Hasta en las mejores familias

El debate creciente sobre los talk shows ha descansado hasta hoy sobre el legítimo principio de generar un adecuado equilibrio entre la libertad de expresión y la responsabilidad social. En este punto no debe (no puede) haber concesión alguna. La agenda del debate, a mi juicio, empero, no debe pasar por una descalificación a priori de un género de hacer televisión, sino de discriminar programas de acuerdo con  criterios de calidad; es decir, separar el género de la especie. Y en este terreno el programa de Televisa Hasta en las mejores familias es todo un caso para el análisis reposado. Hay de entrada dos interrogantes que vale la pena despejar: ¿Son todos los talk shows iguales? ¿Hay alguna diferencia entre el programa Hasta en las mejores familias de Televisa y el de Cosas de la vida de Televisión Azteca que se transmiten en el mismo horario?
Encontrar respuesta a la primera pregunta no parece ser tan complicado. Baste decir tan sólo que el programa de Adal Ramones constituye una muestra palmaria de que es posible elaborar talk shows discutibles, pero que no parecen rebasar la línea divisoria entre el desenfado irreverente y el ataque a la vida privada y a los principios mínimos de la moral social que el artículo sexto de la Constitución establece como límites de la libertad de expresión. No hay, al menos, críticas publicadas y movilizaciones ciudadanas en esa dirección.
Por lo que hace a la segunda cuestión, habría que responder que también es posible advertir diferencias entre Hasta en las mejores familias y Cosas de la vida. Hay dos fuentes que avalan esa percepción. Por un lado, se encuentran demandas específicas de la ciudadanía para que se retire del aire el programa de Televisa (ver la nota de Columba Vértiz publicada en Proceso 1231) y, por otro, los resultados que muestran diversas encuestas de opinión. Así, por ejemplo, una encuesta de Gallup México levantada los días 5 y 6 de agosto, en 27 ciudades donde IBOPE mide ratings, a través de entrevistas telefónicas con una muestra total de 646 personas entrevistadas (329 del sexo femenino y 317 del sexo masculino) arroja datos interesantes.
A la pregunta: “Algunas personas consideran que este programa es violento y, por lo tanto, es negativo, mientras otras consideran que aunque sus temas son fuertes dejan algún mensaje y, por lo tanto, es positivo, ¿usted qué opina?”, las respuestas fueron las siguientes: El 68% dijo que Cosas de la vida es positivo porque deja mensaje, mientras 21% afirmó que es negativo por violento; por el contrario, 62% de los encuestados sostuvo que Hasta en las mejores familias es negativo por violento, en tanto 33% aseveró que es positivo porque deja mensaje. De igual forma a la pregunta sobre si considera que el programa es nocivo para los niños, 32% contestó de manera afirmativa en Cosas de la vida contra 63% de Hasta en las mejores familias.
En la parte de atributos o valores de los programas en cuestión, 68% afirmó que Hasta en las mejores familias induce a la violencia contra 31% que piensa lo mismo de Cosas de la vida. El 70% considera que Hasta en las mejores familias es vulgar, mientras que 27% tiene la misma percepción de Cosas de la vida. Y 51% dijo que cree que en Hasta en las mejores familias a los participantes les pagan y les señalan qué decir, a diferencia del 25% que tiene esa impresión de Cosas de la vida.
Así, pues, incluso si se aceptara que pueden existir más o menos márgenes de error en la encuesta, cabe deducir de manera razonable que para los televidentes la oferta de Televisión Azteca es mejor o menos mala que la de Televisa. Lo que habría que cuestionarse ahora es por qué Televisa ha optado por esa ruta de exaltación de la violencia y de erosión del uso correcto del castellano. No parece tratarse de falta de experiencia o de impericia en hacer televisión; antes bien, la empresa de Azcárraga Jean sabe hacer su trabajo desde mucho tiempo atrás. La respuesta apunta más bien hacia una dirección muy distinta y tiene que ver con una estrategia hasta ahora exitosa para quitar del camino a Televisión Azteca. El asunto se reduce, pues, a una cuestión de pesos y centavos. Nada más, pero nada menos.
