Un autor, Freud, para quien el Shakespeare que conocemos no era el auténtico Shakespeare ni Moisés era Moisés, invita –borgianamente– a sospechar que él mismo disfraza al Freud que secretamente se inspiró en Nietzsche, como intuyeron otros autores además de Jaspers.
Assoun cree haber demostrado el “extraño caso de dos prospectores que se pisan sin cesar los talones uno al otro, localizando las mismas huellas, registrando índices análogos, estableciendo atestados de descubrimientos a veces idénticos hasta en la letra…”.
Es indudable que se trata de un caso bien extraño, pues difícilmente Nietzsche le habrá pisado los talones a Freud. Después de 10 años de enfermedad, Nietzsche muere cuando apenas se divulgaba La interpretación de los sueños: 1900. Aún así, ¿cómo interpretaríamos el psicoanálisis de Freud según algunas de las tantas interpretaciones de Nietzsche?
Consideremos tres categorías: el inconsciente, la interpretación, y la naturaleza del yo.
Hoy, apenas se duda en reconocer –con Nietzsche– que el Inconsciente no es un lugar espacial ni es parte funcional del cerebro. No es un sustantivo, sino un adjetivo. Es sombra inseparable de cada intención, pensamiento o acto. Lo inconsciente es la relativa falta de valoración o significancia de cada representación. La imprevisión por las consecuencias. El desconocimiento de las propias posibilidades y del derecho a la libertad. Finalmente, es la presunción que impulsa al proyecto fantástico (consciente) al precio de ignorar de que sea una ilusión (inconsciente).
La neuro-bio-psicología moderna desacredita la noción freudiana de censura. Los sueños son transparentes y se muestran sin disfraz, sin la “elaboración secundaria” que construyó Freud para manipular sus principios teóricos (Hobson). También se duda de la represión, la que Nietzsche reconocía como principio del orgullo. Si bien la represión continúa fascinando a muchos, según Schacter es difícil de probar y no explica convincentemente el olvido psicogénico.
Acerca de la interpretación
Que el mundo insulte (Einstein), en su tiempo hizo creer en Dios a Descartes. Pero, en el “animal humano” (Nietzsche), no hay correspondencia entre conocimiento e instintos. El conocimiento refleja, en la superficie, la lucha y el compromiso entre los instintos (Focault), pero es resultado de la lucha por el poder, es testimonio de cómo se odian entre sí los hombres que procuran dominar a los otros. Las nuevas interpretaciones de esta lucha sempiterna deberán apoderarse y, a la vez, desalojar –mediante violencia– a las interpretaciones precedentes (Focault). Durante años, Freud se refugió en la idea del principio de placer. Fue tardíamente que aceptó la existencia de la lucha violenta, pero la abismó, unilateralmente, con radicalidad tanática.
Después de Nietzsche desaparece la presunción de la interpretación única. No hay relación confiable entre las interpretaciones y las representaciones mentales. Incluso el Id o Ello, es una interpretación, no una realidad. El hecho en sí, a nivel mental es inalcanzable: Será objeto de interpretaciones infinitas. La protectora pretensión de Freud fue la interpretación única, definitiva. Pero esta imposición de Freud es un claro ejemplo de la interpretación nietzscheana de la verdad: proceso que convierte el mundo real en una fórmula, en una ficción –aunque sea útil para tener poder sobre el mundo o resulte necesaria para la vida (Cacciari). La verdad, forma de organizar el material sensible, predispone a exhibirse como infinito sojuzgamiento. Ya que no hay un contexto único para todos los seres humanos (Rorty). Los pacientes freudianos conocieron de primera mano la experiencia de ser sojuzgados. Un ejemplo inolvidable, el hombre de los lobos, a quien Freud endoctrina, le inventa un destino y una “explicación psicodinámica”; a quien inútilmente trata de imponerle su verdad. Cuando Ferenczi resolvió confesarse ante el paciente, en busca de una relación democrática, en la que el analista asumiera alternativamente el papel del paciente, se encontró con el rechazo de Freud, y fue diagnosticado por Jones como demente.
Sobre el Yo
Freud presume un yo compacto, que ocupará, nada menos, el lugar del Id. Pero, en su “testamento”, en Análisis… interminable, acaba por reconocer que el yo se tambalea débil, acosado y envidioso. Freud no intuye la disociación del Yo, la división entre los “yoes”, que reconocerá Fairbairn, y que Nietzsche había avizorado como lucha íntima. La crítica de Nietzsche a la metafísica del ego, hoy puede rescatarse en el yo narcisista y carencial de Winnicott, Kohut y Lacan.
La ficción del Yo, según Nietzsche, encuentra un eco, quizá involuntario, en Dennett, para quien el Yo puede ser reconocido como un centro biográfico: la del “novelista” que a su vez protagoniza su novela personal.
Superar el Yo ilusorio (Winnicott diría: Yo falso) para Nietzsche implica inventarse a sí mismo, superarse, crearse, hacerse original y único. Libre de la invención del otro, me inventaré a mí mismo. Es una invitación promisoria. Pero, ¿en cuál espejo podré ponderar mi autocreación, mi originalidad? ¿Cómo sabré si dejo de ser Jekyll y me transformo en Hyde? ¿Quién me salvará de la metamorfosis si me aparto como Samsa? ¿Y si el superhombre resultara ser un “embrión gigantesco”? Nietzsche ascendió a los cielos y dejó al Yo desamparado, que no por tanto psicoanalizarse se fortalece.
Habrá que retornar siempre a Nietzsche para no extraviarse con la verdad única de los hiper-irracionalistas, de los nazistas… Sin olvidar que la más profunda crítica desenmascaradora de la razón, de las ilusiones del Yo, de la verdad-ficción, Nietzsche la intenta fuera de la razón (Habermas).
Freud nos legó el señuelo de su psicoanálisis. Pero Nietzsche hace la crítica del Yo desde el Id. ¿Con qué lenguaje se puede pensar a través del Id? Wittengstein se topó con este límite. Nietzsche pretendió ser ilimitado…








