En su versión, Neruda tenía dudas sobre Allende “Sin sentido, juzgar a Pinochet, hay que ver hacia adelante”: Edwards

El escritor chileno Jorge Edwards -Premio Cervantes de Literatura 1999- se pone en los zapatos de un hipotético juez y dice que “no procedería a enjuiciar al general Augusto Pinochet. Lo que haría -dice- es tratar de que este viejo esté en su casa y que no vuelva a hacer nada, para que el país siga adelante”.
Y es que, a su juicio, “ese proceso legal ya no tiene mucho sentido porque lo importante ya sucedió: Pinochet ha sido anulado políticamente”.
Las palabras de Edwards llaman la atención por venir de un personaje que se autodefine “antipinochetista”: Fue diplomático antes y durante el gobierno de Salvador Allende y presidió el Comité de Defensa de la Libertad de Expresión durante la dictadura militar en su país.
En entrevista con Proceso, explica su posición:
“Si tras el desafuero como senador vitalicio a Pinochet se le sigue un juicio, se abre el camino para que se inicien 500 procesos más para otras tantas personas que, de una u otra manera, tuvieron responsabilidades en la dictadura militar y que ahora están en la vida civil.
“Eso -afirma- sería abrir una caja de Pandora que provocaría tensiones y conflictos y metería al país en un proceso muy difícil de sobrellevar.
“De por sí, ahora estamos en un periodo de tensión, con las relaciones entre el ejército y el gobierno deterioradas y con sectores enfrentados de la sociedad”.
Y es que, sostiene, “no es posible que un país se dedique sólo y  exclusivamente a hacer justicia y no dé vuelta a la página para mirar al futuro. No podemos seguir ahondando en una cosa que sucedió hace 30 años para condenar a un viejo que en realidad tiene las facultades disminuidas”.
Edwards advierte que no está llamando a la impunidad:
“El pasado no hay que olvidarlo para evitar que hechos así se repitan. Y también hay que procesar a los grandes criminales. Pero también es necesario encontrar una salida a este asunto en el que hemos estado enredados mucho tiempo y que puede impedir que un país funcione.”
-¿Cómo un país puede reconciliarse consigo mismo sin justicia?
-Los países que han salido de dictaduras han tenido que tomar salidas más o menos híbridas y adecuadas a las circunstancias. España, por ejemplo, lo hizo así y aplicó una ley de amnistía que combinó con medidas políticas aceptables.
Señala que hay condiciones en Chile para ello: Pinochet “es un cero a la izquierda” en la vida política; el Ejército, aunque irritado, no está en posibilidades de dar un nuevo golpe de Estado; y la derecha -salvo la ultra recalcitrante- se deslinda de Pinochet y, como en la España pos-Franco,  se ha movido hacia el centro.
A pregunta expresa, Edwards niega haber tenido una evolución ideológica hacia la derecha.
-¿Usted cree tanto en las ideologías?, -cuestiona.
-No, pero dígamelo usted.
-Mire, soy una persona que luchó y se comprometió a fondo contra la dictadura. Pero una cosa es estancarse en la condena a Pinochet y otra pensar en una transición que asegure el paso de Chile hacia una democracia moderna.
Abunda:
“Esto no significa que me arrepienta de haber luchado contra Pinochet, pero ahora no hay que quedarnos cuidando el pasado como estatuas de sal.”
Edwards asegura que mucha gente comparte su opinión. Refiere que senadores y dirigentes socialistas de su país le han comentado que, por el bien de Chile, no es posible seguir con el juicio a Pinochet
“Claro -sostiene-, es más fácil y cómoda la condena contra alguien que ya fue enjuiciado por la historia. Lo difícil es sostener que debemos dejar ya eso y darle vuelta a la hoja. Hay que tener valentía para eso.”

Revisar a Allende

Edwards vino a México a presentar su más reciente novela, El sueño de la historia. Son, dice, dos historias paralelas “de amor y de reconciliación”.  Una ocurre en la época colonial y se refiere al arquitecto italiano Joaquín Toesca -quien proyectó el Palacio de la Moneda- y a su “descocada y sensual” esposa, Manuelita Fernández de Rebolledo. La otra es la historia del Narrador que, en parte, es el propio Edwards cuando regresa a Chile durante la dictadura militar.
“Son -dice- dos procesos históricos que tienen vasos comunicantes y que contradicen la idea de que, antes de Pinochet, Chile siempre fue un país libre y democrático.
“Y es que, en la época antigua de mi país también hubo Pinochets, pero eran entonces obispos del Santo Oficio.”
Encarrerado con la historia, Edwards considera que hay que hacer un análisis equilibrado sobre lo que sucedió en el golpe militar de septiembre de 1973, donde se admitan responsabilidades de todos, incluido Salvador Allende.
Explica:
“A principios de los setenta, Chile era un país enloquecido y con una izquierda muy utópica. Allende -que fue elegido con 37% del total de votos- se vio forzado a hacer una revolución social. Hoy sabemos que sobre una minoría y sin una política de alianzas no se puede siquiera imponer impuestos… y nosotros quisimos hacer el cambio revolucionario.”
Además, “la clase media fue presa del miedo a proletarizarse, a perder sus pequeñas cosas: sus carnicerías, sus kioskos, sus librerías. Así, esa clase media se convirtió en una base para una experiencia fascista. No son tan desacertadas las afirmaciones que dicen que el golpe de Estado era pedido por un amplio sector de la sociedad”.
Jorge Edwards aclara que eso no justifica el golpe de Estado ni las prácticas desestabilizadoras de la derecha, y mucho menos los crímenes, pero -afirma- “ayuda a entender lo que pasó”.
Recuerda que él no era “allendista” y que en esas elecciones no participó:
“Tenías mis dudas. Fui a ver a mi amigo Pablo Neruda y lo primero que me dijo fue: ‘lo veo todo negro’. El también tenía muchas dudas.”
-¿Cuáles eran las dudas de Neruda?.
-Pensaba que iba a ver una situación de ultraizquierdismo muy difícil de controlar. Recuerde que ya él había sido atacado por los escritores cubanos por haber asistido en 1966 a una reunión en Nueva York. Lo acusaron de “aburguesamiento” y cosas así. Entonces, Neruda estaba preocupado y pensaba que Allende no podría controlar la situación. Tuvo razón.
Edwards cuenta una anécdota “reveladora” de la situación que, antes de morir, contó el dirigente sindical Glotario Blest:
“El narró que Allende se lo encontró en la calle y lo invitó a platicar. Cuando se reunieron, Blest -que conocía la situación del país- le expresó al presidente sus preocupaciones:
-La situación está muy mala, hay que hacer algo.
-Mire doctor -contestó Allende-, lo que pasa es que aquí yo no soy presidente ni soy nada, porque si yo ordeno algo, no se hace, y si yo prohibo algo, se hace.
“Eso fue en vísperas del golpe de Estado y resume lo que pasaba en Chile en esos momentos.”

