Semanas antes de la inauguración de los Juegos Panamericanos de Winnipeg, Mario Vázquez Raña fue a operarse a La Habana. El hecho pudo ser de rutina, pero lo que sucedió durante las competencias de atletismo de la justa continental dio relevancia a la historia que aquí se cuenta.
Antes hay que regresar a diciembre de 1989. A principios de aquel mes -justo un año después de su llegada a la presidencia de la Comisión Nacional del Deporte, organismo creado ex profeso para él- Raúl González Rodríguez se reunió con el comandante en jefe Fidel Castro para firmar un convenio México-Cuba en materia deportiva.
Después del encuentro, Fidel dejó los detalles de las peticiones mexicanas al presidente del Comité Olímpico Cubano, José Ramón Fernández, y al viceministro Conrado Martínez. Había que alistar a 430 hombres, técnicos, fisiatras, preparadores físicos y médicos, con contratos renovables cada año y con un salario mensual de mil dólares para cada uno, de los cuales 700 se abonarían a las arcas de la Revolución.
Todo listo. En 1990 los cubanos fueron ocupados como soportes del Proyecto Nacional de Desarrollo de Talentos Deportivos en toda la República Mexicana. Según dice hoy Raúl González, los frutos del convenio se dejarían sentir en septiembre del 2000, durante los Juegos Olímpicos, que en 1993 fueron destinados a la ciudad australiana de Sidney. Pero el cambio de administración federal en 1994 echaría para abajo las intenciones del régimen salinista y las excelentes relaciones entre cubanos y mexicanos.
Eso se sabría después, cuando terminaron los Panamericanos de Winnipeg, en agosto del 99.
Vázquez Raña, presidente del Comité Olímpico Mexicano desde 1974, junto con un puñado de hombres vive apenas debajo de la imponente figura de Juan Antonio Samaranch, presidente del Comité Olímpico Internacional.
De la ascendencia de Vázquez Raña y de su gran amistad con Fidel Castro -iniciada en 1956, meses después de que Fidel conoció al Che Guevara en la Ciudad de México-, dependió que La Habana fuera la ciudad elegida para albergar las competencias de los Panamericanos del 91.
Aunque es cierto que en el 85, cuando la Odepa otorgó la sede de los Juegos del 87 a Indianápolis, hubo un tallón en la relación entre Mario y Fidel, las aguas volvieron a su cauce después del histórico anunció del 89: “Los Panamericanos sí van a La Habana, en honor de la Revolución”, dijo muy seguro Fidel Castro para confirmar la postura cubana.
Con todo y el bloqueo comercial de Estados Unidos a la isla, los atletas norteamericanos pisaron las pistas cubanas para someterse a un difícil examen de aprovechamiento.
Aunque la Guerra Fría terminó en 1989, con la caída de los Muros, Fidel reconoció en público y en privado la valiosa labor del presidente de ACNO para que Cuba tuviera la oportunidad de mostrarse ante el mundo como un país deportista y orgulloso, sobre todo orgulloso.
Más tarde, en el verano del 99, aquella muestra de amistad tuvo que cobrar su factura. Mario reservó una cita para ser intervenido por uno de los médicos más reconocidos del mundo, el doctor Rodrigo Álvarez Cambra, director del prestigiado Hospital Fran País de ortopedia de La Habana.
Entre las memorables hazañas de Álvarez Cambra estaba la realizada con Saddam Hussein, el hombre que llevó a Irak a la Guerra del Golfo Pérsico. Hussein andaba tan mal que no podía erguirse. Justo después de la operación se levantó y caminó. Con él fue Vázquez Raña.
Los resultados de la operación fueron tan notables que el empresario quedó asombrado. Nadie tuvo el atrevimiento de cobrarle. Pero preguntó cuánto se debía por el servicio médico. “Cómo va ser chico, nada, la Revolución paga”, le respondieron. Insistió. “Bueno -aceptaron-, mire nuestro hospital necesita un equipo nuevo que vale cerca de 50 mil dólares…”. “No se diga más, se los mando desde México”, prometió Vázquez Raña.
Los cubanos siguen esperando el equipo.
El otro pleito
La ofensa no paró allí. Después de la final del salto de altura de los Panamericanos de Winnipeg, se dio a conocer una bomba entre los cables informativos del 4 de agosto de 1999: Javier Sotomayor, plusmarquista mundial de la disciplina, había dado positivo en los exámenes antidopaje. La sustancia prohibida tenía más causales sociales que deportivas: cocaína, la misma que terminó con la vida en las canchas del astro del futbol argentino Diego Armando Maradona.
La sentencia del Comité Organizador implicaba mucho más que un asunto deportivo. En Cuba se consumía cocaína, si no ¿en dónde la había conseguido Sotomayor?, quien, por demás, fue tratado como drogadicto por el mismo Vázquez Raña y no como un atleta dopado. El campeón olímpico de Barcelona 92 fue descalificado de la competencia y suspendido por dos años de cualquier competencia de la Federación Internacional de Atletismo, aunque en el verano de 2000 la sanción fue reducida a un año, con fecha de inicio el 31 de julio del 99.
