Maestro de la pluma y la pesquisa; voz inconfundible, de hablar pausado, su discurso era tan claro, articulado, como su escritura, aun en la charla amistosa. Periodista de múltiples géneros, incansable, se dio el tiempo de despedirse de sus lectores dos días antes de su partida, y lo hizo de manera sobria, impecable.
Dejó una vida fecunda, obra y múltiples enseñanzas a quienes tuvimos la fortuna de conocerlo, de trabajar con él, de ser sus alumnos, estar en relación así fuese de manera intermitente. La mayor lección provino del ejemplo: la constancia, el deleite al ejercer el oficio, la honestidad y la congruencia.
Excelente profesor de desarrollo, estructura y legislación de los medios en México, impartió cátedra en los años setenta en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales y en la entonces Escuela Nacional de Estudios Profesionales Acatlán, de la UNAM. Su formación como abogado lo hizo poner el énfasis en las leyes de prensa, de radiodifusión, cuando casi ningún docente se ocupaba del tema. Abordó en artículos y libros las realidades de la comunicación mediática, el creciente imperio de Azcárraga, los contubernios entre los gobiernos y los dueños de medios televisivos y radiofónicos. De su labor universitaria surgió también su afición por la historia de la prensa, las biografías de periodistas, el pasado de diarios y revistas.
Sin embargo, a principios de los años ochenta cambió la docencia por el periodismo de tiempo completo.
Consistente con su compromiso de hacer de éste un mejor país, incursionó en la política, fue consejero electoral del IFE y candidato al gobierno de su natal Hidalgo. Se retrajo tras la derrota en las urnas, aunque persistió en su llamado a buscar la democracia y el cambio social, a oponerse a la injusticia mediante conferencias, entrevistas y artículos.
El saber de su enfermedad hace cuatro años nos permitió a sus alumnos, amigos, colegas, organizar homenajes, publicar un libro, grabar su testimonio, hacerle entrevistas en el estudio y decirle lo mucho que lo apreciábamos, el respeto enorme a su trabajo, y agradecerle lo que a cada uno nos dejó.
Hoy que ya no está físicamente quiero reiterar lo que una vez le expresé: “Gracias por ser tan afable, por su prodigiosa memoria. Gracias por el impulso, por el afecto, por las oportunidades brindadas para mi desarrollo en la profesión y como persona. Fue una gran suerte el conocerlo, compartir espacios, experiencias, ideas, entusiasmos, conversaciones en el pasillo de la facultad, en su oficina de Acatlán, en los aniversarios de Proceso, en dondequiera que nos encontrásemos; gracias maestro Miguel Ángel”.








