Chiapas, el mensaje de la democracia

Para Germán Dehesa, a quien tanto quiero
Una de las constantes de la realidad de hoy es que, como alguna vez nos lo enseño Albert Camus, ya no hay sitios aislados. En la aceleración de un mundo que nos trae casi al instante los sucesos de la tragedia de un submarino que no se hundió a miles de kilómetros o la reyerta de un grupo de imbéciles en el Estado de México, estamos obligados a la solidaridad.
Algo de lo poco que nos ha enseñado el desarrollo indiscriminado de los medios de comunicación es que la injuria hecha a una indígena en la selva de Chiapas y el levantamiento de un grupo armado para defenderlo, alcanza, al mismo tiempo, a una ama de casa de Tepoztlán que a un estudiante africano; que un gesto de reivindicación de su dignidad pone en movimiento a un francés que deja su patria para irse a vivir al centro de la selva Lacandona y compartir el sufrimiento de hombres, mujeres y niños que jamás ha visto y por los que siento sólo la simpatía del semejante.
Casi ya no existe, como existía en el pasado, un solo dolor aislado en el mundo; un solo sufrimiento que no llegue a nuestra vida cotidiana e interpele nuestra magnanimidad.
Independientemente de los choques ideológicos entre individualistas que claman por la despenalización indiscriminada del aborto e integristas que claman por su penalización desmedida; independientemente de las formas de la barbarie caciquil y de la intransigencia ideológica que suscitaron los recientes enfrentamientos de Chimalhuacán y de Ocosingo; independientemente de la irresponsabilidad del caricaturista Ahumada que, en nombre de un derecho y de una libertad mal entendidas, tocó un símbolo que no puede ser tocado por un mínimo sentido de respeto a otros, y de las acostumbradas reacciones antievangélicas del cardenal Sandoval Íñiguez (a veces para vergüenza de mi catolicidad, los exabruptos sin matices del cardenal me recuerdan a Fidel Velázquez), la mayoría del pueblo de México ha ido conquistando el sentido de la solidaridad y de la magnanimidad.
El triunfo electoral de Vicente Fox el 2 de julio tiene que ver con eso. Alguna vez, en esta misma columna, escribí que ese triunfo fue un voto por la utopía, por lo que de ético hay en el discurso de Fox. Lo mismo puede decirse del apoyo que de una buena parte de la nación y del extranjero ha recibido el zapatismo desde que en 1994 el EZLN se levantó en armas. La mayoría del electorado no votó por lo que de liberal hay en Fox, sino por lo que de eticidad y de pluralismo hay en él; no ha defendido las razones del zapatismo por lo que de marxismo tiene y por su reivindicación de la lucha armada, sino por lo que de dignidad moral hay en él.
Recientemente, el 20 de agosto, la mayoría del electorado chiapaneco volvió a reiterar su solidaridad y su magnanimidad. Volvió a votar, en nombre del país, por la utopía. El mensaje, con la elección de Pablo Salazar Mendiguchía como gobernador de Chiapas, es claro: el nuevo orden que pide México no puede ser solamente nacional y globalizado; tiene que ser también plural y local; un orden nacional constituido por identidades plurales y autónomas que sirvan a la unidad del país. Ya no se quieren soluciones impuestas sobre modelos que se piensan absolutos y que benefician sólo a unos cuantos. El compromiso es con cada ser humano, con cada comunidad, con la diversidad del país. Ese mensaje le pide a Vicente Fox, a Pablo Salazar y al EZLN, que den los pasos necesarios para reanudar el diálogo (retiro del Ejército, desaparición de las guardias blancas, liberación de presos, control de los grupos en pugna, ruptura del silencio y formato para la reanudación del diálogo); lo pide, también, el grupo constituido para la reforma del Estado que mire este nuevo orden que clama el país para revisar concienzudamente la Constitución y, si es necesario, convocar a un nuevo Constituyente.
El mensaje es claro, la tarea difícil. Pero se trata de no perder el horizonte. La democracia, como bien lo definió Douglas Lummis, es una larga construcción histórica, un largo proceso que nunca está acabado y que se expresa siempre a través de la boca del pueblo. Ese mensaje, que es muy concreto con relación a Chiapas y con el nuevo orden que requiere el país, invierte los términos de la realpolitik que piensa a la política “como el arte de lo posible” y pide extender su dominio, hacer que lo posible se cree a partir de lo aparentemente imposible para reivindicar a cada ser humano. Lo que implica, más que un ejercicio  político, un ejercicio espiritual que nos permita poner entre paréntesis nuestras particulares visiones para conocer nuestra semejanza con la alteridad y, con ello, generar estructuras que, sin fracturar los ethos de las comunidades indígenas ni la unidad del país, posibiliten la creación de formas nuevas de convivencia en las que cada uno tengamos nuestro sitio sin menoscabo de nuestra dignidad.
Además, opino que hay que respetar los acuerdos de San Andrés.