Festival Internacional Cervantino (I)

La flauta mágica dirigida por Peter Brook, y la obra de teatro El tío Vania, interpretada por la Compañía de San Petersburgo Maly Drama Theatre, fueron de las propuestas teatrales más sobresalientes en las primeras semanas del 39 Festival Internacional Cervantino.
Peter Brook (Londres, 1925), con sesenta y cinco años de haber estrenado su primera obra teatral, se despide de los escenarios con esta ópera de Mozart. La flauta mágica, en versión de Brook, es una historia de amor que brilla por su sencillez, síntesis y el llamado a la imaginación del espectador a través de la vivencia del actor. Su propuesta escénica, que revolucionó el teatro occidental en la segunda mitad del siglo XX, posibilita el uso del menor número de elementos para expresar el mayor número de espacios, situaciones y emociones. La energía en el escenario mueve montañas.
En La flauta mágica, con sólo unos juncos se crean diversos lugares: el bosque, la cueva o el templo de Sarastro. No hay orquesta, sino sólo un piano y su intérprete sobre el escenario. El protagonista, Tamino, no necesita tener en su mano un retrato tangible de Pamina para enamorarse de ella a primera vista; ni Papageno, su compañero de aventuras, cubrirse de plumas como lo indica el libreto. El actor, en su cuerpo y en su mente experimenta la ficción y con la magia del teatro la vuelve real.
La precisión y relajación de los personajes en sus movimientos y en sus formas verbales, quitan a la ópera de todo acartonamiento y la vuelven más teatro. No impostan la voz y se vuelven grandilocuentes; no manotean o permanecen rígidos al cantar sus áreas. Todo ocurre en un fluir suave y sonoro con chispazos de humor y buen gusto. Como señala Brook en su libro La puerta abierta, “cada palabra contiene, en sí misma y en los silencios que la preceden y la siguen, todo un entramado tácito de energías entre los personajes”.
La adaptación hecha por Brook, el pianista Franck Krawczyk y Marie-Hélene Estienne, dota al libreto del compositor austriaco de un ritmo ágil y de cierta ingenuidad adolescente. Lo despoja de su oscuridad barroca y lo convierte en una comedia que, a ratos, llega incluso a provocar la carcajada.
Si Mozart en su tiempo se rebeló contra las rígidas normas musicales que gobernaban el género, Peter Brook con esta versión de La flauta mágica se salta las reglas escénicas de la tradición operística de nuestros tiempos.
En el caso de El tío Vania de Antón Chéjov dirigida por Lev Dodin (1944), las convenciones teatrales se mantienen con un virtuosismo actoral sorprendente. La capacidad de la compañía Maly Drama Theatre, de transmitir todos aquellos subtextos que Chéjov maneja al contar una historia en donde no suceden grandes acontecimientos, nos ofrece una riqueza de dobles intenciones, miedos y anhelos ocultos, conflictos existenciales que progresivamente se manifiestan y amores que avasallan cuando menos se los esperan.
El tío Vania es una obra sin muchos movimientos, con una mesa, unas cuantas sillas y un constante decir sin decir. Sólo con la técnica actoral de Stanislavski –que esta compañía fundada en 1983 maneja con rigor– ha sido posible transmitir la fuerza emotiva oculta que tienen las obras de Chéjov, pues en su tiempo El tío Vania bajo la dirección de Nemirovich-Dánchenko, por ejemplo, no fue bien recibida.
El tío Vania de Dodin es difícil de asimilar por la importancia que tiene lo implícito en la palabra y la dificultad de la traducción simultánea en pantalla; pero la propuesta escenográfica de David Borovsky, que maneja dos niveles de un granero para ubicarnos en la finca familiar, colabora con su atractivo visual para acercar a estos personajes que a lo largo de la obra nos van develando su alma.