El 2 de julio pasado, mientras que en el resto del país los mexicanos saludaban la alternancia democrática, en Chiapas, el PRI celebraba una nueva victoria. Así, no han faltado quienes afirmaron que este estado sigue siendo un sólido bastión tricolor y que su candidato a la gubernatura se encuentra en una posición ventajosa ante los comicios locales del próximo domingo 20. Pero, ¿será Chiapas verdaderamente la excepción de la vida política mexicana?
Las apariencias pueden engañar. Un análisis más atento de las tendencias electorales de la última década arroja una imagen muy distinta. El PRI chiapaneco -a pesar de conservar el primer lugar en el estado- acaba de registrar su descenso más importante desde 1994. Por otra parte, si bien el número de votos a su favor aumentó con respecto de 1997, en términos absolutos el tricolor sigue movilizando menos electores que en el resto del país. De ahí la necesidad de abandonar ciertos mitos. Chiapas ya no es el “granero electoral” de ningún partido y las elecciones venideras se anuncian más reñidas que nunca. En ellas competirán principalmente dos candidatos. Pero serán las preferencias de los chiapanecos -y en particular las de aquellos que se han abstenido en el pasado reciente- las que determinarán quién será el futuro gobernador del estado.
El fin de la hegemonía
Como bien ha manifestado el historiador Juan Pedro Viqueira en un artículo reciente, la victoria del PRI en Chiapas recuerda mucho la de Pirro en Heracles.1 Si bien el 2 de julio el tricolor obtuvo 46% del voto válido, también es cierto que registró su disminución relativa más importante desde 1994, perdiendo cinco puntos con respecto de las elecciones federales de 1997. Ciertamente, en términos absolutos, el electorado priista se recuperó significativamente, pasando de 17% a 23% de los inscritos en la lista nominal. Sin embargo, como lo muestra la gráfica 1, en realidad el PRI sigue movilizando menos ciudadanos en Chiapas que en el resto del país. En otras palabras, los resultados aparentemente excepcionales del tricolor ocultan su debilidad estructural desde 1994 y se explican esencialmente por dos factores.
El primero de ellos es la división del voto opositor. En el sexenio pasado, el PRI ha tenido que compartir la mitad del electorado chiapaneco con varios partidos de oposición, entre los que destacan el PRD y el PAN. De hecho, gracias a la polarización de las fuerzas opositoras ha podido conservar las riendas del poder en la mayor parte del estado, a pesar de movilizar cada vez menos ciudadanos. No obstante, en los próximos comicios para gobernador dicha división dejará de jugar a favor del tricolor. En efecto, Pablo Salazar logró sumar en torno a su candidatura a prácticamente todos los partidos de la oposición, lo que -a la luz de los resultados del 2 de julio- lo sitúa en una posición excepcionalmente ventajosa, entre siete (legislativas) y 10 puntos (presidenciales) por delante del PRI (gráfica 2). Pero existe otro factor de mayor importancia: el voto potencial de aquellos ciudadanos que, por razones diversas, habían dejado de expresar su sufragio en los últimos años.
La importancia de los abstencionistas
Para poder evaluar la importancia estratégica de los antiguos abstencionistas en los próximos comicios, es preciso recordar la evolución de la participación electoral desde 1991. En la década pasada, el abstencionismo en Chiapas fue notablemente superior al que caracterizó al resto del país. Después de registrar un repunte excepcional en 1994, a partir de 1995 la participación cayó por debajo de 50% para tocar fondo en las legislativas de 1997, con apenas 35% de los inscritos en la lista nominal. Por ello, la reciente reducción del abstencionismo -que disminuyó de 65% a 48% en las presidenciales del 2 de julio- tiene que ser destacada. Indica el interés renovado de los chiapanecos por las elecciones y augura una participación aún mayor para la contienda por la gubernatura (que desde meses ha venido suscitando muchas más pasiones que los comicios federales). Pero, ¿a qué se debe el alto abstencionismo en Chiapas y a quién puede favorecer su probable disminución el próximo domingo 20?
Para empezar, volvamos a destacar la fragilidad del predominio electoral del PRI desde 1994. A pesar de movilizar menos electores que en el resto del país, este partido obtiene aparentemente mejores resultados porque el alto abstencionismo debilita antes que nada a la oposición. Ello nos remite al impacto contradictorio del conflicto armado sobre la transición chiapaneca. Después de contribuir a derrumbar la hegemonía tricolor en 1994, la crisis política tiende a frenar la consolidación del multipartidismo en el estado, bloqueándola particularmente en la zona zapatista. Esto se debe en parte a la militarización y a la estrategia antielectoral de los rebeldes, pero también a la actitud de otros actores sociales que -con contadas excepciones- tienden a rechazar la vía electoral, ya sea por razones prácticas o ideológicas. Irónicamente, tal comportamiento debilita sobre todo al PRD, cuyo electorado potencial pasa a engrosar las filas de los abstencionistas.
Ello fortalece, a su vez, la posición electoral del PRI que conserva la mayor parte del poder, a pesar de movilizar menos de una cuarta parte de la ciudadanía (gráfica 3).2
Sin embargo, muchas organizaciones sociales han cambiado su estrategia con respecto de las elecciones y empiezan a promover candidatos propios. Hoy en día, la oposición en su conjunto rebasa claramente al tricolor. Como lo muestra la gráfica 3, de haber competido el último 2 de julio la Alianza por Chiapas habría sumado el sufragio de 26% de los inscritos en la lista nominal, contra 23% a favor del PRI. Esto ilustra la importancia potencial de los abstencionistas, quienes superan ampliamente el famoso voto corporativo. Son ellos los que -en caso de participar- decidirán quién será el próximo gobernador de Chiapas.
