México y Estados Unidos: Pensar distinto

Muchos mexicanos se han dedicado a tirarle tomatazos a Vicente Fox desde que regresó de Estados Unidos. Se le llama imprudente e inexperto, descuidado y desdeñado, maltratado y mandado por un tubo. Las críticas lanzadas sugieren una curiosa añoranza por el statu quo ante, por la diplomacia sigilosa y silenciosa del priismo. Después de 71 años, al país le cuesta dejar de pensar comó el PRI le enseñó a hacerlo. Ahora que México puede pavonearse con orgullo por el mundo, los mexicanos tienen miedo de abrir las alas. Ahora que Fox intenta replantear la relación se le acusa de enturbiarla. Pero la gira merece una lectura distinta.
Vicente Fox llegó a Estados Unidos con un mensaje en la mano: Think different. Después de años de complicada cohabitación entre México y Estados Unidos, Fox fue a proponer matrimonio. Fue a pedirle a los estadunidenses que piensen más allá de un simple tratado comercial, más allá de las transacciones materiales, más allá de las relaciones empresariales entre los dos países. Fue a sugerir una “Unión Norteamericana” -similar a la Unión Europea- de socios en condiciones de igualdad, de ciudadanos complementarios. Tanto al norte como al sur de la frontera muchos se preguntarán “¿por qué?”. Quizás ha llegado el momento de preguntar “¿por qué no?”.
México y Estados Unidos ya comparten la intimidad de una integración acelerada; ambos países ya se dirigen hacia una vinculación poderosa, permanente y perpetua. En vez de ignorar los lazos que atan, Fox -un pragmático práctico- quiere fortalecerlos mediante el libre paso de bienes, servicios y personas a través de la frontera. Está proponiendo un noviazgo lento y largo que permita llegar de la primera cita al altar, del TLC a la unión que todo lo abarque, de la pobreza al sur del Río Bravo a la prosperidad compartida.
La idea de una frontera abierta eriza a los estadunidenses. Muchos piensan que entrañaría abrir la compuerta a los desposeídos y los desencantados, a la sal de la tierra. Pero Fox no fue a Washington con la trompeta en la mano, con la esperanza de derrumbar el muro entre México y Estados Unidos pasado mañana. No pidió la eliminación inmediata de los pasaportes y las patrullas fronterizas, los guardias y la Operación Guardián. Su visión es de largo plazo, de 30 años, a lo largo de una generación. Pero sí está hablando de fuerzas inevitables y está sugiriendo que las utilicemos en nuestro favor mediante un enfoque compartido frente a la inmigración y una perspectiva conjunta frente a la pobreza.
Durante décadas, México y Estados Unidos han escrito sendos volúmenes de ficción bilateral. Estados Unidos ha fingido que no necesita a los inmigrantes mexicanos y México ha fingido que no necesita proporcionarles empleos bien remunerados. Ambos países han esquivado el meollo del asunto: la brecha salarial. 96 millones de mexicanos tienen un ingreso per capita de 4 mil dólares anuales, o una séptima parte del ingreso per capita de Estados Unidos, de aproximadamente 28 mil dólares. Un típico trabajador de fábrica en México gana sólo 1.20 dólares la hora, comparado con más de 5 dólares por hora del salario mínimo en Estados Unidos; 40% de la población mexicana sobrevive con menos de 2 dólares al día. Hay que reconocerlo: México es un país de pobres.
La pobreza explica, contribuye e incita los dos principales problemas que aquejan la relación bilateral: el narcotráfico y la inmigración. Mientras no haya más empleos con mejores ingresos en México, los mexicanos irán a buscarlos a Estados Unidos. Cruzarán la frontera con el alma en vilo, con el corazón en la boca, con las pertenencias atadas a la cabeza. Pedirán prestado para pagar a coyotes, morirán acribillados en Arizona, trabajarán como meseros, como jardineros, como recolectores de fruta. Trabajarán y punto.
