Decía la escritora Iris Murdoch que ser mujer es como ser irlandés: todos dicen que eres importante y agradable, pero siempre te colocan en segundo lugar. En el asiento de atrás. En el segundo piso. En la cabina de segunda clase. En la lista de los asuntos pendientes. En las cuotas, en los institutos segregados, en la retaguardia de la historia. Vicente Fox ha dicho que invitará a las mujeres al gobierno y al gabinete. Hay que tomarle la palabra y exigirle que la cumpla. Es el momento de hacer el terco “¡hoy!” de Vicente Fox el terco “¡hoy!” de la mujer mexicana. Es tiempo de derrumbar las barricadas. Es tiempo de tomar por asalto el palacio.
Sobre el Anillo Periférico, a la altura del Viaducto, acaba de aparecer un anuncio espectacular color rosa con el mensaje: “Fox: tenemos algo que decirte”. Lo firma un grupo multidisciplinario de mujeres que, mediante un website llamado www.lasmujeres.org.mx, desean enviarle un mensaje al presidente que el país eligió: Las mujeres de México no son una minoría cuyos deseos y derechos pueden ser satisfechos con propuestas gubernamentales bien intencionadas -como el Instituto para la Mujer- cuyo alcance no ha sido aclarado. Las mujeres no quieren instituciones simbólicas sino reformas eficaces; no quieren la otredad sino la equidad; no quieren políticas parche sino directrices dignas.
Fox haría bien en atenderlas. Las mujeres, como lo decía Mao, cargan con la mitad del cielo. Mantienen al universo en orden. Son pegamento y aceite; ungüento y bálsamo. Se levantan al alba, al despuntar el día, antes que sus esposos, compañeros, amantes o hijos. Encienden la estufa, preparan el desayuno, ponen el café, planchan los pantalones, hacen una trenza, hierven el agua, remojan el arroz, limpian la cara a los niños. Toman el pesero o el metro o el camión. Trabajan como empleadas domésticas, como costureras, como vendedoras ambulantes, como pepenadoras, como abogadas, como maestras, como secretarias, como periodistas. Toman el pesero o el metro o el camión de regreso a casa. Encienden la estufa, preparan la cena, lavan los platos, deshacen una trenza, cocinan el arroz, bañan a los niños. ¿A qué hora duermen?
Las mujeres mueven al mundo pero no lo gobiernan. Pertenecen a partidos dominados por hombres, asisten a iglesias dominadas por hombres, regresan a hogares dominados por hombres, escriben en periódicos dominados por hombres. Y cada seis años los candidatos en contienda aseguran que ya ha llegado el momento de la mujer; que la igualdad está a la vuelta de la esquina; que el voto femenino será el detonante de un mejor destino. Cada seis años se repiten las mismas promesas pueriles, las mismas ofertas ociosas, los mismos compromisos caducos. Algunas mujeres escuchan, otras creen, algunas votan, otras exigen, algunas tienen paciencia, otras ya la han perdido.
En México las mujeres -en muchos ámbitos, en muchos rubros, en muchos espacios- siguen siendo ciudadanas de segunda, cotos conquistables, cotos sacrificables. Los priístas les regalan despensas pero no les confieren dignidad. Los panistas celebran su maternidad pero suprimen sus minifaldas. Las mujeres trabajan en las bases pero rara vez llegan a las cúpulas. Aspiran a candidaturas y llegan sólo a la lista de suplentes. Son 50% del padrón electoral pero no tienen 50% del poder.
Muchos mexicanos dicen que la democracia ya llegó, ya está aquí, se vive y se siente, se respira y se admira. Pero México sigue siendo una democracia incompleta para sus mujeres. Sigue siendo un país de mujeres pobres, de mujeres analfabetas, de mujeres subempleadas, de mujeres sin representación política real, de mujeres violadas, de mujeres golpeadas, de mujeres sin la capacidad de decidir sobre sus propios cuerpos. Sigue siendo un país donde se elogia a las mujeres pero se les paga menos por trabajar más. Sigue siendo un país donde pocos hombres salen de la oficina temprano para atender a un hijo enfermo. Sigue siendo un país donde el acoso sexual sólo es penalizado en diez estados.
“A Fox parecen caerle bien las mujeres” escribe Alma Guillermoprieto en un artículo reciente en The New Yorker. Parece que es cierto; parece escuchar y respetar y apoyar y entender. Le toca ahora traducir esa simpatía en decisiones concretas de política pública. Le toca a las mujeres presionar para que lo haga. Para avanzar, Fox tendrá que decir tanto “sí” como “cuándo” como “quién”. Tendrá que abrir espacios importantes y no sólo espacios simbólicos. Tendrá que reconocer que las mujeres no son sólo otro “sector” al cual compartimentar, otro grupo minoritario al cual menospreciar. Tendrá que otorgar microcréditos y macroapoyos. Tendrá que armar un gabinete, un equipo, un gobierno plural, en términos políticos y en términos de género. El verdadero cambio deberá comenzar en casa: en Los Pinos, en las Secretarías, en los puestos de primera línea.
Vicente Fox ha reconocido que “es importante que las mujeres comiencen por autovalorarse”, que hay millones de mexicanas “a las que les han sepultado sus sueños”. Pero también es crucial que el próximo presidente valore a las mujeres, las invite, las escuche, las desentierre. Que sopese con seriedad la candidatura de la dramaturga Sabina Berman para dirigir el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) y la propuesta de la editora Consuelo Sáizar para dirigir el Fondo de Cultura Económica. Ambas son mujeres talentosas y generosas, creativas y comprometidas, con peso y presencia. El país necesita un relevo de generación y de género, voces nuevas y perspectivas novedosas, mujeres que pisan fuerte y con rumbo.
Hoy el “feminismo” tiene mala reputación. Se le asocia con mujeres rabiosas y radicales, aguerridas y agrias. Sin embargo, el feminismo es una de las contadas causas políticas que ha mejorado al mundo. En una encuesta reciente llevada a cabo en Estados Unidos, 95% de las mujeres consultadas reconocía que las cruzadas feministas del pasado habían mejorado sus vidas actuales. Quizás sería un buen momento para que las mujeres mexicanas retomaran el significado original de la palabra “feminista” tal y como apareció en la revista Athenaeum en 1895, describiendo a una mujer que “tiene dentro de sí la capacidad de pelear para conseguir su independencia”. Ser feminista significa luchar para que la mujer sea tratada, antes que nada, como un ser humano. Ser feminista implica alzar la voz para que nuestras hijas no se conviertan en otra estadística en la historia de discriminación contra la mujer. Ser feminista entraña pedirle al mundo que no perciba a las mujeres como figuras decorativas, como úteros útiles, como minorías mafiosas.
A Vicente Fox le convendría ser feminista. Le convendría gobernar para y con las mujeres. Si incorporara demandas feministas a la agenda foxista descubriría aliadas acérrimas, mujeres de miel y acero, apóstoles aguerridas y un montón de manos dispuestas a trabajar. Si Fox fuera feminista descubriría que la controvertida Margaret Thatcher tenía razón: “En política, si quieres que algo se diga, pídeselo a un hombre. Si quieres que algo se haga, pídeselo a una mujer”.








