El presidente electo Vicente Fox encomendó a los doctores Derbez y Sojo las tareas de la transición en materias hacendarias. A juzgar por la noticia, han desplegado intensa actividad para entender lo que reciben y proyectarlo a los programas del cambio.
Han afirmado que el secretario de Hacienda, José Ángel Gurría, ha dedicado tiempo y buena voluntad para construir una transición que dé firmeza y consistencia a la promesa reiterada del presidente Zedillo, en el sentido de que no habrá reincidencia en las crisis sexenales que fueron constante en los gobiernos de Echeverría, López Portillo, De la Madrid y Salinas de Gortari. El licenciado Gurría acuñó y puso en circulación la frase “blindaje económico”, en el claro propósito de dar tranquilidad y sosiego a la transición. Hasta hoy, cruzamos los dedos para que el blindaje resulte profecía.
Los datos macroeconómicos golosamente manejados por el presidente Zedillo y su secretario de Hacienda confirman certidumbres soportadas en los manuales o catecismos elaborados por los economistas de la modernidad. La inflación será de un dígito, tal vez 9%; el crecimiento rondará la cifra mágica de 7%, que ha sido bandera del que viene y objetivo del que se va; el de-sempleo medido en los retorcimientos del INEGI, será inferior al de los países desarrollados -ya nos incorporamos a los 10 primeros lugares entre los países exportadores del universo-; la paridad, cuidadosamente manejada por los doctores del Banco de México, refleja las excelencias de la libre flotación; los salarios mínimos ya están en franco proceso de rehabilitación; el número de trabajadores inscritos en el Seguro Social crece y crece y crece, y, en el resumen, los mexicanos estamos, ya merito, en las puertas que conducen a la tierra prometida que chorrea leche y miel.
No faltan en este paraíso los prietitos en el arroz, se multiplican los masoquistas siempre inclinados a inventariar los agujeros en el queso. Se señala, con argumentos de razón, la presencia de luces ámbar que invitan a la prudencia y a la reflexión. Allí están, para la herida, el remordimiento, 40 millones de mexicanos cuyas vidas transitan en las sombras inmerecidas de la pobreza, el déficit de la balanza comercial repunta, las importaciones exceden a las exportaciones, el PIB per cápita -la cenicienta del manual- exhibe el engaño de los promedios en el crecimiento y subraya la ausencia de equidad en la distribución de la riqueza. Allí están los dos Méxicos: el de las fortunas insolentes y el de la miseria que no recibe la respuesta a la plegaria: danos hoy nuestro pan de cada día.
En este marco, en estos escenarios, hacen su presentación en sociedad, el debut en el argot de los espectáculos, los dos gurúes que festejarán los hilos de la economía foxista: Derbez y Sojo. En su debut provocan desencanto, desilusión, y crean polémicas, desentierran un viejo sueño amorosamente acariciado por los presidentes De la Madrid, Salinas y Zedillo: “el IVA sin agujeros”, la cancelación de las exenciones otorgadas a medicinas y alimentos como recurso para incrementar el ingreso fiscal. Para bien o para mal, simplemente se apunta en relación histórica, los partidos opositores han resistido a las tentaciones de los presidentes en turno. Durante los sexenios de Miguel de la Madrid y Salinas de Gortari, los priístas, mayoría en el Congreso, se resistieron a “echarse el trompo a la uña” frente a la amenaza de perder votos en las elecciones. El presidente Zedillo le dio la vuelta, elevó el IVA de 10% a 15% y dejó vigentes los agujeros; los legisladores priístas, todavía mayoritarios en el Congreso, manifestaron su fidelidad a la mística de la sumisión: “como usted ordene, Señor Presidente”, y pagaron en las urnas su pecado.
Los argumentos contra “el IVA sin agujeros” tienen un alto peso específico en las decisiones políticas y económicas: va derecho contra quienes menos tienen, impactará a los salarios reales apenas en titubeante proceso de rehabilitación, provocará un deterioro en las magras proporciones de comida y en el precio inalcanzable de las medicinas como elemento para mejorar las condiciones de salud. El rechazo o la aprobación en el Congreso tendrá fatalmente una densa carga política y partidaria. Difícilmente priístas y perredistas, que resultaron tan aporreados en las recientes elecciones generales, darán su voto a favor de una reforma fiscal que, al afectar a 40 millones de pobres, retrasará su recuperación frente a los votantes potenciales que pretenden rescatar. El PAN partido ganador en la elección presidencial, no tiene la mayoría para sacar adelante la iniciativa cuya paternidad se atribuye a Sojo y a Derbez, los dos candidatos para ocupar la Secretaría de Hacienda en el sexenio del presidente Fox.
A pesar de críticas y resistencias abundantes y tenaces, los asesores foxistas mantienen vivo el optimismo. Los dos aseguran que fácilmente obtendrán en el Congreso el voto de “buenos mexicanos” integrantes de las Cámaras de Diputados y de Senadores. A partir de ese maniqueísmo infantil y candoroso, los buenos que apoyan y los malos que resisten su proyecto de IVA sin agujeros, saldrán adelante y los 40 millones de mexicanos fregados serán, a plazo corto, beneficiarios de la reforma que los manuales de economía posmoderna aconsejan como bálsamo de fierabrás que lo mismo cura una pulmonía fulminante que un catarro sin consecuencias.
Los dos asesores foxistas, Derbez y Sojo, olvidan o minimizan graves riesgos. La receta sugerida huele a Fondo Monetario Internacional, a Banco Mundial, a Banco Interamericano de Desarrollo. Su propuesta de IVA sin agujeros está nutrida en las tesis neoliberales que han dado sustento a la política económica de los últimos 18 años en México: De la Madrid, Salinas de Gortari y Zedillo. En el denominador común, la tesis se sustenta en el sacrificio de hoy como precio de rescate para la conquista de un paraíso perdido. Sobre el tiempo, los sacrificios se multiplican pero el rescate no llega, las recetas abundan pero la enfermedad se agudiza.
Conviene recordar a Derbez y a Sojo que la victoria de Fox se soportó en la promesa de un cambio, y ellos, en el pórtico de la esperanza, nos ofrecen IVA sin agujeros. Y lo peor que nos puede pasar a México, a los mexicanos, a Fox abanderando el cambio, es el desencanto prematuro frente a un cambio que, por lo menos en la perspectiva económica, parece desdibujarse en el esfumino de más de lo mismo.