Fox argumenta que las disparidades mexicanas -las que obligan a empacar y a emigrar- deberían ser un tema bilateral. Es indudable que el TLC ha permitido que México dé un gran salto hacia adelante. Pero los mercados, por sí solos, no serán suficientes para disminuir la brecha entre los desposeídos y los que poseen, entre los ganadores y los perdedores de la integración económica. Fox promete hacer lo suyo, lo que le toca: proporcionar microcréditos para microindustrias, crear más de un millón de empleos al año, promover un crecimiento de 7% anual, y fomentar la convergencia entre los principales indicadores económicos de los dos países. A cambio, quiere que Estados Unidos permita la permanencia legal de quienes ya se encuentran en suelo estadunidense, que aumente el número de visas de trabajo temporal, y que invierta en proyectos de infraestructura y creación de empleo en las comunidades de donde parten los inmigrantes. Quiere que Estados Unidos abra su frontera y su cartera.
¿Qué obtendría a cambio nuestro vecino del norte? Un México más próspero. Un país que exporta más productos y menos inmigrantes. Una frontera que a la larga no necesitará ser defendida. Fox quiere construir una convergencia que convierta a México en un verdadero socio norteamericano. Pero para hacerlo necesitará un público receptivo e interlocutores flexibles. Su objetivo final -una Norteamérica unida- puede parecer un paseo por las nubes. Pero el acuerdo prenupcial que ha delineado, por lo menos rompe el molde de la aguerrida relación entre México y Estados Unidos.
A muchos analistas, periodistas, políticos y diplomáticos les cuesta trabajo pensar fuera de ese molde, fuera de las reglas conocidas y los límites establecidos. Pero el país ha cambiado de raíz y su diplomacia debe hacerlo también. Ya se acabaron los días de carreras clientelares en la Cancillería y de diplomáticos al servicio de un solo partido. Ya se acabaron los tiempos de negociaciones ocultas y agendas amuralladas. El Tratado de Libre Comercio fue sugerido a escondidas, negociado en privado, acordado a espaldas de la población y, finalmente, impuesto al país. La diplomacia foxista tendrá tropiezos y desatará  tormentas. Vicente Fox -paseando por el planeta- cometerá errores y caerá en equívocos. Pero por lo menos sus faux pas serán públicos y abiertos, criticables y rectificables.
Ahora bien, la culpa de la controversia actual es compartida. El viaje a Estados Unidos ha sido profundamente malentendido en México porque no fue adecuadamente explicado en México. El problema no ha sido provocado por la flojera periodística o las limitaciones lingüísticas. El equipo foxista no se tomó el tiempo de explicar en casa lo que iba a proponer en el extranjero. Fox hizo públicas sus intenciones, pero no frente a los mexicanos. Y por ello las buenas ideas han sido opacadas por los malos modos. La nueva diplomacia democrática debe empezar en casa; debe ser discutida con propios y luego presentada frente a ajenos; debe construirse con argumentos a priori en vez de defenderse con justificaciones a posteriori; debe combinar la visión con la instrumentación.
Los mexicanos que miran a Fox moverse en el mundo tendrán que aprender a moverse con él. Tendrán que acostumbrarse a un presidente que exige lo imposible de los gringos, para que en la mesa de negociación le den lo que realmente quiere. Tendrán que entender que los debates y las polémicas y las recepciones glaciales y el escepticismo forman parte del New Deal -el nuevo trato- entre México y Estados Unidos. Nos critican y los criticamos, nos rechazan y volvemos a insistir, nos invitan a negociar y negociamos, nos erigimos como iguales y nos tratan como tales.
Fox ha iniciado un debate urgente, necesario y de largo plazo con Estados Unidos. Allí está el mérito de su viaje. Quizás Estados Unidos perciba a Fox como un pretendiente precipitado y reciba sus atenciones con escepticismo. Pero quizás con el tiempo reconozca que tiene algo de razón. Quizás los estadunidenses decidan construir más muros, y entrenar más patrullas fronterizas. Pero quizá reconsideren la invitación de Fox y acepten la posibilidad de pensar de otra manera, de pensar distinto. Y quizá los mexicanos también deberíamos hacerlo.