La estrategia parece operar de la siguiente forma: Televisión Azteca salió al aire con su polémico programa Cosas de la vida en el Canal 13 -el canal principal de esta empresa- moviéndose en los límites del umbral de tolerancia de la sociedad organizada (pero sin ser suficientemente provocador como para recibir una crítica sistemática de los grupos sociales organizados), sube su rating y, por ende, aumenta sus flujos de publicidad -que generalmente no se adquieren para cada programa, sino por franjas horarias que cubren un conjunto de programas- a costa de los ingresos que dejan de entrar a Televisa, pues el mercado publicitario en puja es prácticamente el mismo. Frente a este hecho, la respuesta de Televisa para recuperar el ingreso perdido es ofrecer y promocionar Hasta en las mejores familias en el canal 9 -que obviamente no es la carta fuerte de esta televisora- en el mismo horario que su similar del Ajusco y aumentar los niveles de violencia y sordidez para rebasar inmediatamente el umbral de tolerancia social, generando una reacción ciudadana a los efectos de reparar el daño social infringido a través de contenidos agraviantes.
La movilización comunitaria hace pensar en que únicamente pueden producirse dos resultados con respecto de los talk shows en cuestión. Y en ambos casos Televisa parecería salir airosa. Si la Secretaría de Gobernación acuerda mediante mecanismos metajurídicos -recuérdese que, salvo una interpretación amplia de la ley,  no hay en estricto sentido elementos jurídicos para adoptar una medida definitoria- que Televisa y Televisión Azteca retiren del aire sus programas, gana Televisa, pues Hasta en las mejores familias se transmite en el canal 9, generándole una pérdida mínima en relación con el ingreso por publicidad que recuperaría para el canal 2, que dicho sea de paso es su pilar institucional. Si, en cambio, el acuerdo consiste en transmitir los programas después de las 10 de la noche, triunfa del mismo modo Televisa, porque rompe la franja horaria de Televisión Azteca con niveles sostenidos de rating -y, por tanto, de atractivo publicitario- a partir de las 4 de la tarde que había logrado durante este año y finales del pasado, regresando también los anunciantes que habían salido de Televisa.
Pero no sólo eso. Televisa gana igualmente su imagen frente a la sociedad al ofrecer en un momento determinado el retiro de Hasta en las mejores familias -que parecer haber jugado un papel de moneda de canje- siempre y cuando Televisión Azteca haga lo propio con Cosas de la vida. La jugada perfecta, pues. El asunto es mucho más complejo de lo que había parecido a simple vista. No debería la sociedad convertirse en rehén involuntaria de Televisa en sus pugnas por el dinero publicitario con Televisión Azteca, pero tampoco puede sostenerse que la actual factura de Cosas de la vida representa un paradigma de televisión de calidad, aunque sea menos afrentosa que la versión de Televisa.
Hay que insistir en la ruta de la ética y de la autorregulación efectiva. Televisión Azteca ha dado ya los primeros pasos en este camino con la expedición de un código, aunque debe todavía recorrer un amplio trecho para que se observe un equilibrio razonable entre lo que sostiene y lo que se refleja en la programación cotidiana. Televisa, por su parte, ha permanecido impermeable a toda responsabilidad social, pues hasta donde se sabe no ha expedido ningún tipo de reglas éticas. La solución de fondo en materia de contenidos televisivos -y eventualmente radiofónicos- sería adoptar un código deontológico compartido entre Televisa y Televisión Azteca con compromisos muy claros, tanto por lo que se refiere a las reglas de competencia voluntariamente asumidas en un fair play empresarial, como por lo que hace al respeto de los derechos de los ciudadanos en la programación. Sobra decir que junto a la adopción de este código debería formarse un consejo de estándares o de ética, cuyos miembros podrían ser designados por consenso entre las televisoras con personas no vinculadas profesionalmente a ellas y dotadas del prestigio profesional y de la calidad moral idóneos para traducir en actos esas reglas deontológicas. Reglas que habrían de nacer del compromiso expreso de Televisa y Televisión Azteca para servir a México. ¿Sería mucho pedir? ¿Es una utopía solicitar el imperio de la prudencia y la responsabilidad para el bien común generando un círculo virtuoso en el que todos ganen y nadie pierda? Me parece que no sólo es deseable, sino que es posible. De no ser así e incluso aunque haya reformas legales en la materia -que siempre establece reglas de mínimos en el ámbito de contenidos programáticos- el Estado de naturaleza hobbesiano, donde todo vale y la única regla que se impone es la ley del más fuerte, habrá de seguir prevaleciendo. Hoy, Televisa le mete zancadilla a Televisión Azteca con métodos deshonestos, manipulando a la sociedad en sus empeños, pero mañana podría suceder lo contrario.
Es desgastante que la sociedad organizada siga adoptando una estrategia de estímulo-respuesta programa por programa. No. Considero que debe asumir una actitud proactiva que consistiría, entre otras cosas, en hacer equipo con las televisoras si éstas deciden dar el paso para comprometerse, por decisión propia, con los mejores intereses del país.
(Comentarios: ernestvillanueva@hotmail.com)