No somos pocos los mexicanos que defendemos, como lo ha escrito Porfirio Miranda en Proceso, el derecho absoluto a la vida de los niños que todavía no salen del seno de su madre. O, dicho de otro modo, quienes creemos que la vida humana es sagrada y que no puede dejarse a la arbitrariedad de los fuertes la existencia de los débiles, porque, como afirma el mismo autor citado antes, “si lo concebido es un ser humano, ningún motivo es válido para matarlo” y el asunto no es de los que puedan someterse a votación, ya que la vida es condición de posibilidad para todos los demás derechos, incluido obviamente el de votar.
Por eso molesta que, en la defensa de la vida, algunos prelados incurran en opiniones verdaderamente insostenibles y que apenan a los seglares comprometidos con este tema. Bien podríamos decir, y con nosotros los mismísimos niños que corren el riesgo de ser ejecutados legalmente, “no nos defiendan, obispos”, con frases que -si fueron reproducidas adecuadamente por los medios- no podrían más que engrosar los diccionarios o las antologías de la barbarie, de la irracionalidad o de la prepotencia. Razones de peso hay, y de sobra, para fundamentar lógicamente, científicamente, jurídicamente y democráticamente que no se puede matar al amparo de la ley a los no nacidos sin poner en grave riesgo el derecho y la democracia mismos. A mí me parece, como a Porfirio Miranda, que la intransigencia episcopal católica en la materia “honra a México y es más creadora de democracia que todas las ficciones de tolerancia de nuestros liberales” (el subrayado de esta palabra es mío, no de Miranda). Pero no podría calificar de honrosas para nadie, ni benéficas para sus defendidos, ni defendibles por quienes compartimos la misma convicción, ni respetables para los adversarios, las expresiones que al parecer han emitido algunos purpurados.
Soy un convencido del carácter sacramental del sacerdocio católico y de su cima que es el episcopado. Sin embargo, como san Agustín de sí mismo, pienso que es aterrador lo que el obispo es para los cristianos. El santo aseguraba que el título que ostentaba era “el nombre del peligro”, en tanto que el nombre de cristiano era el “de la salvación”, puesto que a los ojos de tan famoso teólogo, nadie se salva por ser obispo, sino por ser cristiano, incluso pese a que se sea obispo. Y me parece, en efecto, peligroso para todos -especialmente para quienes podrían convertirse en víctimas de la pena de muerte intrauterina- que la argumentación en favor del respeto absoluto a la vida de los inocentes se reduzca y disminuya, como al parecer la han rebajado algunos mitrados mexicanos. Culpar a la mujer misma de la violación que la humilla y la vulnera, y luego pone a un niño en peligro de muerte legalizada, es una barbaridad. Invitarla a estar lista con diversos instrumentos mecánicos o químicos para evitar la concepción en caso de ser violada, es ostentación de una ignorancia descomunal en muchas y muy diversas materias relativas al comportamiento y la mente humanas. Estas “razones” no sólo no son tales, sino que debilitan y permiten ridiculizar y soslayar los genuinos argumentos al respecto.
Cierto que no a todos los obispos se les han atribuido -espero que erróneamente- opiniones tan torpes y tan contraproducentes para la causa que tales prelados pretenden sostener de tan grotesco e ineficiente modo. Pero con uno que hubiese incurrido en tal tontería bastaría para insistir en que no nos defiendan. Más les valdría confiar en los seglares que, aunque no seamos los santos que tal vez deberíamos ser, o lo cumplidos con los mandatos eclesiásticos que ha de esperarse de nosotros, buscamos y expresamos razones plausibles en defensa de la vida. Para el debate nos preparamos; para afrontarlo sin referencia a verdades de fe, dado que, por una parte, esta defensa bien se sostiene con la pura razón y, por otra, si sólo hubiese argumentos teológicos católicos para asumir la posición que asumimos, se podría contrargumentar que intentamos imponer nuestras convicciones religiosas a quienes no las profesan.
Hay ejemplos históricos de debates bien ganados por creyentes que no pertenecen al estado clerical, e incluso por no creyentes que comparten los argumentos de razón esgrimidos por creyentes, y hasta por malos creyentes en algunos aspectos que, empero, son capaces de razonar sin recurso a teología alguna sus opiniones científicas o políticas. Ahí están poetas como Dante, científicos como Pascal y Pasteur, escritores como Manzoni, Bernanos y Péguy, o como Chesterton, Mauriac, Rops, Messori y Unamuno, o Elliot, Frossard, Lejeune, Marconi, Werfel, Lepp, Muggeridge, Dawson, Grisez… Ninguno llevó tonsura ni portó sotana, y bien supieron usar su ingenio y sus conocimientos para sostener puntos de vista sin exigir a sus interlocutores compartir sus creencias para probarles sus afirmaciones. Algunos de ellos ni católicos fueron, o no fueron, de acuerdo con los criterios más formales, “buenos católicos”.
No nos defiendan, pues, señores obispos. O, cuando menos, no nos defiendan así, si es que hablaron como se ha dicho que lo hicieron. Mucho ayudarían si no estorbaran.








