Cada cuatro años su vida cambia. Los deportistas mexicanos de alto rendimiento viajan por el mundo, a torneos y campamentos de preparación; se hospedan en los mejores hoteles, aparecen en anuncios comerciales y hasta sirven de escaparte público a políticos en campaña.
Pero, concluida su misión en la justa olímpica vuelven a enfrentarse a su realidad: los problemas económicos, la indiferencia y, casi siempre, el olvido.
A sus 22 años, el velocista Juan Pedro Toledo, es el reflejo de la cultura del esfuerzo: durante su niñez tuvo que vivir en la casa de sus abuelos y hasta que su padre, Octavio Toledo Encinas, pudo construir un techo propio, en Huatabampo, Sonora, regresó a la casa paterna.
Juan Pedro casi no tuvo tiempo para jugar. Debido a su apremiante situación económica, trabajó y estudió al mismo tiempo. Ayudó a un vecino a vender tacos de carne asada. Y en sus ratos libres practicaba deportes. En la escuela, los entrenadores le vieron aptitudes e intentaron llevarlo a Hermosillo, pero su padre se opuso a la idea. Le dijo que no podía irse sin terminar la preparatoria.
Fue en el Bachillerato, a los 14 años, cuando, aconsejado por su entrenador José Trejo Ochoa, dejó el basquetbol y el futbol para dedicarse al atletismo. Al año siguiente, fue nombrado el deportista del año del estado de Sonora. Con el dinero del premio, unos mil 200 pesos, Juan Pedro compró los boletos de regreso de su familia de Hermosillo a Hutabampo.
Cuando comenzó su carrera, las cosas no le fueron fáciles. Un amigo le regaló sus primeros spikes para competir. Un día antes de la competencia, los zapatos desaparecieron del patio de su casa. Alguien los robó, con los pants y los shorts. Luego, en 1994, asistió al Nacional de Atletismo, en donde obtuvo el tercer lugar en las pruebas de 100 y 200 metros planos y un segundo lugar en salto de longitud. Con ello aseguró un lugar en los Juegos Panamericanos de Santiago de Chile, pero el entrenador, Cosme Rodríguez, lo dejó fuera de la delegación porque prefirió llevar a sus atletas, según cuenta Toledo seis años más tarde.
Lejos de doblegarse, siguió adelante. Pero el destino se empecinó. Su participación en los Juegos Panamericanos de Winnipeg 99 fue un desastre debido a las complicaciones anímicas que le produjo una severa infección intestinal que contrajo en el Centro de Usos Múltiples de Sonora, donde vivió hasta hace un año. Disminuido físicamente, sólo alcanzó el quinto lugar en los 200 metros planos.
Ahora, semanas antes de intervenir en sus primeros Juegos Olímpicos, Juan Pedro, un amigo suyo y su hermano Iván, viven en una modesta casa de la colonia Sahuaro, en el centro de Hermosillo. Nada que ver con las comodidades con las que viven sus futuros rivales estadunidenses encabezados por el plusmarquista mundial Michael Johnson.
María de Jesús Domínguez de Toledo, madre de Juan Pedro, llora cuando cuenta lo que ha tenido que pasar Juan Pedro: “Le ha costado mucho sacrifico llegar a donde está; ojalá ahora venga la recompensa”.
Con Ana Gabriela Guevara, la vida ha sido menos severa. Mientras su familia vive en la colonia Moderna de Nogales, puede administrar su casa particular de tres recámaras en el ajetreado centro de Hermosillo.
Ahora las cosas son así, pero antes fueron menos cómodas. Su padre, César Octavio Guevara se dedica a la instalación de alarmas para casas y negocios. Ana Gabriela tuvo que ayudarle en la tarea. Había que verla treparse a los techos para tirar y conectar el cableado. Después llegó el cruce de caminos y Guevara tuvo la oportunidad de cambiar las azoteas por las pistas de tartán. Eso sucedió cuando Raúl Barrera Mauri se ofreció para iniciarla en el alto rendimiento.
Tampoco su comienzo fue fácil. A pesar de haber ganado la medalla de oro en los Panamericanos Winnipeg 99 en los 400 metros lisos no recibió ningún apoyo de las autoridades deportivas mexicanas. Ni siquiera para pagar el alquiler de la casa que por entonces compartía con su entrenador. El colmo. No había otra salida, Ana María Espinosa, su madre salió a buscar patrocinadores para su hija. La venta de tamales, después de todo, no daba lo necesario para sacar adelante a la futura atleta olímpica. Su lucha tuvo éxito. El gobierno del estado de Sonora decidió apoyar el destino Ana Gabriela, nacida el 4 de marzo de 1977, reconocida como una de las quince mujeres más rápidas del mundo en los 400 metros planos. Corre la distancia en 49.70 segundos.
Desde octubre del año pasado, el CIMA asigna 15 mil pesos mensuales a la despensa de Guevara, quien tendrá que luchar en el tartán con mujeres que pueden gastar hasta 10 veces más que ella en el mantenimiento de su carrera.
