Intolerancia y catolicismo

“Matadlos a todos; Dios reconocerá a los suyos”. Arnaud Amaury, Legado Papal, en la cruzada contra los albigenses, año 1209.
La polémica sobre el aborto y su legislación ha puesto de manifiesto el alto grado de intolerancia de algunos grupos sociales; a ambos lados de la disputa se esgrimen posiciones absolutistas que evidencian que nos falta mucho para aprender a resolver racionalmente nuestros conflictos y convivir en paz. La pluralidad de la sociedad mexicana en lo religioso, lo moral, lo político y lo cultural es un hecho y, aunque casi todos hablamos de respetar las diferencias y construir una unidad a partir de la diversidad, estos ideales abstractos resultan inoperantes al enfrentarnos a nuestras diferencias concretas.
La intolerancia más arraigada y virulenta es la religiosa; en ella entran en juego valores que muchas personas consideran absolutos e irrenunciables; ella apela al derecho sagrado de la libertad de conciencia; ella nutre también juicios y actitudes intolerantes en asuntos morales, políticos y científicos. La historia sociorreligiosa del país, conformado durante varios siglos por una cultura vinculada a la fe católica, explica la arraigada presencia en amplios estratos y regiones de actitudes intolerantes hacia otras religiones, o de rechazo de disposiciones jurídicas que se perciben como contrarias a la moral católica o no la reflejan cabalmente. El hecho de que muchos católicos sostengan que las normas que regulan la vida y la moral públicas deban ajustarse a las de su Iglesia por ser éstas las únicas verdaderas manifiesta una peculiar manera de entender la relación entre la verdad religiosa y el orden civil.
Si todas las religiones están expuestas al absolutismo, el catolicismo lo ha estado más que otras, tanto por la manera como concibe la relación de su magisterio con la verdad, como por su larga asociación con los regímenes políticos en muchos países. Ejemplos extremos de intolerancia católica los hay abundantes (uno de ellos el que sirve de epígrafe a este artículo), como abundantes son también los de muchas otras religiones. La Iglesia católica ha sucumbido, como otras en condiciones semejantes, a la tentación del monopolio de la verdad, a la pretensión de hablar “en nombre de Dios” sobre asuntos en los que Dios nada ha dicho y a la tendencia a confundir el ámbito de la jurisdicción sobre sus fieles con el de las normas civiles que comprenden a todos los miembros de la sociedad, independientemente de su filiación religiosa.
A pesar de las múltiples transiciones por las que atraviesa la Iglesia católica a partir del Concilio Vaticano II, sobreviven en muchos de sus fieles y de sus dirigentes, vestigios de la antigua concepción de “cristiandad” en la que se borraban las fronteras entre lo civil y lo religioso y los valores cristianos permeaban sin problemas la vida social. Sobrevive también una manera especial de vincularse con la verdad: muchos católicos fuimos formados en la conciencia de que la nuestra era “la única religión verdadera”, que el magisterio eclesiástico interpretaba (infaliblemente bajo ciertas condiciones) la única verdad revelada y que “fuera de la Iglesia no había salvación”, elementos, todos, difícilmente compatibles con la tolerancia que exigen las sociedades democráticas y plurales. La tolerancia era, a lo más, graciosa concesión hacia los no elegidos, generoso reconocimiento de que estaban en el error pero “de buena fe”.
Al interior de la Iglesia, estas concepciones están cambiando, han estado cambiando desde hace décadas, aunque lentamente y no en todos los sectores. Leo las siguientes afirmaciones de un teólogo católico contemporáneo (en una publicación, por cierto, “con las debidas licencias eclesiásticas”): “Todas las religiones son verdaderas y por lo mismo constituyen un camino real de salvación para los que honestamente las practican”. Por esto mismo “no existe religión absolutamente perfecta, pues ninguna puede agotar en su traducción humana la riqueza infinita del misterio divino”. Y algo más: “Toda religión es revelada y en ella acontece la salvación real de Dios”. (Andrés Torres Queiruga, Un Dios para hoy, Santander, Sal Terrae, 1997, pp.21s.). Esta nueva conciencia respecto a la identidad católica y al pluralismo religioso se fundamenta no sólo en que el Concilio Vaticano II afirmó la verdad y eficacia salvadora de las otras religiones (Nostra Aetate, n. 2), sino en el principio de que Dios ha creado a todos los hombres por amor y para ser felices en comunión con él, punto de partida muy distinto al de asumir que para salvarnos procedió por una “elección arbitraria” (del pueblo judío o de los cristianos llamados a la fe, con exclusión de los demás). De este nuevo enfoque se sigue una relación más humilde y abierta hacia las demás religiones, un espíritu de respeto a la especificidad cultural de otros credos y un reconocimiento de la “igualdad de condiciones” con cuantos, siguiendo su conciencia, piensan diferente. Es una fundamentación positiva de la tolerancia.
La profundidad de esta transformación mental en la conciencia tradicional del catolicismo queda bien expresada en la frase de otro respetado teólogo contemporáneo, E. Schillebeeckx: “Fuera del mundo no hay salvación” (en contraste con “Fuera de la Iglesia no hay salvación”), afirmación que, además, de evocar una valoración positiva de todas las realidades temporales, todas ellas amadas y dignificadas por Dios, sustituye a la institución eclesiástica por la realidad humana total como el escenario definitivo de la salvación.
Queda como tarea a todo católico cuestionarse sobre esta manera de concebir su identidad religiosa en el mundo de hoy; le queda la tarea de armonizar con esta nueva actitud de tolerancia el compromiso absoluto de su persona con las verdades que profesa, sin caer en la indiferencia ni el relativismo; y -la más difícil- la de ponderar, en los conflictos concretos que se le presentan (como el caso de la legislación civil sobre el aborto), las formas más convenientes en que los valores de su fe inspiren las normas de convivencia, incluyendo las legales, en el respeto a la manera de pensar de todos.
A los católicos de nuestro tiempo se nos pide una revisión muy profunda de los moldes culturales, signos y palabras, en que recibimos el mensaje cristiano, y en que lo experimentamos y expresamos. La inmensa mayoría de los conceptos, imágenes, formulaciones del dogma, directrices morales y ritos de nuestra religión provienen de los primeros siglos de nuestra era, a lo más retocados parcialmente en la Edad Media; después, en las grandes transformaciones culturales que sobrevinieron, prevaleció casi siempre la inercia de la restauración sobre los intentos de renovar la inteligencia de la fe en paradigmas conceptuales y simbólicos más coherentes con las sucesivas visiones del mundo de la historia humana.
Repensar desde la cultura contemporánea nuestra imagen de Dios y de su relación con el mundo es condición no sólo de congruencia y responsabilidad personal, sino de la eficacia de nuestra colaboración a la construcción del mundo. Repensar, en México, la identidad de la Iglesia a la que pertenecemos los católicos y replantear sus relaciones en una sociedad crecientemente plural, con fidelidad también al legado de sus valores en un país originalmente conformado por ella, es condición de la credibilidad de nuestro testimonio. Construir la tolerancia en nosotros y en los demás, en congruencia con nuestra fe, es obligación impostergable.
Algo semejante deben exigirse quienes profesan otras religiones.