Conciliar los opuestos

En las cinco semanas transcurridas desde las elecciones, los ciudadanos hemos aprendido muchas cosas en la novedosa asignatura de la democracia. El país vive situaciones inéditas que revelan dilemas que no conocíamos: las dirigencias del PRI y del PRD no aciertan a definirse entre oponerse al nuevo gobierno o colaborar con él; el PAN promete que será partido en el poder sin convertirse en partido del poder; el presidente electo reitera que “gobernará para todos” tomando distancia de las tesis panistas; y varios medios de comunicación se esfuerzan por superar las posiciones beligerantes que asumieron durante las campañas, aunque aún no definen claramente su función ante un gobierno democráticamente electo. Son dilemas abiertos que no conocíamos.
Esto es apenas el principio del aprendizaje de la democracia. Para lograr elecciones limpias había reglas claras, sabíamos por dónde transitar. Para lo que sigue, en cambio, no existen reglas: cada partido político, cada periódico, cada ONG y cada ciudadano tiene que descubrir su propio camino.
En este contexto desempolvo una colección de citas -de filósofos, científicos y empresarios- que alguna vez recogió y difundió entre sus amigos Lorenzo Servitje, con el título La conciliación de los opuestos. Las treinta y tantas citas coinciden en mostrar que la realidad -física, biológica, cultural o política- está atravesada por contradicciones que nos impiden comprenderla; en busca de explicaciones lógicas, simplificamos esas contradicciones abstrayendo alguno de sus aspectos, pero al hacerlo nos apartamos de la realidad como es. La única manera de superar las antinomias es recurrir a otro plano de comprensión o a otro nivel de experiencia. Esto sucede en el campo de la filosofía, de la moral, del arte, del pensamiento estrictamente científico y también -y es lo que hoy interesa- de la actividad política.
En el fondo, la democracia es un esfuerzo por conciliar los opuestos, una búsqueda de equilibrios que hacen posible la convivencia entre diferentes, una negociación entre intereses divergentes, todos ellos con su propia legitimidad y razón de ser. “Saber negociar”, se dice, es la regla fundamental de la política; pero debajo de esa receta hay algo más profundo: una manera diferente de comprender la convivencia, el papel de la autoridad y los procesos de construcción del bien colectivo.
Los que ya somos viejos recordamos con un dejo de sonriente nostalgia los tiempos en que creíamos entenderlo todo y tener soluciones para todo; esquemas interpretativos simplistas, basados en el pensamiento sí-no nos daban la seguridad de que sólo requeríamos convencer a los demás de la verdad que poseíamos; esquemas morales igualmente dualistas y totalizadores nos colocaban indefectiblemente del lado de los buenos, a la vez que nos blindaban a comprender la razón de los otros que quedaban condenados sin remedio. Nuestra educación insistió tanto en la lógica, en las categorías clasificatorias y en los valores absolutos, que quedamos entrenados para reducir la complejidad de la vida a las leyes implacables del ser y del deber-ser; de ahí pasábamos a aplicar a las situaciones humanas, con ingenuidad adolescente, los principios de bien y mal y de afirmación y exclusión en que descansaban nuestras certidumbres. La lógica deductiva conducía siempre a conclusiones irrefutables; nunca la conclusión ante una situación humana sin salida podía ser el desconcierto ni la aceptación de que nuestra naturaleza era inasible o indescifrable.
Con los años las cosas fueron cambiando. En el campo de la educación, los hoy viejos fuimos comprendiendo que muchas metas sólo eran realistas cuando lograban conciliarse con sus opuestos: fidelidad a la verdad y tolerancia, competitividad y solidaridad, amor a la libertad y capacidad de compromiso, logro individual y sentido comunitario, obediencia a la ley y valor civil, rigor lógico y sensibilidad humana, justicia y misericordia, autoafirmación y desprendimiento, particularismo y universalismo. El hombre educado es síntesis de opuestos negociados consigo mismo, más que afirmación desmesurada de principios sacrosantos. Y aun la formación de un hombre de ciencia requiere que desarrolle la capacidad de albergar en su mente, simultáneamente, dos ideas contrarias, como hipótesis en pugna, sin dejar por ello de funcionar; el progreso científico ha dependido de aceptar el absurdo como posible.
Con los años aprendimos que el conflicto es esencial a los grupos humanos, que cada bien tiene su mal y cada mal su parte de bien, que quien gana también pierde y quien pierde adquiere la curiosa fortaleza de la debilidad. Y más allá: que el conocimiento es inseparable de la creencia, como el orden lo es del caos y la libertad del compromiso que la limita. Aprendimos que en las relaciones humanas la única manera de afirmarnos es reconocer con humildad que requerimos de los otros; que el modo de avanzar en independencia es aceptar una creciente interdependencia; que hay que hacerse perdonar las superioridades y asegurarle al adversario, siempre, una salida honrosa para que vea en su derrota alguna forma de ganancia. Por algo la antigua sabiduría china remitía a dos principios complementarios, activo y receptivo (yang y yin), para explicarse la realidad; por algo el “juego del poder”, también chino, aumenta la vulnerabilidad del poderoso en la medida en que éste incrementa su dominio.
Todo esto tiene particular aplicación al aprendizaje de la democracia. Convivir constructivamente con los diferentes exige trascender las polaridades y conflictos mediante el recurso a principios no lógicos; los políticos tienen que buscar sinergias que permitan a los opuestos sumarse a su propósito sin dejar de ser opuestos, en vez de pretender eliminarlos; ante la desunión que paraliza, tienen que esforzarse por descubrir planos superiores en los que la unión sea posible. Saber negociar no es sólo habilidad pragmática ni implica relativismo que renuncia a los principios; es otra manera de concebir la convivencia y de valorar al prójimo, afirmando las propias lealtades y respetando las de los demás; es otra manera de superar las contradicciones mediante el salto a la perspectiva del bien colectivo.
En este camino hacia la madurez política no hay reglas predefinidas, sino sólo un espíritu que orienta la búsqueda; ninguna medida prefijada resolverá los dilemas en que se debaten hoy los partidos entre oposición y colaboración, entre su visión particularista y la responsabilidad compartida por el bien global. En el ejercicio de la democracia, los mundos creados a la medida de las ideologías son necesarios, pero tienen validez limitada; lo que cuenta es la construcción penosa e imperfecta, entre todos, de la historia posible.
Es mucho pedir que las dirigencias partidarias -las dos perdedoras y la ganadora- se ubiquen de repente en este escenario de una democracia adulta; como es mucho pedir que el CGH empiece a ver el próximo congreso universitario con la madurez política y académica que exige el futuro de la UNAM y deje de comportarse como adolescente intransigente. Es mucho pedir que en pocas semanas todos superemos las concepciones de la política arraigadas en el pasado nacional: la política como reparto patrimonial de beneficios a cambio de neutralizar la capacidad de hacer daño, como arena de perdedores y ganadores o como juego de intereses partidarios de espaldas al destino colectivo. Pero hacia allá tenemos que dirigirnos todos, empezando por los educadores -formando a las generaciones jóvenes y reeducándonos a nosotros mismos- si hemos de alcanzar la democracia civilizada; y si hacia allá tenemos que ir, más vale ponernos cuanto antes en camino.