El poeta y el novelista

-¿Por qué, a pesar de sus dudas, aceptó trabajar como diplomático en el gobierno de Allende?.
-Porque yo era diplomático de carrera desde 1957 y en ese entonces trabajaba en la embajada de Perú. Allende no me hizo diplomático, pero como tal trabajé de manera leal e institucional para mi país. Cuando me dieron misiones en el exterior traté de cumplirlas eficientemente. Claro que en Cuba la situación se complicó por mi relación con los escritores.
-¿Y por qué Allende lo mandó a usted a Cuba?
-Eso mismo me lo pregunté yo. Cuando Allende me llamó me dijo: “Usted está haciendo muy buen trabajo en Perú y yo no sé por qué los sabios de la Cancillería lo mandan a Cuba cuando, la verdad, si hubiera algún problema con ese país, yo tomaba el teléfono y lo resolvía directamente con Fidel Castro.
Así, dice, “llegué a Cuba pensando: yo aquí vengo de símbolo, es cosa inútil lo que estoy haciendo”.
Edwards llegó en 1971 a La Habana para, en su calidad de encargado de negocios, reabrir la embajada de Chile en Cuba. Duró apenas tres meses. El gobierno de Fidel Castro lo expulsó de la isla. Esta experiencia la narró en el libro Persona non grata. Dicho libro, empero, sufrió cortes y mutilaciones. En el contexto de la simpatía internacional que despertaba la revolución, su texto era juzgado como “contrarrevolucionario” o, por lo menos, se decía que le hacía el juego al “imperialismo yanqui”.
Edwards confiesa que él mismo tuvo que “censurarse”: cortó pasajes de la historia para no “incomodar” a muchos y, también, “para proteger a muchas personas que aún vivían en la isla y que podrían sufrir represalias”. No fue sino hasta 1982 que reincorporó 95% de lo censurado originalmente.
-¿Ahora puede contar el 5% que le faltó?
-La verdad, ya se me olvidó.
-¿Qué es para un escritor autocensurarse?
-Es muy duro. Hay que tomar en cuenta que no era una novela, sino un testimonio directo. Entonces había que proteger a gente que estaba en Cuba.
Edwards se refiere a escritores como Pablo Armando Fernández, Miguel Barnet o Heberto Padilla, quien luego fue el centro del affaire que dividió a los intelectuales en torno de la Revolución.
“Varios han salido de la isla, otros son ahora funcionarios o miembros de la nomenklatura. Me los encuentro luego en congresos. Y, claro, hablamos de nada.”
-¿Regresaría ahora a Cuba?.
-No. Nunca he vuelto y no lo haría. Le tengo más miedo al abrazo que al palo.
Después de Cuba,  Edwards fue enviado a París por pedido de su amigo, el escritor Pablo Neruda, quien entonces era el embajador chileno en Francia.
“Al poco tiempo de llegar allí, Neruda recibe una carta de Salvador Allende. Éste le dice que está muy molesto por mi actuación en Cuba y que quiere sancionarme. A lo mejor Fidel se quejó con el presidente chileno y éste quería mandarme de cónsul a la Patagonia.
“Lo cierto es que Neruda le contestó a Allende: ‘Si a Edwards lo trasladan de París, yo también me voy’. Eso Neruda me lo comentó después, me dijo que para que no me pusiera nervioso. Yo no lo había contado públicamente hasta ahora.”
Edwards comenta que en Francia, Neruda y él enfrentaron difíciles negociaciones sobre la deuda con el Club de París.
“Recuerde que explotó la crisis de la deuda chilena debido a los problemas internos en mi país. Asesorados por un funcionario de la embajada que sabía algo de economía, Neruda y yo negociamos la deuda basados en el puro sentido común. Y los franceses se quedaban estupefactos: ‘cómo -decían- vamos a resolver esto con un poeta y un novelista’.
“Con todo, estoy convencido de que lo hicimos mejor que los tecnócratas.”