Un mes después de la derrota del 2 de julio, en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, se reunieron 40 intelectuales de izquierda para discutir “Las lecciones del 2 de julio” y lo que seguramente va a ser el problema principal en el próximo sexenio: “La cuestión social”.
El objetivo fue crear un foro para el libro flujo de ideas y opiniones, al margen de compromisos políticos o de grupo y sin más vía que el ejercicio del pensamiento crítico. La composición de la asistencia, una mezcla de expertos en los dos temas y de pensadores de izquierda que se esfuerzan en ver más allá de las especialidades. Hubo pluralidad de enfoques, lenguajes y prácticas. Marxistas declarados, liberales, partidarios de la democracia radical y eclécticos. Hubo gente del PRD y de otros partidos, personas activas en las ONG y simpatizantes del EZLN. Pero los más eran académicos sin militancia alguna.
Hacia el segundo día comenzó a generalizarse la sensación de un espacio recobrado, pero también la constatación de profundas diferencias. Ciertamente existe un territorio que podemos llamar “pensamiento de izquierda”, pero sus fronteras se han hecho más borrosas que hace dos décadas. A todas luces hay un cúmulo de experiencias compartidas, si bien éstas son más diversas y no siempre compatibles. Como antes, hay radicales y moderados, y ahora comienza a definirse un nuevo nudo de diferencias: las que van surgiendo entre tres generaciones de gente de izquierda que hace mucho no dialogan. Hubo reencuentros estimulantes y choques inevitables. Durante intensas 25 horas de trabajo y comunicación, aparecieron en abundancia las nuevas ideas y los enfoques inesperados, pero tampoco faltaron los actos de fe y los clichés. Si sumamos los resultados del encuentro a los obtenidos en la Universidad de Puebla en octubre del año pasado y en otros seminarios similares que han tenido lugar en estos meses, podemos decir (con cautela pero sin escepticismo) que la refundación de la izquierda en el campo de las ideas y el pensamiento, se ha iniciado. Con independencia de las organizaciones políticas, liberándose del peso de las ilusiones perdidas, con un toque nuevo de tolerancia, la reconstrucción de lo que fue un torrente tumultuoso de la cultura mexicana, comienza a tomar forma. Los procesos de la recuperación crítica del pasado, el análisis sistemático del presente y la búsqueda imaginativa de ideas innovadoras para el futuro desde el mirador de la izquierda, comienzan a confluir y pueden sorprendernos con sus primeros frutos maduros en los próximos años.
Quizá la lista de algunos de los asistentes y sus aportaciones nos ayuden a transmitir una idea más precisa de lo que ahí sucedió. El filósofo Luis Villoro avanzó en la elaboración de su idea de una izquierda pluralista en las ideologías, las demandas y las forma de organización. Gabriel Vargas, de la misma especialidad, defendió la vigencia de ciertos enfoques marxistas para los problemas actuales, y Marcela Lagarde discutió los problemas de un feminismo de izquierda. Pablo González Casanova profundizó en el tema de la democracia en el México de hoy y Víctor Flores Olea disertó sobre la democracia radical como concepto central del pensamiento de la izquierda. Historiadores como Carlos Aguirre, Alexandra Moreno Toscano, Víctor Orozco y Elisa Servín abordaron el problema de la cuestión social con un enfoque histórico o cultural. Los economistas León Bendesky, Esthela Gutiérrez, Macario Schettino, José Ayala, José Luis Ávila, analizaron las causas de la distribución negativa del ingreso, las políticas sociales y las alternativas a la política económica actual. David Barkin informó sobre el surgimiento de asociaciones comunitarias para la producción y distribución en el marco de la mundialización, y Víctor Quintanilla habló de formas de resistencia popular a los estragos del TLC en la agricultura en Chihuahua. No podía faltar la comunicación de Luis K’Fong sobre las obreras de las maquiladoras. Sociólogos, politólogos y antropólogos como Octavio Rodríguez Araujo, César Cansino, Silvia Gómez Tagle, Antonio García de León y Daniel Cazes hablaron de las elecciones pasadas y la situación actual del país.
Las sesiones fueron interrumpidas durante dos horas para visitar la planta de una conocida trasnacional que, establecida en Ciudad Juárez, se encuentra ubicada a algunos metros de la frontera. Diseñadora y probadora de piezas de automóvil para una empresa que abastece 20% de la demanda mundial, la fábrica-laboratorio, que ocupa a cientos de ingenieros mexicanos y trabaja con una tecnología de punta, nos ayudó a ubicar el encuentro en los “Muchos Méxicos” de la actualidad. El de los obreros virtuales a los dos lados de la frontera norte, los rancheros del Bajío, los vendedores ambulantes del DF, los profesionistas desocupados o subocupados de todos lados, los campesinos de Michoacán y los indígenas de Chiapas. Una idea se fue abriendo paso: lo más difícil hoy, es encontrar los enfoques y los discursos que puedan fundir a todos estos sectores en movimientos con cierta cohesión y capacidad de acción efectiva para abordar a fondo la cuestión social.
Enrique Montalvo describió el cambio de actitudes que sobre ese problema se ha producido en el mundo en los últimos 30 años. Sostuvo que la disputa principal entre derecha e izquierda tanto en la posguerra como hoy es y sigue siendo la cuestión social. En la posguerra, fue marcado por el avance y la difusión de la idea de que la sociedad debía organizarse para reducir las desigualdades. Cristalizó en la consolidación de las economías estatistas en el Este, el Estado Benefactor en Europa Occidental, los proyectos de desarrollo de los países recién liberados del colonialismo. En esos años, los desafíos señalados por la izquierda a lo largo del siglo XX, se impusieron. Pero ese consenso ha sido destruido por una gigantesca ofensiva del capital y las crisis tanto del Estado Benefactor como del estatismo a partir de los años setenta. Así es como pudieron iniciarse una serie de reformas, primero en Estados Unidos e Inglaterra y luego en el resto del mundo, tendientes a redistribuir negativamente el ingreso, alargar las horas reales de trabajo y cargar los efectos de la crisis a los países del Tercer Mundo. Las justificaciones económicas que se enarbolan para esas reformas no pueden ocultar su verdadero contenido antipopular, pero han sido efectivas para destruir el consenso por la igualdad del pasado.
Los economistas coincidieron que el papel de México en ese proceso ha sido deplorable. En los últimos 20 años el producto per cápita no crece y la distribución se hace más regresiva. A la “vieja cuestión social” heredada de 200 años de desigualdad que tres revoluciones no pudieron cancelar, se ha venido a sumar una “nueva cuestión social” producto de los últimos 20 años que multiplica marginalidades y exclusiones en sectores que hace sólo dos décadas eran el orgullo del “milagro mexicano”.
Se discutió también el problema de los sujetos en la lucha contra el desempleo, la redistribución del ingreso y el combate a la pobreza y se reconoció que ese es un problema complicado que apenas se comienza a abordar.