El factor EZLN
En los últimos seis años, la estrategia del EZLN ante las elecciones ha sido sumamente ambivalente y cambiante. Después de participar en bloque para apoyar la candidatura de Amado Avendaño a la gubernatura en 1994, los rebeldes se abstuvieron en los comicios locales de 1995 y quemaron 220 casillas en 1997. Con ello, contribuyeron a debilitar al PRD, favoreciendo de paso indirectamente a los candidatos del tricolor. En 1998, el EZLN adoptó una actitud de no intervención, que se hizo explícita este año con un comunicado del subcomandante Marcos, dado a conocer 10 días antes del 2 de julio.
Y efectivamente, la última jornada electoral transcurrió sin violencia. La participación en la zona de conflicto -que se había caracterizado por altísimas tasas de abstencionismo desde 1995- se volvió a emparejar con el promedio estatal (49% contra 51%) y el PRD obtuvo mejores resultados que en el resto del estado (33% contra 25%). Sin embargo, el verdadero ganador en la región fue paradójicamente el PRI. Este partido no solamente registró 10 puntos más que en el resto de Chiapas (53% contra 43%), sino que logró captar prácticamente el mismo porcentaje de nuevos electores que el PRD. Este fenómeno fue aún más acentuado en las 156 secciones en las que los zapatistas eran mayoritarios en 1994 y en las que se quemaron las casillas en 1997. Aquí, la participación siguió siendo sensiblemente inferior (44%), pero a pesar de que el PRD registra buenos resultados (44%), la correlación de fuerzas se invierte claramente a favor del tricolor (50%). En 1994, el PRI había obtenido tan sólo 20% del voto válido en estas secciones, contra 72% para el PRD. El último 2 de julio, duplicó su electorado en términos absolutos, mientras que el PRD apenas movilizó 18% de los inscritos en la lista nominal, es decir, tres veces menos que en 1994 (gráfica 4).
Tales cifras ilustran las irónicas consecuencias de la estrategia antielectoral del EZLN y deberían suscitar la reflexión entre quienes siguen oponiendo de manera simplista la democracia “auténtica” a la democracia electoral. Por el momento, existen señales claras de que muchos simpatizantes zapatistas desean sufragar el próximo 20 de agosto. Si los rebeldes apuestan abiertamente por las elecciones, bien pueden contribuir con su voto a ampliar los espacios democráticos ya conquistados. En cambio, si vuelven a boicotear los comicios, bien pueden debilitar un proceso de democratización de por sí sumamente frágil e inacabado.
El PRI, en desventaja
En resumidas cuentas, los próximos comicios en Chiapas serán más reñidos que nunca. Primero, porque el candidato del PRI contenderá prácticamente contra todos los partidos de la oposición. Así, la aparente ventaja de Sami David se desvanece en los hechos, situándolo estadísticamente entre siete y 10 puntos detrás de Pablo Salazar. Por otra parte, el posible incremento en la participación ciudadana probablemente favorecerá a la Alianza por Chiapas, ya que la maquinaria electoral del partido en el poder ha estado funcionando a su máxima capacidad y la perspectiva de la alternancia presidencial inhibirá muchas tentaciones de fraude. Sin hablar de la conocida inercia de aquellos sectores “conservadores” que, paradójicamente, pudiera retornarse en contra del tricolor. En efecto, buena parte de quienes votaban en el pasado por este partido lo hacían en realidad a favor del gobierno federal, con el afán de asegurarse la benevolencia del tlatoani y acceder a los fondos públicos. Como se rumora actualmente en los Altos de Chiapas, para seguir recibiendo dichos apoyos muchos campesinos e indígenas consideran que habrá que sufragar nuevamente por el gobierno, aunque esto implique “cambiar de color”.
Con ello no pretendemos pronosticar la victoria de ninguno de los contendientes. La historia de Chiapas la habrán de escribir los chiapanecos, con todas las sorpresas que nos pueden brindar. En efecto, la característica más relevante de las próximas elecciones es la total incertidumbre que reina sobre sus resultados. Lo único seguro es que, hoy en día, nadie sabe quién gobernará Chiapas durante el sexenio venidero. Ello indica hasta qué punto este conflictivo estado del sureste, por encima de sus especificidades, forma parte del proceso histórico que ha estado transformando a México en las últimas décadas. La posibilidad efectiva de una alternancia electoral (independientemente de que ésta se produzca o no), si bien no agota el sentido de la democracia, le abre perspectivas inesperadas a la transición chiapaneca. En el futuro, ningún grupo o partido podrá gobernar solo. Y de la separación del poder -de los “pesos y contrapesos” que suele propiciar- pueden surgir nuevas relaciones políticas, más incluyentes, plurales y democráticas. Nada menos que eso es lo que está verdaderamente en juego el próximo 20 de agosto en Chiapas. l
* Sociólogo. Egresado del Institut d’Études Politiques de París, con estudios de posgrado en la Universidad de la Sorbona, Francia. Desde 1997. Publicó recientemente, junto con Juan Pedro Viqueira, los resultados de una investigación pionera sobre las elecciones en Los Altos de Chiapas, en edición de El Colegio de México.
1. Juan Pedro Viqueira, “Las elecciones en Chiapas: ¿Una victoria pírrica del PRI?”, en Letras Libres, ago 2000 .
2. Véase al respecto W. Sonnleitner: “Promesas y desencantos de una democratización electoral incipiente pero inacabada (1991-1998)”, en Democracia en tierras indígenas, Op. Cit, pp. 107-208








