Supermodernismo (Improvisado)

Aun cuando en México son numerosos los artistas que han integrado en sus obras percepciones espaciales expansivas, muchas veces más cercanas a la arquitectura que a las artes tradicionales -medios compuestos, ensamblados, instalaciones y, por supuesto, instalaciones para sitio específico-, no se ha planteado en el medio artístico una discusión plural y crítica sobre la sensibilidad supermoderna.
El término es interesante y sugerente, ya que, como la posmodernidad en los ochenta, en los noventa la supermodernidad se vislumbra como una de las categorías de análisis más apropiadas para la sensibilidad contemporánea.
Su punto de partida es la globalización, analiza los factores que la han producido y los efectos que ha causado en las nuevas percepciones del tiempo y especialmente del espacio. Bajo esta perspectiva, considera tanto la emergencia de una red internacional de comunicaciones, que ha permitido la presencia material y virtual del ser humano en el mundo, como sus efectos, que se materializan en la abundancia de estímulos, en la disminución de la individualidad, en la neutralidad de los significados y en la autonomía de las identidades. Gracias a su visión antropológica, plantea un ordenamiento para la pluralidad de gustos y costumbres de la vida de hoy, desde las indiferentes e insolentes formas artísticas, hasta los paseos por los centros comerciales.
Las posibilidades del término convierten en un acierto la muestra que bajo el título de Supermodernidad (Improvisada) se presenta en ExTeresa, en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Más que una exposición de obras, es una “exposición” plástica de las características sensibles de la supermodernidad, inspiradas principalmente en los planteamientos del teórico de la arquitectura Hans Ibelings. Guillermo Santamarina, director del recinto y responsable del concepto curatorial, elabora una reflexión sobre el efecto de los no-lugares en centros urbanos de alto conflicto en México, concepto que a su vez toma del antropólogo Marc Augé -al igual que Ibeling-, quien en 1992 propuso el término para definir aquellos lugares sin identificación, autónomos, usados sólo como tránsito por personas saturadas de estímulos y concentradas en su propia individualización.
Acorde con las poéticas supermodernas, la muestra impacta al espectador a partir del conjunto y no de las piezas como obras individuales. Coincidiendo con los planteamientos arquitectónicos de estas poéticas, se colocó en toda la nave principal una estructura de caprichosos espacios formados con rampas, escaleras, corredores, módulos transitables y las obras que en ellos se exponen. Acorde con los planteamientos del supermodernismo, la individualidad de las piezas se pierde en la abundancia de estímulos sonoros y visuales que generan una sensación caótica provocada por las imágenes, el espacio, la luz, la oscuridad y el sonido.
Al igual que en otras ocasiones, Santamarina invitó a artistas jóvenes de diferentes ciudades de la República, todas ellas conflictivas y con una fuerte influencia cultural del mundo desarrollado, en especial de Estados Unidos. De Tijuana se presenta “Zoo-Sónico” -Octavio Hernández y Salvador V. Ricalde- con una videoproyección; de Tuxtla Gutiérrez, “Los Tremendos de Tuxtla Lindo” -Alhelí Morales y Roque Iván Velázquez- participan también con una videoproyección; de Monterrey, una videoinstalación de “Los Lichis” -Gerardo Monsiváis y Manuel Mathar-, y del Distrito Federal, fotografías de Miguel Acevedo, diapositivas de Pablo León de la Barra, pinturas de Mario Lafontaine, una instalación con video de Pilar Echezarrieta y una instalación de Damián Ortega. La integración del trabajo artístico con el manual, característica de la arquitectura, se concreta en la estructura de creación libre realizada por César Gutiérrez, Javier Gatica, Antonio Mendoza, Juvenal Orozco y Brígido Hernández, todos ellos miembros del personal técnico de ExTeresa.
La pieza más interesante, y ojalá que también la más controvertida, es la de Damián Ortega. Reglas e Instintos es una instalación que reproduce en el piso la planta arquitectónica de ExTeresa. En la maqueta, los muros se convierten en comederos para conejos vivos de diferentes tamaños y colores similares. La obra tiene una pulcra realización conceptual: los espacios se comportan como entes vivos independientes, a pesar del control urbanístico o arquitectónico con el que fueron creados. A lo largo de los días, los conejos, de apariencia homogénea, habitan, conviven, ensucian, maltratan. Se apropian del espacio transformándolo: la metáfora de las relaciones sociales en la urbe es perfecta. Sin embargo, un punto me molesta y es el que se refiere a los conejos vivos. ¿Está tan muerto el arte que tiene que recurrir a la vitalidad de la vida animal?
La seducción del arte se encuentra en la intervención humana, en la creación de realidades que confunden, que intrigan, que parecen reales y artificiales a la vez. En los últimos años, tanto en México como en el extranjero se han incorporado animales vivos a las obras. ¿No es una falta de respeto a la vida y una falta de creatividad en el artista? La discusión es compleja y más aún si se desvía hacia el arte y la ética, relación casi imposible en la libertad artística. Aun así y muy a mi pesar, es la obra más completa de la exposición.
Resaltan también la videoproyección de Zoo-Sónico y las diapositivas de Pablo León de la Barra; estas últimas, aun cuando representan con acierto las alteraciones del medio ambiente, carecen de organización artística.
A pesar de la sensación de caos, incomodidad y fealdad de la muestra, me pareció reconfortante descubrir que la homogeneidad ahí expuesta se basa en la apropiación local de la cultura globalizadora. Sin embargo, también me impactó descubrir que la misma sensación se mantiene constante con los estímulos percibidos en las calles al salir del recinto.
En esta ocasión, Santamarina logró reproducir amplificadamente en ExTeresa la percepción de los no-lugares del Centro Histórico de la Ciudad de México.