Mario Vazquez Raña dijo después del anuncio del dopaje de Sotomayor: “En nuestra comisión no han ganado una. Por eso digo a mis amigos cubanos, un tanto en broma, están defendiendo algo indefendible; se los digo en broma, pero es en serio”.
La historia siguió contándose hasta los primeros días de agosto de 2000, cuando Fidel se amparó en la Carta Olímpica para impedir que atletas desertores de la Revolución compitan bajo la bandera de otros países.
Pero antes, mucho antes, la Conade había convertido en un retazo el acuerdo bilateral del 89. El 19 de enero de 1996, Ivar Sisniega -en el puesto de presidente desde el 9 de diciembre de 1994- renegoció las bases del convenio. Redujo a la mitad el número de técnicos cubanos y disminuyó en 30% el monto de sus pagos. “Él no se comprometió, yo traté de comprometerlo”, alegó Fidel.
Los técnicos, entrenadores, médicos y fisiatras se redujeron a 110. Hoy, cuatro y medio años después de aquella corrección al Acuerdo, Sisniega dice que las relaciones con Cuba son estupendas y que se basan en el respeto al trabajo de los dos países. “No tienen nada que ver los acontecimientos alrededor de la Carta Olímpica, sigue siendo uno de los acuerdos más intensos que tenemos con el extranjero”, sostiene.
Raúl González no piensa lo mismo. Sus pretensiones siguen siendo las mismas que en el 89, cuando firmó como responsable de la política estatal del deporte de México:
“Cuando lo firmamos pensamos en la creación de las bases para el desarrollo de nuestros atletas jóvenes. Cuba tenía la experiencia y el conocimiento para satisfacer nuestras necesidades. Pero la actual administración de la Conade no supo sostener el ritmo de trabajo que mantuvimos por seis años.”
Dice que Cuba fue elegida sobre otras opciones por razones económicas. El acuerdo con los cubanos era tres veces más barato que el que se podría firmar con Italia o España y era la décima parte de un imposible contrato con Estados Unidos.
“Inicialmente los cubanos estaban muy renuentes a confiar y compartir los secretos de sus métodos de entrenamiento con nosotros. Pero pudimos trabajar bien en los siguientes años en la detección de talentos en todo el país. Ese era nuestro proyecto para el 2000, de allí salieron atletas como Alejandro Cárdenas y Ana Gabriela Guevara.”
Pero todo acabó en el 95, según él. “Después lamenté la falta de continuidad y todo se distorsionó mucho. Siempre queremos minimizar el trabajo anterior por intereses personales y asumir que los que llegamos somos mejores. Se olvidó que esa no era una tarea personal sino institucional. Nunca entendieron las ventajas del Acuerdo con Cuba”.
Lo que queda
A pesar de ello, según Alfredo Casañas, jefe de misión de la delegación cubana en México, actualmente viven en el país 156 cubanos, como vestigio de la negociación del 89. De ellos 112 trabajan bajo las órdenes de la Conade, 24 del Comité Olímpico Mexicano y el resto en la nómina de institutos estatales.
“Hemos trabajado con la Conade -cuenta Casañas- bajo los principios del programa de desarrollo de talentos deportivos. Nuestra intención es volver masivo el deporte en este país. Creo que poniendo un poco de reflexión nos daremos cuenta de que mucho de ese trabajo se nota en cada celebración de las Olimpíadas Juveniles.”
No responde cuando se le pregunta sobre el dinero que cobra cada técnico. Tampoco cuando el cuestionario invade territorio mexicano. “Para saber cómo vimos este país cuando llegamos -precisa– hay que preguntarle a la gente de aquí, que debe estar muy enterada de todo”.
Sus compatriotas no cobran un sueldo sino una compensación. No tienen contrato sino convenio. Y tampoco sabe cuánto de su salario tiene como destino final las arcas de la Revolución. “Esa es una política nuestra”.
Poco antes de la inauguración de los Juegos Olímpicos de Atlanta 96, el Instituto Nacional de Deporte, Educación Física y Recreación (INDER) de Cuba anunció que 5 mil jóvenes menores de 18 años ya trabajaban para conseguir su boleto para los Juegos de Sidney 2000. La cifra es 250% mayor a la que indican funcionarios de Conade como la que representa el universo de atletas de alto rendimiento de México, país en el que cabe 10 veces la población cubana.
Aquí la historia se remite a “La Bolsa”, una especie de bolsa de trabajo en el extranjero. Habla un exdeportista que por su seguridad impidió que se mencionara su nombre. A ella acuden los cubanos que anhelan salir de la isla sin pelearse con la Revolución, con el Partido Comunista y, desde luego, con Fidel. Van los disciplinados, los que asisten al 26 de julio, a la marcha por Elián y al mitin del Partido. Son miles. Y saldrán a cuenta gotas.
