Señor director:
Le solicito publicar esta carta, dirigida al señor Porfirio Miranda.
Señor Miranda: En alguna ocasión una destacada feminista comentaba que es mucha la suerte de los intolerantes que viven en una sociedad tolerante. La referencia vino a mi mente al leer sus argumentaciones (Proceso 1242), sobre todo por presentarlas como resultado de sus estudios de lógica.
Puesto que yo también estudié lógica “una seguramente distinta a la suya”, le recuerdo que si uno parte de supuestos falsos, las conclusiones serán también falsas, al margen de la coherencia y de la secuencia de argumentación.
No acabo de entender su afirmación de que se pretende imponer un Estado laico, y menos que asocie a ese hecho la imposición del criterio de que “nada es sacro”. Tampoco comprendo su referencia a una “intolerancia laica” a la que usted atribuye “un anticristianismo furibundo”. No puedo asimilar su lógica, y menos sus supuestos y argumentaciones. Insisto en lo que varias personas han tratado de explicarle: laicismo no es sinónimo de ateísmo.
El Estado laico, por definición, es un Estado incluyente, que reconoce la diversidad religiosa y no privilegia ninguna de las tradiciones para imponerla sobre las otras. Asegura así la tolerancia y “obliga de alguna manera” (valga la expresión) a una convivencia que respete la diversidad. En la contraparte, un Estado que pretende construir las reglas de convivencia en función de una tradición religiosa cae en la peor de las intolerancias, precisamente por rechazar, sancionar y procurar que se castigue a quien no piensa de manera similar y no tiene la misma cosmovisión.
Cuestionar el cristianismo no es ejercer un “anticristianismo furibundo”, sino matizar sus enseñanzas e invitar a sus intérpretes y seguidores a que sean autocríticos; sobre todo, a que sus jerarcas asuman la responsabilidad de lo que dicen y de lo que callan.
Por ejemplo, ante las enseñanzas morales que invocan para descalificar totalmente el aborto, les recuerdo que la propia tradición católica no las reconoce como dogmas, de manera que presentarlas de ese modo es irresponsable.
Más grave es su responsabilidad por impedir que las personas actúen de acuerdo con su conciencia, y por no prevenir eventos que atentan contra la salud, incluso de los creyentes. No en balde muchas mujeres se sienten traicionadas por la Iglesia católica, pues ésta les hizo creer que se podía defender la dignidad y, cuando ellas emprenden esa defensa, dicha institución, misógina e intolerante, las culpa y sanciona.
¿Le suena muy lógico, señor Miranda? (Carta resumida.)
Atentamente
Juan Guillermo Figueroa
(De El Colegio de México)
Respuestas de Porfirio Miranda
Señor director:
Le agradeceré publicar las siguientes líneas.
Para el señor Santillán:
Ponerse a hablar de clonación y de la información genética contenida en las células es salirse del problema real del aborto. Éste comienza cuando la mujer descubre que está embarazada. Mi artículo se refiere al problema real.
El señor Santillán desemboca en perplejidad, en “lo difícil del asunto”. Pero no podemos aceptar esa inacción cuando se están cometiendo miles de asesinatos contra creaturitas indefensas en el vientre materno.
El señor Santillán parece atribuirme la tesis de que “el Estado debe legislar sobre todos los asuntos morales”. Pero ninguno de mis artículos sostiene tal cosa y además nunca he leído u oído que alguien la sostenga. Ese ataque del señor Santillán se dirige contra algo inexistente.
Los ejemplos que menciono como motivos frívolos para abortar son para demostrar que aún los más acérrimos abortistas reconocen que lo concebido es un ser humano. El señor Santillán no entendió mi argumentación y por eso le parecen ofensivos esos ejemplos meramente hipotéticos.
Para el señor Figueroa:
Es asombroso que el señor Figueroa “no acabe de entender” la afirmación de que se pretende imponer un Estado laico. Dicha laicidad está explícita en la legislación y es continuamente repetida por los intelectuales liberales. No veo cómo pueda el señor Figueroa negar esa imposición.
El laicismo educativo impone que se prescinda de Dios en las escuelas públicas. Ahora bien, prescindir de Dios se llama ateísmo, pues la primera letra de ateísmo es alfa privativa; no significa antiteísmo, sino prescindir de Dios, se passer de Dieu, como dice el ateo Sartre.
Pero si se prescinde de Dios ninguna cosa puede ser sacra. Por definición, sacro es lo que tiene que ver con Dios. ¿De dónde le vendría a la vida humana su sacralidad si Dios no tiene que ver con ella? El “No matarás” es mandamiento divino.
Aunque no se da cuenta de ello, el Estado moderno construye las reglas de convivencia en función de esa muy específica tradición religiosa. Si al señor Figueroa eso le parece intolerancia, resulta que quien prohíbe e impide los asesinatos es un intolerante.
La tolerancia misma, que no se les cae de los labios a los liberales, se basa en el cristianismo. Y no me refiero solamente a que el primero en propugnarla fue santo Tomás Moro (canonizado) y a que Erasmo también era cristiano fervoroso y traductor certero del Nuevo testamento. Me refiero, además, a que la exigencia de tolerancia se basa en que toda persona tiene dignidad infinita y a que fue la civilización cristiana la primera en proclamar el principio de que toda persona tiene dignidad infinita. Las otras civilizaciones no lo conocían, y si en fechas recientes lo han estado adoptando, es en imitación y por influencia de la civilización occidental.
Atentamente
Porfirio Miranda