Juan Carlos Manjarrez representará a la arquería mexicana en los Juegos Olímpicos de Sydney. Quiere tanto una medalla, que filosofa: “Hay que pensar cómo festejar desde antes de ganar”. Nació en Jalisco hace 19 años y ya conquistó la primera parte del sueño: la calificación a unos Juegos Olímpicos. Ahora viene el compromiso personal.
Manjarrez recibió a la reportera Yolanda González en su casa de Guadalajara, unas horas antes de partir a Europa para cumplir la parte final de su preparación olímpica. Juan Carlos comenzó a practicar el tiro con arco a los 14 años, y desde entonces la arquería fue sólo un pasatiempo. En 1997 decidió dedicarse formalmente. Un año después participó en diferentes torneos internacionales. Ya estaba, listo:
“El entrenamiento ha sido muy fuerte, de hecho a finales de 1999 tuve una lesión pues le estuve metiendo muy duro al gimnasio; aumentamos la carga de tiro y lo resentí en el hombro. Tuve una lesión que me molestó mucho y continué hasta mayo. Exactamente antes de clasificar, en una competencia en Alemania, me dejó de molestar. Fue un proceso muy difícil y no pude llegar en las condiciones que hubiera querido.”
Pero los torneos lo han llevado a desarrollar un poco esa psicología de creer que puede ganar. He leído algunos libros y ha trabajando con una psicóloga para ponerse al día en la preparación emocional. “Y es que ese es un factor muy importante para ganar”, sostiene.
Sobre los escasos apoyos que recibe, Juan Carlos informa:
“El gobierno de Jalisco apenas me está apoyando con una beca para deportistas de alto rendimiento, de 3 mil pesos mensuales. Creo que tendré que renovarla o pedirla otra vez, a ver si me la dan. Antes tuve también becas como premio al mérito deportivo y actualmente me está apoyando el ayuntamiento de Guadalajara con otro premio similar.”
El proyecto CIMA lo ayuda con una beca mensual, y un grupo de patrocinadores del Comité Olímpico también le abonan algo al mes. Carlos Andrade, director del deporte de Jalisco, le consiguió un lugar para entrenar en un gimnasio particular. El Comité Olímpico Mexicano y la Federación de Tiro con Arco pagan todos sus viajes. Pero la ayuda es insuficiente para colgarse el oro olímpico.
-¿Consideras que hay una política adecuada de apoyo a los deportistas en el país?
-Para los deportistas de alto rendimiento sí hay apoyo, pero hay que tener un buen currículum y posibilidades de hacer algo más importante.
Los “ricos”
Con el respaldo económico y moral de sus padres, el clavadista Fernando Platas no tuvo, en cambio, que sortear dificultades mayores para poder brillar con luz propia. A los dos años de edad lo inscribieron en una escuela de natación, deporte que no era precisamente su favorito. Cumplidos los cinco años, ganó su primera medalla. Orgulloso le dijo a sus padres: “Aquí está la medalla, pero no me gusta la natación”.
Y cambió la natación por el frontón, pero no por mucho tiempo. Empeñados en que sus hijos practicaran un deporte, don Fernando Platas y doña María Virginia Álvarez lo volvieron a inscribir en una escuela de natación. Durante los primeros días, Fernando engañó a sus padres. En lugar de ir a la alberca, se la pasaba en el frontón. Cuando iban a recogerlo salía con la cabeza mojada para hacerles creer que había estado dentro del agua. Cuando descubrieron su trampa, volvieron a mandarlo a la piscina con nuevo entrenador y vigilancia más severa.
Platas no tuvo problemas económicos. Su padre, don Fernando Platas, es dueño de un negocio de herramientas llamado Servicio Técnico Tornillero. El negocio dio lo suficiente como para olvidarse de hacer más larga la quincena. Y para uno que otro lujo. A los 15 años el joven Fernando tuvo su primer coche, el primer gran regalo del padre.
Debido a su destacada trayectoria, Fernando recibió ayuda económica de la Federación Mexicana de Natación desde muy temprana edad. Por eso, hoy su padre se atreve a decir en broma: “Es el hijo que más barato me ha salido”.
La casa de los Platas tiene dos plantas. A la entrada, en el garaje, sobresale un auto PT Cruise propiedad de este extraordinario clavadista, quien hace poco obtuvo el tercer lugar en la prueba de trampolín en el Campeonato Mundial de Nueva Zelanda. La sala es amplia y de sus paredes cuelgan todos los reconocimientos que el atleta ha ido cosechando a lo largo de su carrera.
La recámara de Fernando tiene una cama individual, un televisor y una computadora. Debido a sus compromisos olímpicos, suspendió sus estudios de Administración en el Tecnológico de Monterrey campus Estado de México. Pero ya habrá tiempo para ello.
