Pío IX y Juan XXIII llegan juntos a los altares Polémica beatificación de dos Papas: Uno “antijudío” y otro “comunista”

ROMA.- Uno es señalado como “absolutista” y “antijudío”, y otro como “procomunista” y “revolucionario”. Ambos fueron los máximos representantes de la Iglesia católica y, pese a ser antípodas, podrán ser objeto de culto en los altares.
Los Papas Pío IX y Juan XXIII serán beatificados de manera simultánea el próximo domingo 3 en una ceremonia encabezada por Juan Pablo II en la Plaza de San Pedro, como parte de los actos del Jubileo 2000.
El primero hizo el milagro de sanar a la monja María Teresa de San Pablo de una fractura en la rótula de la rodilla derecha. El segundo, también milagrosamente, curó a sor Catrina Capitani de peritonitis aguda con perforación gástrica. Ambas sólo necesitaron dirigir sus plegarias a los Papas de su devoción. Sin embargo, el anuncio de dicha beatificación simultánea ha desatado una discusión en torno de la política del Estado Vaticano. Estudiosos religiosos  no se explican cómo un Papa como Pío IX, quien entre otras cosas emitió la encíclica Quarta Cura, que condenaba todas las doctrinas políticas y filosóficas de su tiempo, subirá a los altares el mismo día en el que se beatifique a Juan XXIII, quien promovió, menos de un siglo después, la libertad religiosa y el diálogo con las otras Iglesias.
Los miembros del consejo editorial de la prestigiada revista internacional de teología Concilium, por ejemplo, se manifestaron contra la beatificación de Pío IX y destacaron la contradicción que, en su opinión, representa el hecho de que este año Juan Pablo II haya pedido perdón por los errores cometidos por la Iglesia y, al mismo tiempo, en unos días beatifique a quien los cometió.
Y es que, aseguran, Pío IX –quien dirigió los destinos de la Iglesia entre 1846 y 1878– encabezó acciones antijudías. En una proclama asientan: “En 1850, Pío IX hizo reconstruir los muros del gueto judío de Roma. La libertad de los judíos romanos se vio entonces restringida de nuevo. Niños secretamente bautizados fueron arrebatados a sus padres. Todos los judíos fueron sometidos a fuerte presión para que se convirtieran” (al catolicismo).
Y cuestionan la actuación del Papa Juan Pablo II: “En el primer domingo de cuaresma de este año, Juan  Pablo II manifestó solemnemente su arrepentimiento de tales actos de  violencia contra los judíos. ¿Cómo es posible beatificar a uno de sus autores eclesiales el mismo año en que otro se arrepiente amargamente por esos actos ante el mundo?”.
Más aún, aseguran que la próxima beatificación “haría dudar de la sinceridad del esfuerzo de la actual jefatura de la Iglesia en favor de la reconciliación y la verdad en el mundo”.
En junio pasado, la organización hebrea B’nai Brith –un importante grupo de presión en Washington– hizo llegar al Vaticano un mensaje en el que condena la beatificación y aseguran que Pío IX “demostró una fundamental falta de respeto hacia los hebreos y, en definitiva, hacia los derechos humanos inspirados por Dios”.
Y refieren el caso de Edgardo Mortara, un niño hebreo de seis años de edad que, en junio de 1858, fue arrebatado de su seno familiar por órdenes del Vaticano para ser llevado a Roma, donde fue convertido a la fe católica.
Las protestas de los padres de Mortara, en ese entonces, no sirvieron de nada, pues Pío IX se obstinó, e incluso adoptó al chico, quien años más tarde se ordenó sacerdote y dedicó su vida a predicar el milagro de su conversión.
Así, una vez anunciada la próxima beatificación, la comunidad judía comenzó a realizar acciones para detener la hoy inminente beatificación de Pío IX.
El presidente del Comité Internacional Judío para las Consultas Interreligiosas (CIJCI), Seymour Reich, afirmó en una carta enviada esta semana al Vaticano que “Pío IX perpetuó el desprecio y el odio de la Iglesia por los judíos. Hoy, y después de un siglo y medio, la comunidad italiana continúa amargada por este ataque al judaísmo (por el caso Mortara).
“Si la santidad es vista como bondad, sabiduría y coraje para realizar el bien y corregir los errores, entonces la conducta de Pío IX no coincide con la santidad”, concluye la carta dirigida a José Saraiva Martins, guía de la Congregación para las Causas de los Santos en el Vaticano.

