Catálogo sobre Luz Jiménez, la modelo indígena que cautivó a los pintores nacionalistas

El rostro y la corporeidad de una indígena fueron emblema nacional para los representantes de la plástica mexicana del siglo XX. Su nombre es Julia Jiménez González, conocida como Luz Jiménez, aunque algunos artistas le llamaron Luciana o doña Luz.
Ella fue la modelo del famoso cuadro La molendera (1924), de Diego Rivera, y de la litografía La maestra rural (1932), también del artista guanajuatense.
Ahora, a su figura se consagra el amplio y variado catálogo Luz Jiménez, símbolo de un pueblo milenario (1897-1965), resultado de la muestra del Museo Casa Estudio Diego Rivera y Frida Kahlo (noviembre 1999-enero 2000); después, la exposición itineró de mayo a julio en el Museo Mexic-Arte de Austin, Texas, siendo el único lugar en Estados Unidos donde se exhibió.
Ambas instituciones, junto con el Conaculta y el INBA, publican el volumen de 154 páginas, ilustrado con las imágenes de la modelo.
Blanca Garduño, directora de la Casa Estudio de San Ángel,
dedica el contenido del libro a las modelos poco reconocidas, pues “no se habla de quienes posaron, salvo cuando son las amantes o esposas de los artistas”.
Y dice de Luz Jiménez:
“Mujer callada, nunca imaginó la fuerza de su personalidad que la hiciera famosa.”
La especialista dio a conocer en 1998, durante el Congreso Internacional de Muralismo, los rostros que Rivera pintó en sus obras, entre ellos decenas de la indígena náhuatl originaria de Milpa Alta. (Proceso, 1112)
“Desde su primer mural
-La Creación (1921-1922)- hasta el realizado en el Cárcamo del Río Lerma en 1950, Luz Jiménez fue modelo prototipo del pintor para representar a la mujer indígena, siempre activa y presente en las luchas populares.”
Además, en varios muros del Antiguo Colegio de San Ildefonso está retratada por David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco, Jean Charlot, Fernando Leal, Fermín Revueltas y Ramón Alva de la Canal, quien originalmente la presentó a todos éstos después de haber realizado en 1919 una acuarela con su rostro.
De ahí Rivera la adoptó para los frescos de la SEP, Palacio Nacional, Universidad Autónoma de Chapingo, Cárcamo del Río Lerma en el Bosque de Chapultepec y el Palacio de Cortés en Cuernavaca.
El artista francés Jean Charlot, quien se convirtió en padrino de la hija de Luz Jiménez, Conchita, creó innumerables obras en las que la indígena figura como símbolo de identidad nacional. Escribió su hijo John Charlot, historiador de arte:
“Cuando Jean Charlot descubre a Luz de entre las modelos de la Escuela de Arte (Escuela de Pintura al Aire Libre) en Coyoacán, ella se convierte en el rostro de todas las mujeres de México. Estudiando su cuerpo lo habilitó para desarrollar una verdadera estética mexicana.”
Sin embargo, no sólo Rivera y Charlot recrearon esa poderosa Luz, también José Chávez Morado, Luis Nishisawa, Pablo O’Higgins e Irma Roldán.
Aparecen también, en el catálogo de pasta morada, obras menos conocidas, como la acuarela Lucecita modelo de la Esmeralda, retrato con paisaje (1952), de Zaúl Peña, y Doña Luz (1961), del pintor José Zúñiga.
Así mismo, Luz Jiménez posó para otros tres murales: Escena escolar al aire libre (sin fecha), de Ramón Alva Guadarrama, en la Escuela Primaria Juana Palacios; La música y el canto (1933), primera obra mural de Rufino Tamayo, plasmada en el antiguo Conservatorio Nacional de Música (hoy Coordinación Nacional de Arqueología), y La fiesta de la Santa Cruz (1922-1924), de Roberto Montenegro, ubicado en el Exconvento de San Pedro y San Pablo. Todos edificios de esta ciudad.
Más aún, varios escultores se interesaron en la belleza de la nativa mexicana, como Ignacio Asúnsolo, Carlos Bracho, Fidencio Castillo, Ángel Manuel Centurión, José María Fernández Urbina, Gustavo Gutiérrez, Oliverio Martínez -creador del conjunto escultórico del Monumento a la Revolución-, Luis Ortiz Monasterio, Rómulo Rozo y Juan Tirado.
Y también renombrados fotógrafos de la época, como Tina Modotti y Edward Weston, y los grabadores Leopoldo Méndez y Gabriel Fernández Ledezma empaparon de nacionalismo sus obras con la presencia de Luz Jiménez.
De tal forma, más que un catálogo, el libro impreso en los talleres de Ediciones Gernika, para cuya distribución se imprimieron mil ejemplares, con textos de la propia Blanca Garduño, Sylvia Orozco, Jesús Villanueva Hernández (nieto de Luz), Alberto Híjar, Enriqueta Tuñón Palacios, Mario Rendón Lozano, José Antonio Rodríguez, Miguel León Portilla, Frances Karttunen, y Marta
Turok, funciona como una reivindicación. Incluso hay una leyenda:
“Sirva este libro como el inicio de una serie de reconocimientos que hagan justicia a las mujeres sencillas de nuestro país que, como Luz Jiménez, han sido modelos en las escuelas de arte y en el estudio de los artistas, contribuyendo con su trabajo al desarrollo de la cultura en México.”