Apasionada por el arte mexicano y latinoamericano, la estadunidense Shifra Goldman afirmó contundente, con su acento californiano, que “el muralismo ya murió”.
Además, atribuyó el éxito de los artistas mexicanos en Estados Unidos al mercado de arte realizado en ese país del norte por medio de las dos grandes casas de subastas, Sotheby’s y Christie’s.
Goldman, autora del libro Pintura mexicana contemporánea en tiempos de cambio (1989), editado por Domés y el Instituto Politécnico Nacional, destacó durante la polémica reunión internacional Revisión del muralismo del siglo XX (décadas 20-40), México-Estados Unidos, realizada del 21 al 23 de este mes (ver recuadro).
Al encuentro, organizado por el Seminario de Investigación El muralismo, producto de la Revolución Mexicana, en América (SIMMA), que dirige la doctora Ida Rodríguez Prampolini, a través del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, asistieron los especialistas mexicanos Renato González Mello, Guillermina Guadarrama Peña, Alberto Híjar, Raquel Tibol, y los estadunidenses Mary K. Coffey, Katherine Manthorne, y James Oles, entre otros.
También los artistas Adolfo Mexiac, Luis Nishizawa, y Felipe Ehrenberg, quien prefirió utilizar su tiempo de exposición para continuar con su protesta contra la directora del Museo del Chopo, Alma Rosa Jiménez.
Temas bastante estudiados, las obras de los llamados “tres grandes” Rivera, Orozco y Siqueiros volvieron a ocupar lugar estelar en la reunión, que tuvo tanto interpretaciones iconográficas como reflexiones sobre sus influencias allende las fronteras.
Nuevas formas
Fue precisamente Goldman quien inauguró los debates en torno a la presencia de esos artistas, principalmente Siqueiros -a quien considera el más importante por sus ideas radicales en toda América Latina y Estados Unidos:
“Abrí el congreso porque mi ponencia funcionó como introducción para todos los exponentes. Quería romper el sobre y eso hice.”
A pregunta expresa sobre la vigencia del muralismo, la especialista contestó a la audiencia:
“Actualmente los murales ya están muertos. Los nuevos artistas mexicanos deben buscar otros medios, otras maneras de crear un arte público. Pueden utilizar la tecnología que ahora se tiene.”
Entrevistada por Proceso en su habitación 513 del hotel Calinda- Geneve de la Zona Rosa, después de la extenuante jornada de debates, Goldman precisó su postura:
“Traté de romper el mito del muralismo. Pintar sobre una pared no significa continuar con el movimiento de los treinta. Los jóvenes tienen que decir algo, pero ya hay otras maneras.”
Puso como ejemplos de propuestas alternativas los murales abstractos realizados por Manuel Felguérez en el cine Diana y en el Museo de Arte Moderno (MAM), que no están exentos de una posición política, pues el pintor de la llamada Ruptura rechazó participar en la Ruta de la Amistad como condena a la matanza de Tlatelolco.
Mencionó también un mural de madera tallada, obra de Adolfo Mexiac; y los espectaculares utilizados ilegalmente por Eva Cockroft en Nueva York –falleció hace seis meses en esa ciudad– para transformar los mensajes publicitarios sobre los edificios, cambiando palabras por imágenes en protesta contra el gobierno, y contra el negocio.
Además, mencionó las proyecciones electrónicas sobre los edificios, murales digitales con computadoras, “pero son más caros, y el tercer mundo no los tiene”.
Entonces Goldman fue más allá:
“Existen murales–performances de jóvenes artistas chicanos, en los cuales se colocan máscaras y caminan por las calles, o hacen imágenes y las pegan a la pared, incluso elaboran murales ambulantes.”
Aclaró que con su participación no dictó cánones sino “solamente fue una manera de dar ideas, porque el muralismo mexicano como corriente social que tuvo influencia en toda América, incluyendo Estados Unidos, ya murió”.
Por esta declaración, Goldman ganó la animadversión de varios muralistas presentes en el congreso. Luis Nishizawa atajó:
“El muralismo nunca va a morir.”
Pero en el fondo coincidió con la idea real de la especialista al admitir que perecen los temas, entre los que se mencionaron las distintas etapas de la historia mexicana, de la Prehispánica, la Conquista, el Virreinato, la Independencia y la Reforma a la Revolución Mexicana:
“Ya no podemos seguir plasmando posiciones ideológicas y políticas como los grandes. Ahora el mural tiene otro sentido.”
El encuentro, realizado en el Auditorio de la Biblioteca Nacional del Centro Cultural Universitario (CCU), abarcó cinco mesas: I: La construcción ideológica y la ruina material. II: Adopción de un modelo distinto. III: Episodios. IV: Creación y conservación del muralismo mexicano del siglo XX: actualidad y perspectivas. Y V: Realismos.
Para Goldman la investigación en México tiene un alto nivel, y suficientes especialistas. El congreso representó la oportunidad de intercambiar conocimientos y experiencias sobre la relación entre México y Estados Unidos entre los años veinte a cuarenta.
