Este viernes, 1 de septiembre, el presidente Ernesto Zedillo rindió ante los mexicanos su sexto y último informe de gobierno. A reserva de conocerlo y comentarlo la próxima semana, en la tradición este acto inicia las ceremonias del adiós, anuncia el ocaso de un sexenio y la aurora de otro que se inicia. Buena ocasión para repasar, en brochazo, los últimos 30 años, el decir y el hacer de cinco presidentes que, en su tiempo, sus tiempos, habitaron Los Pinos y sacudieron para bien y para mal, claroscuro de lo humano, la vida y el destino de México y de los mexicanos.
Luis Echeverría Álvarez fue un presidente cuyo sexenio transcurrió entre la impaciencia, la anécdota, la tragedia y el desastre; en su tiempo se acuñó una frase que describía el perfil galopante de su quehacer cotidiano: confunde el día con el sexenio. Era un azogue, gozaba los traslados espectaculares, en un mismo día hacía presencia en Baja California Norte y en Yucatán. Caminaba a zancadas y al ritmo de sus pies se movían el discurso, la promesa, el pensamiento y la acción. En su primer año de gobierno dinamitó 12 años del desarrollo estabilizador, declaró que las finanzas se manejaban en Los Pinos, desató la inflación, incrementó espectacularmente la deuda externa, duplicó la burocracia, se peleó con los hombres de la fortuna, no al impulso ideológico, sino con el propósito deliberado de evidenciar su amor a los pobres; apenas candidato, rompe su relación con el padrino que le dio el poder, Díaz Ordaz; se guarda, apenas iniciada su campaña, un minuto de silencio en homenaje a los muertos de Tlatelolco; somete a los medios de comunicación, pierde el sentido del tiempo y se avienta jornadas de 20 horas, provoca la desconfianza en la solidez del peso y miles de mexicanos hacen largas “colas” en las ventanillas de los bancos para cambiar por dólares sus pequeños “guardaditos”.
José López Portillo inicia su sexenio con un magistral discurso para convocar a los mexicanos a la reconciliación, tiende las manos a los hombres del dinero y construye puentes para el entendimiento y el diálogo, restablece un clima de confianza y tranquilidad. El poder intoxica y esta luna de miel rápidamente se esfuma; en la economía, en las finanzas del gobierno, se inicia un tobogán que acusa el deterioro; la inflación se desata, la paridad pierde estabilidad y consistencia, se inicia la contradicción entre el discurso brillante y la acción corrosiva, declara en insolencia que “no paga para que le peguen”, los ricos se desilusionan, la pobreza se multiplica, las finanzas públicas se debilitan -el déficit fiscal alcanza niveles desastrosos, el 17% del PIB-; expropia la banca, entre lágrimas pide perdón a los pobres porque no fue capaz de cumplir las reiteradas promesas del rescate, y en la recta final nos hereda un país en quiebra, un horizonte sombrío, la certidumbre amarga de un presidente que perdió rumbo, estribos, razón y prestigio.
Miguel de la Madrid Hurtado hereda los escombros, busca la conciliación, su discurso aburrido, gris, sin aliento, el estilo es el hombre; la inflación alcanza niveles superiores a 150% anual, a los billetes se les añaden ceros y en la orgía del fracaso 1 millón de pesos son mil millones de pesos nuevos; los salarios se deterioran, la confianza se extingue, la pobreza se agudiza, la confianza corre paralela a la devaluación vertiginosa de la moneda; un trágico sismo pone en evidencia la insensibilidad humana del presidente; los controles de precios son medida desesperada e inútil para contener el vértigo inflacionario, las medidas correctivas en las finanzas públicas resultan insuficientes para atemperar los efectos de una crisis económica que devalúa la esperanza, limita el horizonte y llena de sombras el día con día del penoso peregrinar. Son seis años perdidos en la edificación del destino nacional.
Carlos Salinas de Gortari inicia su mandato saturado de optimismo, ofrece “un sol y un cielo entero”, promete medidas correctivas para restablecer el orden en la economía, su secretario de Hacienda realiza una actividad frenética para renegociar la deuda; en la política social simplemente un programa, Solidaridad, para atemperar los efectos del huracán; a través de los años, la economía mejora, desde el gobierno, con el Himno a la alegría como música de fondo, se anuncian los logros en los planes emergentes para el rescate y en la recta final se anuncia, en triunfalismo desbordado, que “ya la hicimos” y que nos hereden la liquidación del infierno y la alborada de la gloria. Pararelo, corren reformas constitucionales que tienden a la incorporación de México al mundo moderno, se firma el Tratado de Libre Comercio. En la recta final nos anuncian que ahora sí los mexicanos vamos a ser prósperos, ricos y respetables. Tres semanas después de la ceremonia del adiós se descubre que tanta belleza no era cierta, la moneda se devalúa, la inflación repunta, la paridad se dispara; en lo político, el ahijado, Zedillo, rompe con el padrino, Salinas, y en el desenlace, la economía desastrosa y “otra vez la burra al maíz”.
En ese tránsito de seis años, de la aurora fulgurante a la ceremonia del adiós hay datos y perfiles que se repiten puntualmente. A los presidentes mexicanos les encantan los viajes sobre el universo, en el vestir hay disfraces: Echeverría y la guayabera, López Portillo y el cuello de tortuga, De la Madrid fue más formalito, Salinas de Gortari y el rojo paliacate y el sombrero de paja fina. Todos han destinado por lo menos la tercera parte de su tiempo a realizar “las giras de trabajo” para establecer contactos con el pueblo, todos han sido glotones en el hablar; las mañanas en Los Pinos se destinan a ceremonias imperiales que dan satisfacciones a la gula de discursear. En cuanto a la forma, salvo López Portillo que se gozaba en los desplantes orales, los demás han sido fofos, ayunos de contenido, aburridos y grises. Desde estos foros, Los Pinos y las giras hablan sobre lo divino y lo humano, así se consumen millares de horas que transcurren sin destino y contenido, paja al viento, en búsqueda evidente de luces de candilejas cegadoras y culto a la personalidad del presidente en turno.
Y frente al tiempo que viene, es de-seable que las botas no pretendan sustituir a la guayabera, al cuello de tortuga o al rojo paliacate.








