GUANAJUATO, GTO.- Refugiado en su tierra natal, lejos del mundo de la farándula que estuvo a punto de devorarlo -su adicción al trabajo y a la droga le ocasionó seis infartos cerebrales-, el actor Alonso Echánove, dos veces premiado con el Ariel está feliz: su amigo Damián Alcázar acaba de ganar la misma presea como mejor actor al protagonizar La Ley de Herodes.
“Yo pude haber sido ese personaje (el alcalde Vargas). Pero fue mi amigo Damián, y lo hizo muy bien”, dice en su casa de la exhacienda San Matías.
En los mejores recuerdos de Echánove están sus Arieles por Mentiras piadosas -de Arturo Ripstein, con guión de Paz Alicia Garciadiego- y Modelo antiguo, dirigida por Raúl Araiza, en la que actuó al lado de Silvia Pinal.
“Mentiras piadosas te agarra. Yo la vi tres veces. Y en cada una lloré.”
Por eso, en ocasión del homenaje que el Cine Club de la Universidad de Guanajuato le rindió el jueves 27 dentro del Festival Internacional de Cortometraje “Expresión en corto” en esta ciudad, hizo un llamado a la iniciativa privada a que no tenga miedo de invertir en el cine mexicano, que “nos está mostrando tal como somos”. Y está ganando “casi en todo”.
Para Echánove, los ejemplos del éxito de Sexo, pudor y lágrimas, La Ley de Herodes y Amores perros sólo son una parte de lo que el cine puede mostrar:
“Nosotros los mexicanos no estamos acostumbrados a vernos. No nos gusta. Pero es importante vernos.”
Y dar oportunidad a los nuevos talentos -directores, actores, guionistas, fotógrafos- de mostrar a ese México: “Hay tanta gente que quiere hacer cine…”
El propio Alonso comenzó su carrera de manera casi accidental. Acostumbrado a convivir con el mundo del teatro porque su padre Alonso, quien falleció hace años, y su madre Josefina se desenvolvían en este medio, un día fue requerido para suplir a un actor en La ilustre fregona, que durante uno de los primeros Cervantinos montaba el desaparecido director y bailarín Carlos Gaona en Guanajuato.
“Estaba acostumbrado a ver actuar. Y cuando me subí al escenario, poco a poco empecé a gozar. Y me dije: de aquí no me baja nadie.”
Y se fue a Jalapa a estudiar teatro en la universidad.
A partir de ahí, Alonso participó en 54 obras de teatro, dos de las cuales le dieron el premio como coactuación y mejor actor de la Unión de Críticos y Cronistas de Teatro (La rosamón y Rinosoque Acutawa). Y paralelamente empezó su carrera en cine junto a Juan Ibáñez, con quien filmó México de noche, que, por cierto, estuvo “enlatada” más de seis años. Hizo casi 60 películas.
En 1980 realizó varios viajes a Europa para estudiar, y los combinó con estadías en México para actuar:
“En ese entonces aprendí lo que es un actor, y a manejar los sentimientos.”
Poco después de sumergió en una vorágine de la que pudo salir hasta 1998, cuando estuvo a punto de morir.
“A veces hacía teatro, cine y telenovela al mismo tiempo. Actuar es un acto de amor, en el que te involucras con el público. Yo podía involucrarme fácilmente con el público.”
Y se embebió tanto de sus personajes, “que quise hacer de Alonso un personaje. Había participado en muchas obras de teatro, muchas películas. Me sentía un hombre que todo lo podía. Actuar era fácil, mostrar mis emociones era fácil. No me disgustaba desnudarme ante la gente porque era un personaje.”
Con dificultades para hablar -secuela de los infartos- cuenta que llegaba a su casa y no quería sentirse solo, sin los aplausos del público.
“Después de tanta gente que te ama, que te ve, mujeres que dicen que contigo… y en 15 minutos estaba solo.”
Y ahí empezó su adicción a las drogas.
“Actuando podía hacer cosas de las que me sorprendía. Cosas que Alonso nunca hubiera pensado… hice 57 películas, en las cuales mis personajes me aportaron tanto, que en un momento me dije: ¿Qué voy a hacer con tantos, con tantas cosas que me han dado?, ¿qué voy a hacer?.”
Hace tres años le dieron cinco infartos cerebrales. Y no paró. En 1998 estaba empezando las representaciones del monólogo Érase una vez un hombre en la Ciudad de México, cuando sufrió el sexto infarto.
Su personaje era un hombre que vendía dulces en un teatro, y que soñaba con ser el actor más famoso, tener a la mujer más hermosa, meter el gol en la final de futbol:
“Al final comenzaba a desnudarse: se quitaba la camisa, el pantalón, los calzones. Y de pronto se termina la música, despierta, se ve a sí mismo junto a su caja de dulces. Toma una paleta y se la mete a la boca, ahí termina.”
Se describe a sí mismo como un actor vivencial, no formal:
“No hago cosas que no siento. Y quería ver hasta dónde podía llegar; mis emociones me llevaban arriba, abajo; la gente se reía y lloraba. Y a los dos días de la tercera función me dio el sexto infarto; no pude manejar mis emociones”.
Hoy dice sentirse bien “con este personaje que soy yo”.
Casi dos años ha vivido refugiado en Guanajuato, donde intenta estar bien consigo y, consciente de su salud, vivir día a día. Comenzó a dar clases de teatro en la Universidad de Guanajuato, pero después de casi dos semestres las dejó por dos razones: enseñar lo liga de nuevo a ese mundo que todavía no puede volver a enfrentar, y no hay elementos para una buena escuela de teatro aquí.
Alonso Echánove lamenta que siendo ésta la cuna del Festival Internacional Cervantino, no haya una escuela de teatro. Y que esta actividad siga siendo considerada por muchos como un pasatiempo. Entonces reclama:
“Hay alumnos, sí los hay. Pero no hay maestros. Siendo aquí el Cervantino, cómo es posible. Aquí la gente viene a tomar, a divertirse, no a cultivarse. Es necesario que se abra una escuela de teatro, importantísimo.”
En tanto, se ocupará de escribir un libro sobre su vida. Y será el director Gustavo Alatriste quien elabore el guión que éste y Alonso llevarán a la pantalla, con la fotografía de Alex Philips junior. Espera que el proyecto esté casi listo al terminar el año.
-¿Usted se va a volver a
involucrar?
-No. No voy a estar ahí haciendo el papel.
-Pero será su vida.
-Sí. Será una película que ya vi.
| Alonso Echánove filmará su vida; iba a interpretar el papel con el que Alcázar ganó el Ariel en La Ley de Herodes |