Orgulloso de su hijo, don Fernando dice: “A Fernando lo único que le falta conocer en América es Brasil”. Seguramente la carrera profesional no le hubiera dado una vida tan jugosa.
Los padres de Fernando no tienen ninguna duda de que regresará de Sidney con una medalla: “Ya estamos haciendo espacio para ponerla. Creo que vamos a tener que quitar ese jarrón y ahí la vamos a colocar”.
Hasta ahora, Platas se ha quedado fuera de las medallas olímpicas. Ha sido medallista de oro panamericano, dos veces de bronce en el Campeonato Mundial y en varias ocasiones ha repartido colores en los juegos Centroamericanos y torneos Can-Am-Mex.
Los inconvenientes de la pesista mexiquense Soraya Jiménez, de 23 años, no fueron económicos. Tuvo que sortear serias dificultades para practicar la halterofilia, una disciplina deportiva que hasta hace poco estaba reservada a hombres únicamente.
El primer obstáculo fue su padre, José Luis Jiménez, quien no estaba de acuerdo en que su hija se dedicara a esa actividad. Después de tanto insistir, lo convenció. Después incluso la respaldó económicamente para que se iniciara en su deporte. Los directivos de la Federación Mexicana de Halterofilia fueron el segundo gran obstáculo. No querían otorgarle el aval para participar en torneos internacionales.
Pero, a fuerza de insistir, logró salir airosa.
Después del difícil comienzo, la atleta de 58 kilogramos de peso, ha vencido barrera tras barrera y actualmente ostenta el cuarto lugar mundial. En el torneo oficial de Sofía, Bulgaria, levantó un total de 214 kilogramos, 92 en arranque y 122 en envión.
Su padre sufre cada vez que su hija compite en un torneo. Cuando la acompaña, prefiere salirse del auditorio.
La casa de los Jiménez Mendívil está ubicada en el fraccionamiento de Lomas Verdes, en Tlalnepantla, Estado de México. Tres perros vigilan la entrada. Soraya comparte su cuarto con su hermana gemela, Magali, el cual luce lleno de muñecos de peluche, entre ellos varías réplicas de Taz, su personaje favorito.
Debido a los múltiples compromisos deportivos de Soraya, su coche, un Jetta de lujo, está en venta. “No tiene caso que esté aquí porque siempre está estacionado”, dice su madre.
Lo cierto es que la empresa que patrocina a su hija, Grupo Uribe, prometió regalarle un Mercedes Benz si conseguía un buen lugar en los Juegos de Sidney. Y don José Luis está seguro de que Soraya regresará con una medalla olímpica.
El mejor velocista mexicano, Alejandro Cárdenas Robles, nació en Hermosillo, Sonora, el 4 de octubre de 1974 y a los cinco años de edad ya le gustaban las carreras. Comenzó en la prueba de decatlón, pero la estrella cubana, Ana Fidelia Quirot, lo convenció para cambiar de disciplina luego de verlo correr: “Hey chico, qué haces tú aquí, en decatlón, si tienes una supermarca en 400 metros planos”, le dijo.
Después de residir un tiempo en Ciudad Constitución, Baja California Sur, su familia emigró a Mexicali. A los 17 años, después de participar en una competencia en Barcelona, España, en la prueba de 4 por 400 relevos, en 1992, Cárdenas no regresó a su hogar.
Pidió permiso a su padre para permanecer en la Ciudad de México -“apá, como la ve, quiero irme un año a México”, le dijo- y desde entonces se quedó a vivir en las instalaciones del Centro Deportivo Olímpico Mexicano.
El velocista -cuando usó sus primeros spikes, estuvo a punto de caerse-, acaparó los reflectores cuando, a los 21 años, obtuvo su pase a los cuartos de final en la prueba de 400 metros planos con un tiempo de 45 segundos 85 centésimas. La competencia fue en Atlanta 96.
Debido al esfuerzo, Cárdenas terminó en el suelo, pero su nombre se quedó, hasta ahora, en las alturas.
Su padre, Armando Cárdenas, un prestigiado abogado de Mexicali, apoyó económicamente a Manuel Alejandro, hasta que éste comenzó a recibir becas de distintos lados. Con el producto de su sudor, el año pasado regaló a sus progenitores un auto nuevo.
La casa de Mexicali de los Cárdenas Robles es apacible. En las paredes blancas cuelgan fotos familiares. Un piano colocado debajo de la escalera refleja el gusto familiar por la música.
Cárdenas es un atleta disciplinado y actualmente lucha por bajar la marca de los 44 segundos, aunque el récord mundial impuesto por Michael Johnson en el mundial de Sevilla, España, es de 43. 18 segundos.
Aún así, el deportista más patrocinado de México tendrá que asumir que la lucha por las medallas será por dos lugares, el estadunidense Johnson ha puesto un derecho reservado para el oro olímpico.
¿Cómo será el destino de estos atletas cuando enfrenten a rivales de países dirigentes, poseedores de mayores privilegios y comodidades?








