Fox y la cuestión social

Uno de los criterios fundamentales para juzgar el grado de cambio que representa el gobierno de Fox es su posición sobre la cuestión social. Puede inscribirse en la línea conservadora de los últimos tres gobiernos priístas. Puede también emprender un camino de reforma consecuente. Muchos dirán que éste es un planteamiento que no procede. México ha tenido ricos y pobres siempre. O, por lo menos, desde que en sus tierras surgió la civilización hace unos 3 mil años. Entre los cazadores y recolectores nómadas que poblaban antes nuestro territorio, había carencias, desgracias naturales, pero no riqueza y pobreza. En sus tiempos, los vocablos, probablemente, ni siquiera existían.
Si llevamos 3 mil años de riqueza y pobreza, si todos los regímenes políticos que han precedido al actual no pudieron o no quisieron resolver la cuestión social y, sin embargo, sobrevivieron durante muchas décadas, ¿por qué habíamos de juzgar al nuevo gobierno en función de ese problema? De todas maneras -continuaría el argumento-, nadie piensa que la polarización de las condiciones de vida de los mexicanos pueda resolverse en un solo sexenio. El abismo que separa al obrero de dos salarios mínimos de los dueños de Vitro, la marginación de millones de ancianos, el desempleo o subempleo de la mitad de los jóvenes, la escasez de servicios médicos adecuados, de vivienda barata, de escuela a un nivel decente para casi la mitad de los mexicanos, no son realidades que van a desaparecer en seis años.
Y, sin embargo, yo creo que la pregunta sigue siendo pertinente. No queremos que Fox resuelva la cuestión social durante su gestión, queremos saber qué va a hacer con ella. Existe una posición conservadora según la cual las diferencias sociales han existido desde siempre y seguirán existiendo hasta el fin de los tiempos. Sin ellas, la sociedad carecería de la energía y el impulso que le brindan sus miembros más dinámicos y emprendedores. Hay gente capaz y gente incapaz. Sin diferencias sociales -dicen los conservadores- no hay civilización. Y si esa condición no tiene solución, lo único que puede hacerse es, en los malos tiempos, tratar de mitigarla. De ahí que la posición conservadora está casi siempre ligada a la idea y la práctica de la filantropía. Ésta permite permanecer dentro de un espíritu humanista sin sacrificar los privilegios vigentes.
Hay otra posición radical extrema que afirma que la cuestión social puede resolverse sólo por el camino de la revolución y la abolición del mercado. Una vez que estas dos medidas hayan sido adoptadas, la cuestión social desaparecerá como un todo. Según eso, hasta que eso suceda, las medidas que puedan tomarse son simples paliativos que no impiden la reproducción permanente de los síntomas que conocemos bajo ese nombre: hambre, desnutrición, pobreza, sufrimiento físico sin el tratamiento adecuado, ignorancia, desempleo, abandono en la vejez, orfandad sin protección.
Pero existe una tercera posición que llamaremos de reformismo consecuente, que sostiene que en una sociedad como la nuestra, la cuestión social puede ser resuelta. Pero eso debe hacerse desglosando sus contenidos, fijando plazos razonables, maximizando recursos. Y eso debe lograrse sin sacrificios extremos en materia de libertad y paz social.
En la práctica, la historia de la humanidad en los últimos 200 años ha oscilado siempre entre esos dos extremos: el primero es el libre mercado, que teóricamente es un productor automático de la abundancia si se respeta su dinámica, y el segundo es la intervención del Estado para mitigar los efectos destructivos de ese automatismo económico sobre el individuo y la colectividad.
En México, los últimos 20 años han mostrado lo que puede hacer una política económica conservadora ortodoxa. Todas las contradicciones se han agudizado al máximo y, sin embargo, el crecimiento esperado no se produjo. Los ricos se enriquecieron, pero su bienestar no goteó hacia abajo. La cuestión social es hoy más aguda que en cualquier otro momento de nuestra historia desde la primera década del siglo XX. Entendámonos bien. La cuestión social no es necesariamente la miseria física existencial, aniquiladora y brutal, aun cuando la cuarta parte de nuestra población la sufre. La definición de pobreza tiene un contenido social que depende del desarrollo y riqueza de cada sociedad particular. Por eso podemos decir sin pestañear que, pese a los enormes avances en muchos renglones, la cuestión social en México es hoy comparable a la de 1910. Su contenido es muy diferente, pero su urgencia es igual de intensa. La agudeza que ha adquirido la cuestión social amenaza la convivencia pacífica y, con ella, el éxito de la reforma política.
También hemos aprendido que la revolución no cancela automáticamente la cuestión social, que el sacrificio indiscriminado de la libertad en nombre de la igualdad produce monstruos, que la liquidación absoluta del mercado frena la potencialidad creativa de la sociedad en la producción.
Pero el rechazo de los extremos con sus resultados espantosos, no cancela el problema. Hay un derecho a la vida básico que es el patrimonio de la humanidad desde la Ilustración. No sólo es un paradigma filosófico, sino que es también un principio político operativo. Cada sociedad moderna ha desarrollado un concepto de nivel de vida mínimo aceptable. Si una gran parte de los ciudadanos vive por debajo de él, hay que considerar la situación como anómala. Y si los problemas sociales no son hijos del destino, sino de situaciones, prácticas e instituciones, pueden ser corregidos. Deben ser atacados explícitamente con planes de largo plazo aceptados y asumidos por la conciencia colectiva.
Estoy convencido de que existen caminos diferentes a los dos extremos aquí descritos. Pero debe haber disposición para andarlos. Debe haber voluntad política para combatir sistemática y consecuentemente las manifestaciones de la cuestión social. Lo nuevo es que el desarrollo de México ha llegado a un punto en el cual puede plantearse la superación paulatina de las expresiones extremas de la cuestión social. La amenaza que encierra esta novedad es que si no se actúa, la democracia y la paz social están en peligro.
Lo que preguntamos al gobierno de Fox, el primer gobierno surgido de la oposición en 71 años, es si se va a inscribir en el esfuerzo histórico para comenzar a dar solución a este problema o, por lo contrario, como en el caso de los últimos tres gobiernos del PRI, su política económica estará orientada, por encima de todo, a estimular la inversión, asegurando altas tasas de ganancia, y si su política social será exclusivamente asistencial, una filantropía orientada a asegurar el mínimo de legitimidad necesaria para evitar las explosiones sociales. En una palabra: ¿Qué posición adopta usted hacia la cuestión social, la conservadora o la del reformismo consecuente?
La reforma política democrática es una de los polos de posibles convergencias y su importancia no puede ser ignorada. Pero la actitud hacia la cuestión social es aún más importante, y en México puede imponer su primacía.