En el Museo de San Carlos, “Impresiones femeninas en la Francia del siglo XIX”

Cuerpos delgados en entallados corsés, mujeres ataviadas con glamorosos vestidos y sofisticados sombreros, arregladas con elaborados peinados y frescos maquillajes. Es la imagen de un estereotipo femenino del París del siglo XIX que también llegó a nuestro país por la vía del porfiriato.
¿Cuánto ha cambiado la concepción de la mujer, de los roles que desempeña, de su uso como objeto de consumo, de entonces a la fecha?
De la mano de Bonnard, Moreau,
Renoir y otros artistas de la época, la exposición “Impresiones femeninas en la Francia del siglo XIX” ofrece una oportunidad para reflexionar sobre ello, quizá hasta para revivir añejos debates entre feministas y antifeministas, sin dejar de lado a misóginos o a los que hacen suya la letra de la canción:

… mujeres, oh mujeres tan divinas,
no queda otro camino que adorarlas.

La muestra está conformada por alrededor de 155 obras, de las cuales cerca de 140 provienen del Jane Voorhees Zimmerli Art Museum Rutgers, de la State University of New Jersey, y el resto del Museo Nacional de San Carlos y colecciones particulares.
Incluye, entre otros autores, a William Adolphe Bouguereau (1825-1905), Adolphe René Lefebvre (1840-1868), Gustave Moreau (1826-1898), Pierre Auguste Renoir (1841-1919), Pierre Ribera (1867-1932), Auguste Rodin (1840-1917) y James Jacques Joseph Tissot (1836-1902). Y, curiosamente, sólo dos mujeres: Mary Cassatt (1844-1926) y Clémentine-Hélène Dufau (1869-1937).
Se abre al público este miércoles 8 de agosto a las 20:00 horas, en San Carlos, en donde se exhibirá hasta el 22 de octubre. La colección (acuarelas, aguatintas, bronces, óleos y gráfica) da cuenta de la visión que se tenía de las mujeres francesas en el siglo pasado:
Madres abnegadas, grotescas prostitutas, elegantes damas de sociedad, obreras o diosas, quizá siempre en el fondo Ese oscuro objeto del deseo que llevó a la pantalla grande el cineasta aragonés Luis Buñuel.
“No soy feminista aguerrida, ni me interesa serlo, creo que estamos en el momento de no ir a los extremos”, advierte Roxana Velásquez, directora del recinto, al hablar de los detalles de la muestra de la cual es curadora.
Tampoco considera que la idea de presentarla en ese lugar -especialista en arte europeo- surgiera del hecho de ser mujer, pues sólo recuerda a Héctor Rivero Borrell, del Museo Franz Mayer, como director hombre en los museos de la Ciudad de México.
El concepto nació, relata en entrevista con Proceso, con el mismo propósito de exposiciones anteriores: presentar en México obras no existentes en el acervo nacional y aprovechar para exhibir, en contextos diferentes, las obras del recinto de Puente de Alvarado.

“Totalmente La Fayette”

