la avenida Chapultepec en Guadalajara, ocupar en cada ciudad mexicana la avenida en donde estén asentados los beneficiarios del neoliberalismo, los banqueros, los sátrapas modernos es la consigna del movimiento.

Tarde o temprano los muchachos mexicanos van a agitar por las calles las banderolas de esta algarada mundial. Traerán consigo también, porque así es la dinámica de la rebeldía, consignas propias, las locales, que son muchas. Enarbolarán exigencias exclusivas de nuestros patios de vecindad, como el fin de la guerra contra el narcotráfico, o la de detener la invasión descarada del militarismo gringo, o la de la desnacionalización de la banca o cualquier otra, al fin que aquí tenemos para dar y prestar.

Aquí en Jalisco, se van a tener que esperar para salir a ocupar Chapultepec. No mucho. La gesta deportiva panamericana toca hoy a su fin. No tardarán en levantar el tren de la parafernalia circense montado en dicha rúa por tal pretexto. Los dueños de la ciudad, de consuno con los hombres del poder, se tomaron dada la avenida para instalar ahí de manera estacionaria su Fan Fest, un evento que ni siquiera tiene nombre en nuestro idioma. Lo pararon dizque como alternativa cultural al ruido deportivo. Cuando se lleven sus máquinas y su andamiaje de mediatización, la ocupación debe continuar, pero ahora con las banderolas de la juventud tapatía, en contra de la especulación financiera que nos ahoga, en contra de la simulación política que nos trae a mal traer, en contra del desastre educativo que padecemos, en contra de la expoliación descarada con que mantienen sometida a toda la clase trabajadora, en contra del empobrecimiento generalizado no sólo de Jalisco, sino de todo el país.

Viendo tan sólo esta bandera, hay más que suficiente material para la protesta. El porcentaje de nuestra pobreza resulta insoportable. El nacionalismo revolucionario (léase el gobierno del PRI antes de Salinas) mantuvo siempre a ese espectro por debajo de 12%. Pero llegaron los tecnócratas y reventaron las trancas que lo mantenían a raya.

Tras 25 años bajo sus normas, el fantasma ya no es espectro, sino un verdadero monstruo que nos corroe a todos. Sus cifras actuales son del orden de 52%. Así que urge ir a instalarse en plantón a Chapultepec y decirles a los banqueros y a su gobierno títere que su hora ya llegó, que no seguirán adelante con el desastre.