Cristologías contemporáneas

El arte sacro, en proceso de desaparición durante el siglo XX, ha dado muestras de una posible revitalización ante el cambio de siglo.
Durante las últimas décadas, el arte occidental de función religiosa reprodujo los estereotipos que expresaron y satisficieron  las religiosidades de otras épocas, ignorando los sentimientos contemporáneos de duda, búsqueda, destrucción y nueva creación, que sí fueron atendidos por algunos artistas ajenos a este tipo de arte.
Ahora parece cambiar el panorama, ya que en los últimos meses se han realizado en el ámbito internacional, algunos eventos que demuestran una nueva presencia de Jesucristo en la sociedad masiva.  Entre ellos, el de más impacto ha sido la exposición de la Galería Nacional de Londres Seeing Salvation (Mirando la Salvación), en la que de febrero a mayo de este año se expusieron obras maestras del arte europeo con temáticas cristológicas tradicionales.
Sin embargo, el que me parece más interesante es el concurso Jesús 2000, convocado a finales del año pasado por el semanario estadunidense National Catholic Reporter. Ante el predominio de las preocupaciones económicas, cibernéticas y catastrofistas ocasionadas por el inicio del año 2000, su editor Michael J. Farrell lanzó la pregunta sobre la relevancia actual de Jesús y la imagen que debería tener en nuestro tiempo. La idea fue acogida con entusiasmo tanto por los medios masivos como por los casi 2 mil artistas que participaron; la hermana Wendy Beckett, especialista de arte de la BBC, eligió la obra premiada.
A juzgar por las 44 obras seleccionadas, es evidente que el jurado ponderó aquellas en las que Jesucristo es ajeno a los estereotipos de belleza, sensualidad, suavidad y sufrimiento característicos del arte sacro tradicional. Por el contrario, las imágenes representan a Jesús convertido en un hombre común y corriente, de cualquier raza, vestido con pantalones de mezclilla, integrado en el entorno cotidiano, disfrutando del sol, viviendo la violencia y la soledad, consagrando con un tarro de café o afirmando que “él es la noticia” al conducir un noticiero televisivo.
La imagen más audaz es Jesús de la gente, óleo sobre tela de 76 x 121 cms., de la artista neoyorquina Janet McKenzie, ganadora del primer premio con una obra que, debido a las evocaciones de los símbolos que la componen, ha sido objeto de numerosas críticas: Jesucristo es una figura andrógina, de raza negra, fuerte y digno, sin cruz y con unas varas con espinas sobre la frente, erguido y enfundado en un copioso manto; atrás de él, un espacio de color rosa remite ambiguamente a lo femenino; a su espalda, se encuentra una figura del ying-yang que simboliza el balance y a su derecha una pluma que se refiere a los nativos norteamericanos.
Otra imagen interesante es el dibujo sobre papel de 300 x 200 cms Jesús en América Central, de Doug DePice, en el que Jesús es un moreno de rasgos indefinidos, erguido con valentía, aun cuando es dominado por un soldado. En esta muestra que desde junio viaja por varias ciudades de Estados Unidos, Jesús es una presencia que comparte todos los sentimientos de la humanidad, está en cada uno de los individuos y en cada uno de todos los lugares de esta tierra. Aun cuando el concurso no fue convocado por alguna Iglesia, sí responde a parámetros de una religiosidad institucional que está abriendo sus límites a expresiones diferentes que respondan a las características de los sentimientos religiosos contemporáneos.
No es un arte sacro de ruptura, sino de convergencia, que se acerca a otras expresiones que se han realizado también en Estados Unidos desde el arte autónomo, como es el caso del Cristo emigrante de Héctor Durán, mexicano radicado en Chicago que convierte a Jesús en un “mojado” que atraviesa la frontera; la diferencia es relevante, ya que en este caso no es el humano el que se ve como Jesús, sino viceversa.
Siguiendo con las exposiciones cristológicas, aquí en la Ciudad de México se presenta en el Palacio de Iturbide la exposición Parábola Novohispana: Cristo en el Arte Virreinal, organizada a raíz de una iniciativa de la Comisión de Arte Sacro de la Arquidiócesis Primada de México con motivo de las celebraciones del Jubileo 2000.
La muestra está conformada por cinco núcleos temáticos, de los cuales cuatro coinciden con las diferentes etapas de la vida de Jesús y uno está dedicado a algunas de sus advocaciones. Independientemente de la calidad de las obras, la museografía descubre una interpretación tradicional que se centra en lo evidente de la imagen, como la dulzura o el sufrimiento, sin profundizar en la historia cultural de Jesucristo en los diferentes imaginarios novohispanos.
Considero que sería interesante que aquí en México, la interpretación del arte sacro se abriera a nuevas miradas tanto del arte del pasado como del arte autónomo que ha expresado con calidad y audacia temáticas de religiosidades personales. Mucho antes del concurso y de la muestra que ahora hemos comentado, diversos artistas mexicanos han resignificado desde la década de los setenta la iconografía religiosa tradicional. Su valentía, ruptura, destrucción, profanación y, sobre todo, compromiso personal con una ética religiosa lacerante, ha llevado a creaciones que sería muy enriquecedor conjuntar.
Entre los artistas, baste mencionar sólo algunos como Gustavo Monroy, Germán Venegas, Alberto Castro Leñero, Nahum Zenil, Felipe Ehrenberg, Arturo Rivera y Néstor Quiñones. Ojalá que la Comisión de Arte Sacro continúe lo iniciado mostrando,  tanto obras de artistas contemporáneos, como representaciones de los diferentes usos que tienen en la actualidad los símbolos religiosos: desde el adorno corporal, hasta las crucificciones de los padres de paristas realizadas durante la reciente huelga de la UNAM. La confrontación de estas imágenes permitiría la reflexión sobre lo que se sabe, lo que se piensa y lo que verdaderamente se siente.