Balance

Hace seis años, al tomar posesión como presidente de México, Ernesto Zedillo comprometió su gobierno en tres direcciones. Primero, hacer crecer la economía con finanzas sanas y llevar bienestar a las familias. Segundo, construir un país de leyes que garantizara la seguridad pública, la procuración de justicia y la vigencia del Estado de derecho. Tercero, culminar la transición democrática con una reforma electoral definitiva.
Su compromiso económico ha sido cumplido por mitades: el crecimiento económico es un hecho, pero no el bienestar de los hogares. México necesitará años de crecimiento sostenido para que pueda generalizarse el bienestar. Zedillo hereda una economía con finanzas sanas, equilibrios macroeconómicos, auge exportador, credibilidad externa, reservas altas y estabilidad cambiaria. Los índices de pobreza y desigualdad se mantienen, sin embargo, en el horizonte, tan resistentes y agraviantes como siempre.
Respecto del segundo compromiso del gobierno, los resultados son negativos, Los procesos judiciales fueron una zona de desastre en el gobierno de Zedillo. La cultura de la ilegalidad creció en lugar de reducirse, lo mismo que la inseguridad pública. Procuradores y jueces dieron un espectáculo de ineficiencia flagrante. Se llegó al extremo de sembrar un cadáver para fabricar pruebas en un proceso célebre. Un espectáculo todavía peor dieron los cuerpos policiacos encargados de perseguir al crimen. La policía pareció ser en estos años más cómplice que enemiga del crimen. El clímax de esa complicidad fue que el militar encargado de la lucha contra el narcotráfico terminó preso, acusado de colaboración con los narcotraficantes.
Por lo que toca al tercer compromiso, el de la implantación de la democracia, difícilmente podrían pedirse mejores cuentas a Zedillo. La democracia electoral es un logro histórico de su gobierno y merece  todo el reconocimiento por ello, sin cortapisa alguna. Abrió las puertas a la equidad electoral, contuvo y condujo a su partido en las nuevas reglas de transparencia, dio garan-tías a todos los contendientes y reconoció sin titubear sus derrotas históricas: en el Gobierno la Ciudad de México en 1997 y en las elecciones presidenciales del año 2000.
Las elecciones libres y la alternancia han traído un ambiente de euforia a la vida pública mexicana. Le han traído, también, prestigio internacional, y es posible que, con el tiempo, hagan llegar a todos los otros ámbitos de la vida pública el aliento democrático.
Como otros presidentes de bajo perfil y gestión sólida, Zedillo ha pagado ya parte de su cuota de salida. No creó grandes expectativas, no produjo grandes decepciones. Ha recibido y tolerado críticas en todos los órdenes y no parece haber, salvo en su partido, que lo culpa de la derrota, grandes desahogos públicos pendientes en su contra.
Sin embargo, los sexenios mexicanos terminan mucho después de que terminan. Zedillo pasará a la historia como el presidente que abrió paso a la democracia moderna, pero no sabemos cómo pasará al gobierno siguiente, ni lo que la sociedad querrá cobrarle cuando salga. Juzgado el día de hoy, los logros del gobierno de Ernesto Zedillo parecen claros, su herencia prometedora y su prestigio correspondientemente alto.