TOKIO.- Octubre es quizá el mejor mes para visitar el archipiélago nipón: poca lluvia, días soleados y aire fresco; clima ideal para los desfiles de personajes del medio cinematográfico en Roppongi Hills, el barrio cosmopolita de Tokio donde se inicia esta semana el Festival Internacional de Cine (TIFF), en su edición vigésimo cuarta.
Aunque se menciona poco, la tragedia del tsunami, el pasado 11 de marzo, impone una cierta forma de discurso y una justificación constante en actos y eventos oficiales; temas como el uso de energéticos y el desperdicio nuclear provocan polémicas muy agitadas. La política ecológica que promueve el TIFF desde hace un par de años protege a la organización de cualquier necesidad de justificación de su razón de ser; la llamada alfombra verde (Green Carpet), fabricada a partir del reciclaje de 23 mil botellas de plástico (polietileno), se ha convertido en un personaje tan famoso como las celebridades que caminan sobre sus fibras de poliéster verde. Existe incluso un Green Carpet Club que cuenta, entre sus miembros distinguidos, al mexicano Alejandro González Iñárritu.
Los damnificados de Sendai, ciudad del área devastada por el tsunami, podrán también ver algunas de las cintas del festival. La verdad, más allá de la actitud protocolaria de este festival que aspira a ser el cuarto en el mundo, el hecho de saber que la energía utilizada en las salas de cine, iluminación, aire acondicionado y proyección de películas, proviene de una inteligente aplicación del reciclaje de basura, es alentador. En términos precisos, la electricidad empleada durante el festival proviene de fuentes eólicas y solares, con técnica avanzada; más estimulante aún es el tema de la llamada Biomasa, recursos de origen biológico, mera basura, desechos animales, industriales, vegetales, licor negro de desechos de papel y madera, entre otros.
Dentro de las diferentes secciones de Aires de Asia (desde Medio Oriente hasta Corea y China), Hallazgos de cine de Oriente (documentales), o la Mirada japonesa (Japanese Eyes) dedicada al cine independiente de por acá, se afirma la intención de apoyar más al cine asiático (descuidado un poco hace unos años). México está presente con una comedia de humor negro de Arturo Pons, La brújula la lleva el muerto.
Uno de los estrenos más inquietantes, a tono con los tiempos, es Shiiku (Gibier d’elevage; Francia-Cambodia, 2011), remake de la memorable cinta de Nagisa Oshima, La trampa (1961), adaptación de la novela del entonces joven prodigio Kenzaburo Oé, premio Akutagawa (el Goncourt japonés) a los 23 años. Sin hacer demasiado ruido, alguien tuvo la buena idea de incluir las dos versiones en el programa. Esta vez, el mismo Oé escribió el guión junto con Rithy Panh, director del estrujante documental S 21 sobre la máquina de muerte del Khmer Rojo. En esta versión, el escenario de la Segunda Guerra Mundial se sustituye por la dictadura del Khmer.
Kenzaburo Oé mata dos pájaros del mismo tiro, recupera la denuncia del fanatismo exterminador y refriega el tema del nacionalismo radical en Japón y la falta de compasión hacia los vecinos asiáticos. La voz de Oe ha sido la más crítica e incómoda para el gobierno japonés en relación con el uso, peligro y desperdicio de plantas nucleares en el país, en especial el peligro que representa Fukushima.








