El aborto y la polémica superficial

El Congreso del estado de Guanajuato, con mayoría panista, desató la polémica: aprobó una ley que penaliza a las mujeres que decidan el aborto en caso de violación. En criterio casi unánime, se coincide en el rechazo y la reprobación. Adicionalmente, hay coincidencia en la falta de oportunidad sobre el tiempo, los medios carecen de información, el vértigo del proceso electoral quedó atrás y el campanazo del Congreso de Guanajuato encontró amplios espacios disponibles para abrir el debate y la discusión.
En el debate han prevalecido el amarillismo, el amarre de navajas, la superficialidad; Vicente Fox expresó claramente la censura al Congreso de Guanajuato, estado que gobernó hasta el lanzamiento de su candidatura a la Presidencia de la República. El PAN como partido y a través de sus líderes más destacados, se sumó a la censura. Los partidos políticos derrotados en la elección reciente, PRD y PRI, se dieron gusto y vuelo para lanzar sobre los diputados panistas que aprobaron la reforma, y al PAN como partido, juicios cargados de revancha. Los adjetivos abundaron: mochos, clericales, intolerantes, son muestras de un inventario abultado que chorrea el propósito sin disimulo de aniquilamiento y devaluación.
Columnistas, ideólogos, intelectuales, asociaciones, políticos, maestros universitarios, añadieron voces y renglones al debate. En el balance, fue evidente la mayoría de quienes aprueban irrestrictamente  el aborto o se pronuncian por establecer causales que lo justifican. Entre los argumentos de este pro mayoritario destacaron el derecho de la mujer a la libertad para defender su cuerpo y destino, y los feminismos a ultranza. Voceros destacados de la Iglesia católica, los cardenales de México y Guadalajara participaron intensamente en el debate, desafortunadamente transitaron sobre la superficie, lanzaron amenazas de excomunión, dieron respuestas airadas a quienes discrepan de sus tesis.
Pudiera afirmarse que los grandes ausentes en la polémica fueron el niño concebido, el concepto de la vida, la indefensión total frente a la ley y la voluntad materna. No se habló de su vida, no se planteó el momento en que la víctima ingresa al mundo de los vivos, de su derecho a vivir o de la muerte como destino manifiesto. Han faltado el aliento, la sensibilidad humana y en el contraste han prevalecido el dogma, la intolerancia; han sobrado la pasión y el desencuentro, se ha reducido a una irracional yuxtaposición de monólogos entre abortistas y antiabortistas.
La polémica no es nueva, tiene raíces centenarias. Hay quienes afirman y sostienen que en el instante mismo de la concepción se inicia la vida, hay otros que pretenden sujetar al tiempo ese mágico encuentro y en evidente hipocresía se resisten a indentificarlo con el alumbramiento frente al sórdido espectáculo del médico que aplica al recién nacido la inyección letal en el instante mismo que anuncia su llegada a la vida mediante el grito obligado de llanto.
Hay otras voces, menos extremistas, que se pronuncian por una legislación que determine las fronteras entre lo permitido y lo prohibido. Aquí, ahora, la de Rosario Robles que envía a la Asamblea del Distrito Federal una propuesta que plantea atenuantes para interrumpir el embarazo en casos graves de malformación del producto o cuando haya riesgos en la salud de la mujer. Hay un dato grave que conviene subrayar: “el albazo legislativo” para plantear su propuesta a una Asamblea prácticamente en extinción, le faltan diez días, y aprovecha ese plazo fulminante para lograr la aprobación de una institución agonizante en la que su partido, el PRD, todavía tiene mayoría.
Sobre el tiempo “llovió sobre mojado”, unas cuantas semanas antes el caso Paulina, una mujer adolescente, 13 años si la memoria es fiel, acusa a funcionarios del gobierno panista de Baja California de obligarla a continuar el embarazo a pesar de que el hijo fue concebido en una violación. Los medios le dieron los espacios mejores, del anonimato brincó a la estridencia de la publicidad. Los días transcurren, a Paulina ya le gustó ese mundo estridente que jamás imagino transitar, se deja querer en su protesta y alimenta mediante declaraciones reiteradas el daño terrible que le hicieron quienes le prohibieron el aborto. En la contradicción, esta madre tan publicitada no disimula la ternura y el cariño crecientes que el hijo recién nacido le inspira y lo manifiesta en caricias que evidencian su condición materna. Todo hace pensar que transcurrido el tiempo, apagadas las candilejas olvidada por quienes hoy la aprovechan para atizar los fuegos de una polémica terriblemente ideologizada, Paulina será una madre que dedicará tiempo y vida a la formación del hijo no deseado.
Mucho más atrás, julio de 1968, Pablo VI publica una Encíclica sobre la regulación de la natalidad que desató a nivel universal una enconada polémica. En su capítulo destinado a las vías ilícitas para la regulación señala: “Debemos una vez más declarar que hay que excluir absolutamente como vía lícita para la regulación de los nacimientos la interrupción directa del proceso generador ya iniciado, y sobre todo el aborto  directamente querido y procurado aunque sea por razones terapéuticas”.
Entonces, como ahora, la polémica quedó atrapada en las ideologías, la política, el anticlericalismo rabioso, la intolerancia que resta coherencia y consistencia al debate.
El tiempo es el gran promotor de los olvidos. En breve, unas cuantas semanas, el debate sobre el aborto quedará como siempre transitoriamente liquidado, será cadáver en el clóset, guardado para rescatarlo en nuevas turbulencias. Mientras tanto, aquí, ahora, se repite la vieja lección, la ausencia injustificable de datos esenciales: la racionalidad, la sensatez, la doctrina como puntos de apoyo para dar a la polémica contenido y los derechos del hijo concebido que en el vientre de la madre inicia el proceso de la vida con sus desafíos y misterios, victorias y derrotas, lucha milenaria entre el bien y el mal, hombre irrepetible.
Que el debate no se quede en la miopía o mezquindad de anti o proabortistas, en el albazo de la capitalización política, en el encono rencoroso de la intolerancia y se abra un diálogo iluminante, racional, ético, que busque conciliar los derechos de la mujer, la indefensión del niño concebido, el castigo implacable al violador, el análisis de las causas que inducen al aborto para buscarles respuestas de equidad y justicia, la conciliación de los extremos y la liquidación de los dogmas.