De acuerdo con Velásquez, esta exposición -que tiene también un carácter documental- permite ver cómo la mujer empezó a ocupar espacios públicos, en una época represiva, en la que lo común era mantenerlas recluidas en sus casas. Ahí está, dice, el origen del feminismo.
Nueve núcleos temáticos hablan por sí de los mitos y realidades que circundaron a la mujer francesa decimonónica: De niñez a maternidad: la vida diaria de la burguesía parisina; El desnudo como alegoría y realidad; La elegante parisina: El ocio y la moda del fin de siglo; Mujeres en el espectáculo: Circo, teatro, cafés-conciertos, bailes; Del campo a la ciudad: Mujeres en el trabajo; Objetos del deseo y del miedo: Amor, sexo, muerte y la prostituta de París; Las mujeres y la ilustración; Mujeres como objetos: El surgimiento del consumismo y la edad de oro del cartel francés.
Fascinada, como transportándose a la época, Velásquez recuerda que luego de la Revolución Industrial en Inglaterra y del surgimiento de una nueva burguesía, empieza a exaltarse la vanidad.
La subdirectora del museo, Sandra Benito, describe en el texto La transición a la modernidad en la Francia del siglo XIX del catálogo que acompaña la muestra, cómo era París en ese momento, citando al poeta Charles Baudelaire:
“Rico en poesía y sujetos maravillosos que vestían a la última moda, el moderno fenómeno del dandy que reacciona ante la monotonía…”
La ciudad, continúa la subdirectora, empieza a transformarse por iniciativa de Napoleón III, y logran unirse los suburbios con el centro comercial:
“Como consecuencia, la actividad comercial urbana se transforma al grado de que se crea la apariencia ideal del estilo de vida aburguesado, con lo cual una serie de cambios morales también se suscitan.”
Poniendo como ejemplo los grandes almacenes que cerca del Zócalo de la Ciudad de México flanquean a ambos lados  la avenida 20 de Noviembre, Velásquez recuerda que es el momento en el cual se crean las tiendas departamentales, como las galerías La Fayette, en donde se dan vuelo las mujeres probándose guantes y sombreros.
No todo es glamur, desde luego, se avizora también en las obras artísticas el mundo de las mujeres que abandonan el campo y llegan a París a trabajar como lavanderas, a vender flores en las calles, a
realizar faenas en las fábricas, los barcos, las locomotoras.
Benito refiere:
“… la ciudad se convierte en un asilo para todos aquellos marginados de la sociedad ya sea económica, social o intelectualmente y que ya no se encuentran respaldados por los convencionalismos o roles establecidos del pasado.”
Las mujeres, a las que la autora llama “el ideal imaginario capaz de encarnar todas las pasiones”, inundan también el mundo del espectáculo, el ballet, el circo.
En otro apartado de la muestra se puede ver también a la femme fatale, a la prostituta, la mujer “tentación, que no se debe tocar”, y con una visión endurecida de ciertos pintores que la equiparan con la muerte o con el diablo.
Rocío Guerrero, auxiliar de la curaduría, puntualiza que son representaciones caricaturescas, sarcásticas. Se les retrata como horribles porque eran “mujeres malas”, que no se ajustaban a los roles de las primeras, a quienes se pinta como “muy bonitas”.
Velásquez y Guerrero coinciden en que la concepción de las pintoras Cassatt y Dufau es diferente, porque “una mujer siempre se puede concebir a sí misma, mejor de lo que la concibe un hombre”. Para Guerrero “ellas son más intimistas y reflejan su propia feminidad”.
No es casual ni caprichoso que en la exposición se incluya a pocas pintoras. Benito explica que si bien la mujer “cristaliza” los sueños de los artistas que se encontraban en París en aquel momento, estaba al margen de la producción artística.
Pone como ejemplo su exclusión de la École des Beaux Arts hasta 1897, de la Académie des Beaux Arts y de los comités de la famosa Exposición Universal, donde estaban marginadas de los puestos de “toma de decisiones”.
¿Qué sucedía en México entonces, en esa época del “afrancesado” Porfirio Díaz?
Será uno de los temas que el próximo 5 de septiembre se desarrolle en el ciclo de conferencias que se dictarán en forma paralela a la exposición, en voz de la investigadora del Instituto de Estudios Históricos del INAH, Angélica Velázquez Guadarrama.
Participarán también Teresa del Conde, directora del Museo de Arte Moderno, y Dennis Cate, director del Jane Voorhees Zimmerli Art Museum Rutgers.
¿Y qué pasa ahora, en el umbral del siglo XXI?
Guerrero es contundente. Lejos de opinar que hay un retroceso en la utilización de la mujer como objeto de consumo, advierte cómo la publicidad ha incorporado al hombre también como tal.