Señor director:
En Proceso 1243, el lector Juan Guillermo Figueroa afirma que “el Estado laico, por definición, es un estado incluyente (…) y no privilegia ninguna de las tradiciones para imponerla sobre las otras”.
La obstinación dogmática en este punto es lo que impide a Figueroa, así como a Saúl Hernández Montaño y otros más, “acabar de entender” la argumentación de Porfirio Miranda.
Decir que un triángulo, por definición, es una figura geométrica de tres lados cuya suma de ángulos internos da 180 grados, es decir todo. En cambio, decir que un Estado se define de determinada forma es decir casi nada.
Se trata de realidades de diversa índole.
En efecto, el Estado laico se representa a sí mismo con todas las virtudes señaladas por Figueroa. Sin embargo, se trata de una representación falsa. Esto se demuestra, de manera simple, atendiendo a aquello de “no privilegiar ninguna de las tradiciones”. Pero el laicismo ¿es o no es, él mismo, una tradición?
Lo es, y como lo es, es distinta de otras
tradiciones.
Y si es distinta de otras tradiciones, las excluye, ahora sí, por definición. Es decir, entre la realidad y la representación del laicismo hay una contradicción. Perseverar en ella como si no existiera, es una hipocresía.
Por tal razón -como bien dice Figueroa, “si uno parte de supuestos falsos, las conclusiones serán también falsas”-, es preciso renunciar a representaciones falsas.
Atentamente
José Antonio Pardo
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Distrito Federal
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