Bruno Dumont es un cineasta que no se anda por las ramas; caso raro dentro del espíritu crítico francés, asume, casi con insolencia, su labor de poeta. La humanidad (L’Humanité; Francia, 1999), cinta con la que se inaugura el Foro de la Cineteca, es la obra de un filósofo que encontró en el lenguaje visual el medio adecuado para hablar de la vida y de la muerte en vez de diseccionar los textos de Kant.
¿Cómo hablar de “humanidad” sin el menor rastro de un discurso académico o político, moral o edificante? Bruno Dumont recurre a la máxima simplicidad: mínimo de diálogos, actores no profesionales -premiados junto con el realizador en Cannes-, una trama sencilla inscrita en un paisaje suave y monótono donde la horizontalidad se acrecienta por el efecto del cinemascope. Con este material fabrica su propia humanidad, tan plana como el espectáculo de esa campiña cercana a Flandes y tan abismal como el crimen. La cámara actúa como la mirada de los pintores flamencos que, más que retratar a la naturaleza o las escenas de la vida cotidiana de gente simple, exploran el drama que se oculta tras eso, “la manifestación de lo invisible”. Dumont pertenece a esa raza privilegiada de poetas que intenta entender al hombre, no juzgarlo.
La primera secuencia de La humanidad nos muestra de lejos a un hombre que corre resoplando desesperadamente, su figura casi se pierde en el tenue perfil donde cielo y tierra se tocan. Pharaon de Winter (Emmanuel Schotte), teniente de policía en una pequeña ciudad del norte de Francia (Bailleul), descubrió el cadáver de una niña violada; el sexo de la criatura, manchado de sangre coagulada, se muestra en la pantalla como la herida misma de la condición humana, imposible de concebir pero tan patenta y cruda como la imagen misma. De ahí se desprende una trama de encuesta policiaca de la cual lo de menos es enterarnos de quién es el asesino; lo importante para Dumont es mostrar cómo sufre, se mueve, come y copula el ser humano.
A Pharaon, a su amiga Domino (SeverineCancele) y a su novio Joseph (Philipe Tullier) los conocemos a través de la mirada escrutadora, casi de entomólogo, de una cámara que no sólo nos enseña los rasgos de carácter, sino que se embelesa observando los fluidos, las deformaciones corporales, los arrebatos sexuales. Pero ningún desprecio traduce la visión de Dumont frente a la animalidad orgánica, antes se extasía frente a la condición del pobre corazón humano que intenta escapar de su soledad y acceder a otro individuo a través de la sexualidad, “copulando una y otra vez hasta la muerte”.
La humanidad se inscribe sin demasiado escrúpulo en todo el tiempo y todo el espacio; poco menos de tres horas de duración, donde la extensión de los planos secuencia organizan con exactitud la dimensión de cada personaje, sin prisa ni artificios, dentro de un paisaje que se humaniza gradualmente hasta constituir una sola sustancia, como el lodo que acaricia Pharaon. Dumont establece una ley de cohesión y porosidad que revela en cada gesto este mismo Pharaon con su vocación redentora frente a la culpa, eso que “estaba ahí aún antes del cristianismo”. La poesía de La humanidad surge de una auténtica actitud contemplativa frente a la condición humana; el autor compadece a sus personajes, conoce a fondo a sus actores y es capaz de llevarlos al extremo de sí mismo sin perder el respeto por ellos.
Pharaon De Winter es un santo, “un ser poroso” que compadece a la humanidad sin perder su propia humanidad. Si no fuese por la determinación con la que Bruno Dumont se acomoda bajo una luminosidad casi aplastante -donde el claroscuro sólo lo tramiten los gestos de sus personajes-, podríamos compararlo con Rembrandt; su capacidad para hacer del retrato un drama inexorable lo justificaría. En Francia no se le perdonan dos cosas: declararse poeta sin permiso de la crítica y su compasión cristiana. Pero bueno, nada que ver con las imágenes gore de fetos destazados con las que gustan exhibirse los grupos de Provida.
NB) Las citas están tomadas de documentos de prensa y de la entrevista de Proceso con Bruno Dumont durante el pasado Festival de Cine Francés de Acapulco.