Incluso mencionó como uno de sus modelos a la crítica de arte Raquel Tibol quien, dijo, es la más meticulosa en sus escritos porque analiza desde los materiales plásticos hasta el contenido ideológico de la obra:
“Cuando preparaba mi primer libro pasé cinco semanas en la hemeroteca, todavía estaba en el centro y no en el CCU. Al leer los diarios y las críticas me di cuenta de que Raquel, por su análisis político y estético, en el que utilizaba citas originales de Rivera, Orozco y distintos funcionarios, es la mejor crítica de arte en Latinoamérica desde hace 40 años.”
Aunque Tibol ya se retiró de la crítica, la consideró como “única por su profesionalismo” y se asumió como su más fiel discípula.
En alusión a lo que consideró carencias de formación en algunos de los participantes del encuentro, cuyos nombres prefirió omitir, señaló como esencial “el conocimiento de las técnicas plásticas en un investigador bien preparado”.
Y coincidió con Siqueiros en rechazar el lirismo de algunos críticos que escriben con un estilo “lleno de emociones”.
Citó entre otras de sus fuentes a Justino Fernández, aunque lo criticó por sus ideas “caducas”, y al especialista portugués Antonio Rodríguez.
Del Estado a las empresas
Goldman publicará próximamente un ensayo titulado Globalización y privatización de la cultura: el caso México, como parte del libro Globalización y América Latina.
Recordó que hasta el gobierno de López Portillo, México se caracterizó por el impulso cultural desde el Estado, y ubicó el período de Miguel de la Madrid como el inicio de una paulatina privatización.
Para Goldman, capítulo esencial de esta historia es el momento de la fundación del Museo Rufino Tamayo con fondos de la empresa Televisa:
“En ese entonces, el Museo Metropolitano de Nueva York (MET) tenía vínculos con personas de México, quienes opinaban que la colección de arte moderno donada por el pintor oaxaqueño no estaba a la altura del mundo, incluidas sus obras.”
Ante la indignación de Tamayo –quien en el límite del conflicto llegó al grado de amenazar con una huelga de hambre para que Televisa le regresara el museo–, retiraron su acervo e impusieron como director de la institución al neoyorquino Robert Littman, quien “sin conocimientos del idioma español ni gusto por el arte mexicano”, aplicó sus propios conceptos de arte moderno y contemporáneo con el respaldo del MET, y la aprobación de El Tigre Emilio Azcárraga Milmo”.
A la doctora en arte por la Universidad Estatal de California, Los Ángeles, le resulta difícil imaginar a una de las glorias de la plástica nacional muriendo en la huelga frente a la indolencia de las autoridades. Finalmente, debido a la presión del artista y de la comunidad que lo apoyaba, el museo fue devuelto por Televisa a la Secretaría de Educación Pública, y hoy forma parte de la red de museos del Instituto Nacional de Bellas Artes.
Pero Azcárraga Milmo no cedió en sus intentos privatizadores.
La especialista estadunidense retoma en su ensayo la fundación del Centro Cultural/Arte Contemporáneo bajo custodia de la empresa televisora, hasta el momento en el cual el sucesor Emilio Azcárraga Jean reconoce no estar interesado en la cultura, y decide cerrarlo.
Punto nodal de su texto será también la herencia que Natasha Gelman dejó al MET, cuando le donó la colección de artistas tempranos modernistas, entre ellos Matisse, Picasso, Miró, Bonnard, Braque, Legèr, Gris, Tanguy, Mondrian, Bacon y Dalí, reunida por su esposo Jacques Gelman.
En opinión de Goldman, el acervo, considerado como uno de los más importantes del mundo, no debió salir de México pues Gelman hizo su fortuna gracias al trabajo actoral de Mario Moreno Cantinflas.
Se sabe que recibía 35% de las jugosas recaudaciones en taquilla de las producciones de Posa Films, administradas desde Estados Unidos por la Columbia Pictures. (Proceso, 1125)
Hacia el TLC
Pionera en el estudio del arte mexicano en Estados Unidos, Goldman evocó que a pesar de las obras realizadas en ese país por Orozco, Rivera y Siqueiros, hasta 1977 no existió ningún interés entre los historiadores de arte, museos y galerías.
Relató que los investigadores valoraron el arte mexicano sólo después de su inclusión en las subastas de Sotheby’s y Christie’s.
No pasó por alto que el interés de las casas subastadoras obedecía a las leyes del mercado capitalista estadunidense: cuando las obras de los viejos artistas europeos subieron a un precio inalcanzable, buscaron como alternativa la cotización de la fotografía y obras latinoamericanas.
Entonces, un cuadro de Frida Kahlo valía 19 mil dólares, y una década después ascendió hasta los 3 millones de dólares.
Sorprende a la investigadora que en esa valoración del arte mexicano impulsado por el mercantilismo, coleccionistas mexicanos adquirieron obras en aquellas subastas y no en su propio país.
Posteriormente, a mediados de los ochenta, comenzaron a circular exposiciones, colecciones y simposium sobre arte mexicano desde Washington y Nueva York, hasta California.
El éxito del arte mexicano en Estados Unidos, dijo, fue capitalizado por el gobierno de México como instrumento de la política estatal en la firma del Tratado de Libre Comercio. Tal es el carácter que le asignó a la magna exposición México: Esplendores de treinta siglos en el MET, y posteriormente en otras ciudades de Estados Unidos.