Dice que en Cuba la gente vota con los pies. Quiere irse y después resolver si regresa o no. Aquí en México los entrenadores cubanos viven de cuatro en cuatro en un departamento. 300 dólares al mes son insuficientes para comer, pagar renta, ropa y mandar dinero a casa. Así entre varios la renta es menos onerosa. Comen a medias y acuden a Tepito, al Zócalo o a La Lagunilla para comprar chucherías, cinturones, prendedores, lápices para los ojos y cosméticos para mandarlos a las esposas en Cuba para que los vendan y vivan de las utilidades.
Aun así la vida es mejor que allá, en donde no pueden ganar más de 12 dólares al mes. “Una miseria si se toma en cuenta que un litro de aceite -y los cubanos comemos mucho de eso, chico- vale cuatro dólares”.
Bueno, lo de La Bolsa. Los que soportan la disciplina, que reúnen una actitud intachable y que ganan en las peleas a “dentelladas”, salen de uno a uno para el exterior. Los bien portados no tardan mucho en la fila, los otros pueden tardarse 10 años en la sala de espera. El requisito es que no pueden tardar más de dos años. Al final del plazo, como si fueran las 12, de regreso a casa y sin excusa.
Ese fue el caso del entrenador de Alejandro Cárdenas, Carlos Cruz. El contrato se le venció en 1996 y tuvo que regresar porque otro esperaba en fila. La Revolución pagó el viaje, y se lo cobraba. Nadie, ni Ivar Sisniega, pudo hacer que Cruz se quedara más tiempo para terminar el trabajo de preparación de Cárdenas. Pero cuando a Raúl Barrera Mauri, coach de Ana Gabriela Guevara, el tiempo se le vino encima, decidió no volver. Hoy, para el régimen es un desertor. Su boleto no tiene regreso. “Mientras seamos de muchos, no seremos de nadie”, dice un slogan de la propaganda de la Revolución.
Para Fidel Cuba-Deporte (una especie de empresa de head-hunters creada en 1992) es muy útil. Salva la presión de la gente con salidas reguladas y gana 70% sobre los sueldos de los contratados, entrenadores y atletas. Hoy esa es, sin duda, notable entrada de divisas para el Estado cubano. “Grano a grano la gallina llena el buche”, dice.
¿Qué pasa con los que se oponen a fichar con Cuba Deportes? Nada, no pasa nada. Iván González no firmó y “hoy lo puedes ver comiendo mierda por ahí”. Y ya afuera, el miedo al servicio de inteligencia de las embajadas les impide hablar de lo que pasa allá adentro. “El que habla se jode y no entra más”.
Pero, siempre según la fuente, no siempre lo que viene a México es bueno. Los grandes técnicos están al servicio de los equipos cubanos, lo que es lógico. “Pero es mentira que venga gente calificada. Barrea Mauri era entrenador de una escuela de iniciación, no trabaja con ninguna selección y no sabía ni un carajo”.
Pese a todo, Cuba es la nación latinoamericana mejor ubicada en el medallero olímpico. Ha conseguido 108, de las cuales 44 son de oro. Con la cosecha cubana sucede algo curioso: ha ganado más preseas doradas que de plata (33) o de bronce (31). Los primeros logros cubanos cayeron en los Juegos de San Luis, en 1904. De hecho, Cuba acabó en la tercera posición del cuadro de medallas.
Ya con la Revolución en la historia, y muy al estilo soviético, Cuba retraso su aparición en los olímpicos, no fue a Roma 60, y en Tokio 64 ganó sólo una plata. El gran salto del deporte olímpico cubano sucedió en 1980, en Moscú. Gracias al boicot occidental, se prende del cuarto sitio, con 20 medallas, cinco menos de las que ganó en Atlanta 96, en los últimos juegos realizados.
El veto
Poco después, apoyado en la Carta Olímpica, Fidel anunció el impedimento legal para que los atletas cubanos desertores participen por otras banderas en Sidney. La exigencia cubana involucró a atletas en España y en México. Liliana Allen y Luis Alberto Martínez inscritos en la delegación mexicana verán los juegos por televisión, sin poder recurrir a ninguna defensa.
Sin falacia, México y Cuba conviven tensamente, contra lo que se diga.
José Ramón Fernández -desde La Habana- se ampara en el terreno moral para defender la actitud de Fidel: “Nuestra relación con México no cambia. No tenemos política selectiva con ningún país. Nuestra reacción se basa en la justicia. En la verdad o en lo que para mí es la verdad”.
Utiliza una comparación para ser más claro: “Con nosotros pasa lo mismo que con el robo de cerebros. Preparamos atletas para que otras naciones, valiéndose de ventajas económicas, aprovechen sus resultados. Me pregunto si eso es justo. Hay más de cien países que nunca han ganado una medalla olímpica y los que ganan siempre son los mismos. Me pregunto si naciones como Francia, Alemania, España y Japón están dispuestas a que sus atletas compitan por Haití, Brasil, El Salvador o México.”.
En la Reunión de los Comités Olímpicos Nacionales de Río de Janeiro, la delegación cubana abogó porque el COI hiciera algo contra la “descarada” actitud de las naciones dirigentes de convencer a atletas cubanos para que participen por ellos. Samaranch reconoció la exigencia y le prometió que después de los Juegos de Sidney se modificaría la Carta Olímpica para hacerla más severa.








