Alan Hovhaness (1911-2000)

Para Asa Satz y Héctor Anaya
La montaña, la rama, el lago, el pez se reflejaron continuamente en la que fue, ante todo, una música paisaje, animista: aquella compuesta por Alan Hovhaness, el patriarca.
Nació en Masachusetts. La madre fue escocesa; su padre, armenio. Optó por el legado de éste, formando parte así de una fascinante, individualista, floración armenia en el Continente Americano, que ha producido mujeres musicales tan singulares como Cathy Berberian (1925-1983) y Alicia Terzián (1945).
Tal decisión llegó lentamente: tras los estudios académicos habituales, vino una larga serie de partituras que sólo sirvieron a Hovhaness como entrenamiento. Fueron destruidas cuando el compositor norteamericano llevó a cabo un proceso de filtraje y decantación en sus regiones espirituales más recónditas: ahí destiló en forma gradual los trasforos étnicos que llevaba consigo, inclinándose simultáneamente hacia una experiencia afín al misticismo; comprendiendo también una expresión cada vez más abierta de amor amplísimo por la naturaleza.
Este último se tradujo, ya hacia 1945, en una clara conciencia ecológica: inusitada entonces, por si hiciera falta decirlo. Dicha fusión de raigambres le llevó igualmente a dar nombres eufónicos, de clara procedencia armenia, a muchas obras, como: Arevakal (1951), concierto para orquesta; Elibris (1944 rev. 1949), concierto para flauta y orquesta de cuerda; Mihr (1945), para dos pianos; así como su ópera Etchmiadzin (1946).
Las cantinelas y melismas de la música armenia -escritas originalmente mediante un sistema de notación particular y trasladadas por Hovhaness a la gráfica “occidental”- permeabilizaron su lenguaje, llevándolo a incorporar sonidos microtonales, lo mismo a lo largo de episodios contemplativos que durante otros impregnados por pulsos dancísticos, en el umbral del júbilo.
Con frecuencia, los dibujos horizontales están usados ahí de manera contrapuntística, pero con mayor independencia que la proverbial. Muchos otros elementos con índole repetidamente “religiosa”, como: Corales, Himnos o Antífonas -de origen cristiano-, aparecen en sus partituras sinfónicas, aportando cierta nobleza o majestad anhelante según el caso.
A Hovhaness no parecía preocuparle mucho el contraste o choque entre materiales tan heterogéneos, sino el llevar a cabo una especie de yuxtaposición, a veces encabalgamiento, para muchos sin orden ni concierto. El compositor trascendió así los límites consabidos de los esquemas formales.
A esto se sumaron más tarde elementos, conductas y rasgos de culturas musicales de Oriente (entendido este término en su sentido más amplio). Ello provocó una reacción capaz de asombrar al propio Hovhaness, pues fue recibido en Japón, Corea y la India como un verdadero ídolo popular al viajar a dichos países. Tenía 50 años. De ahí nacen obras como la Sinfonía XVI (1962) o los Grabados japoneses en madera (1964) para xilófono y orquesta, al igual que su ópera Espíritu de la Avalancha (1962) con libreto del mismo Hovhaness.
Hay dos partituras suyas que han alcanzado éxito de manera elocuente, siendo por lo tanto muy difundidas: su Sinfonía II La Montaña misteriosa (1955), así como, en especial, Y Dios creó a las ballenas (1970) para orquesta, en las que Hovhaness incorpora -con tanta habilidad como sentido de la belleza sónica- el canto de estos cetáceos, grabado en una cinta.
Al fallecer Hovhaness en Sea-ttle, el 21 de junio, no hubo “la cacofonía (…) creada por el coro de opiniones informadas, especulaciones ignorantes, hagiografía, simbolismo e inculpaciones” (Peter Guralnick); antes bien, en los obituarios -como el publicado por Allan Kozinn en The New York Times- ha privado la equidad.
No por ello han faltado detractores hacia su música, directa y elusiva a un tiempo, como Harold C. Shonberg o -el más riguroso y acertado-Mark Morris. Grosso modo, ambos le reprochan, como resultado de una producción más que extensa (500 obras aproximadamente), su mezcla de materiales indiscriminada -abstrusa por lo tanto- y poca definición, así como falta de carácter, un tanto al borde de la anemia. Consideran su materia sonora -por así decirlo- blanduzca, fláccida, neutral; inconsistente, en suma. O mera acumulación, con devenir sonoro fácil, de perfiles efímeros y resultados menos que modestos (apenas módicos): como empeñada en prolongar su convalecencia congénita.
Una vez más, el trascendentalismo y ánimos doctorales hacen de las suyas, incluso en personas capaces de discernimiento al igual que aciertos frecuentes, como ambos musicógrafos. Los dos incurren en una seriedad inoperante y empaque doctrinario insidioso, para enjuiciar a Hovhaness.
Cuando celebramos sus 80 años en Carnegie Hall, después de aquel concierto vespertino, el rostro de Alan Hovhaness, sonriente, tenía un aura de hermosa serenidad. Suya era la paz interior.
John Cage (1912-1992), su amigo entrañable, lo supo varias décadas antes. Por eso lo definió así: “un árbol de música que -como un limonero o naranjo produce frutos- produce música”.