Los inescrutables caminos del Señor

Estudiosos hebreos y católicos se reunieron en Roma y no descartaron que la polémica beatificación ponga en riesgo el nuevo clima positivo generado entre Italia e Israel a partir de la visita de Juan Pablo II a tierras israelíes, en marzo de este año.
Incluso, el mismo gobierno de Israel, según publicó el diario estadunidense The Washington Post, en junio de este año advirtió al Vaticano que “la decisión de beatificar a Pío IX podría dañar las relaciones con la Iglesia”.
Al respecto, monseñor Carlo Liberati, defensor del proceso de beatificación de Pío IX, salió en defensa de éste argumentando que “la Iglesia no puede ser juzgada con la visión del año 2000 y con toda la libertad religiosa con que contamos ahora”.
Pero en opinión de Richard McBrien, profesor de religión de la Universidad de Notre Dame y autor del libro La vida de los Papas, la beatificación de Pío IX representa “un gesto polémico de un ala conservadora del Vaticano por reforzar las tradiciones católicas que el Papa Pío IX quería preservar”.
Sobre el tema, el Vaticano adopta una postura totalmente hermética. Tanto el postulador de la causa de beatificación de Pío IX, monseñor Antonio Piocanti, como el de Juan XXIII, el franciscano Luca de Rosa, se niegan a abordar el tema. Argumentan que deben cumplir cabalmente con la “obediencia institucional”, que les impide emitir juicio alguno sobre la polémica desatada en torno de los Papas antípodas.
“De ninguna manera puede haber un parangón entre la labor hecha por los Papas Juan XXIII y Pío IX, porque simplemente el contexto y la situación histórica era otra”, señala De Rosa en breve entrevista con Proceso.
Para el sacerdote, perteneciente a la orden de los franciscanos, los detractores de Pío IX no tienen razón alguna en sus juicios. Sugiere que primero se “conozca la historia italiana”.
“Si alguien viene a tu casa y la quiere invadir, pues lo que haces, y es lo que hizo el Santo Padre Pío IX, es defenderla y tratar de salvar a sus hijos”, dice en relación con la dominación que el imperio austriaco ejercía en ese entonces sobre el territorio italiano.
Y sin más comentario, se niega a hablar sobre el tema: “Estoy aquí para hablar de la labor pastoral de Juan XXIII y no para hacerlo sobre la política de la Iglesia, y menos aún sobre el Santo Padre, a quien no se le toca”, sostuvo al tiempo que da por terminada la entrevista.
Y es que, ciertamente, Pío IX, el “Papa rey”, y Juan XXIII, el “Papa bueno”, como se les conoce, han representado para la Iglesia católica dos corrientes antagónicas a las que resulta difícil entender como parte de un mismo conjunto. Constituyen también una más de las contradicciones internas de la Iglesia, que el propio Vaticano no puede explicar.

Un rincón en el cielo

Una vez en el poder, Juan María Mastai Ferreti –quien una vez elegido Sumo Pontífice adoptó el nombre de Pío IX– se convirtió en el arquetipo del eclesiástico antimoderno, dotado de un carácter autoritario.
Prueba de ello fue la emisión de la encíclica Quarta Cura, que en su apéndice, el Syllabus, condenó por “desvaríos sociales” a todas las doctrinas políticas y filosófìcas que en ese tiempo fueran distintas a la católica. Así, liberalismo, socialismo, naturalismo, masonería, racionalismo y todo lo que representara modernidad, fue anatematizado por Pío IX.
En otro “acto memorable” proclamó el polémico dogma de la “infabilidad pontificia”, aprobado en 1870 durante el Concilio Vaticano I. Según este dogma, el Papa no podía equivocarse en materia de fe.
De acuerdo con el historiador Ermanno Aimone, el mayor error de Pío IX fue impedir a los católicos su participación como ciudadanos en la vida pública del nuevo Estado italiano, que fue instaurado en 1870 y que representó al mismo tiempo el final del Estado Pontificio.
“Un Papa que mantiene tropas mercenarias –considera Aimone–, que cobra impuestos y cuyo dominio es respaldado por las bayonetas de los soldados extranjeros, no corresponde al encargo de Jesús.”
En un contexto histórico diferente, la labor del Papa Juan XXIII es contrastante: Promovió la apertura de la Iglesia católica a las distintas corrientes del pensamiento que, según algunos de sus seguidores, hizo posible el posterior nacimiento de la teología de la liberación. Impulsor del Concilio Vaticano II, buscó la renovación dentro de la Iglesia católica y la apertura a los problemas mundiales.
Con todo, un sector de la Iglesia puso objeciones para iniciar su proceso de beatificación. Sus críticos sostienen que Juan XXIII fue demasiado conciliador con la izquierda, y algunos hasta lo tildan de comunista.
“Nuestro Papa Juan XXIII –explica De Rosa a propósito de estas posturas– ha sido criticado por ser conciliador con la izquierda, e incluso tachado de comunista, porque abrió las puertas de la Iglesia a los países del Este. Pero lo que buscaba era, como dice nuestro Evangelio, rescatar a las ovejas perdidas.”
El Concilio Ecuménico Vaticano II representó la síntesis del programa del pontificado de Juan XXIII, de seglar Angelo Giuseppe Roncalli y elegido Papa en octubre de 1958.
En la encíclica Ad Petrim Cathedram, este Papa definió claramente los objetivos del Concilio: “Promover el incremento de la fe católica, una saludable renovación de las costumbres del pueblo cristiano y actualizar la disciplina eclesiástica según la necesidad de nuestros tiempos”.
Evidente fue, pues, su espíritu reformista. Desde su primer discurso se distanció de su antecesor, Pío XII, puso en primer plano la dirección pastoral, habló sin recriminaciones del fin del poder temporal y destacó la función religiosa y moral del papado.
Frente a la tensión política de la época –la Guerra Fría–, intensificó sus acciones de paz, reanudó relaciones con los países comunistas y abrió, incluso, las puertas del Vaticano a personajes de regímenes antirreligiosos, como Adjubei, cuñado del entonces presidente de la Unión Soviética, Nikita Krushev.
Durante su breve pontificado –que concluyo el 3 de junio de 1963–, Juan XXIII fue el primer Papa en recibir una condecoración por su trabajo en favor de la paz mundial (Premio Internacional Eugenio Balzan); recibió por primera vez en el Vaticano a un sacerdote shinoísta y, en 1960, se reunió con Geoffrey Fisher, arzobispo anglicano de Canterbury.
Así, y con la contradicción que el hecho representa, este domingo, 3 Juan Pablo II agregará a la lista de beatos al último “Papa rey” y el más ferviente defensor del poder temporal,  y, también, al Papa que abogó por cambiar el rostro de la Iglesia en favor de la unidad y reconciliación de los cristianos.